Las Décadas no son relaciones descarnadas ni áridas compilaciones de documentos ó noticias oficiales. M. Mariéjol las llama "el manual del descubrimiento y la conquista", merecedor de aplauso general porque tiene pinturas amables al mismo tiempo que graves disquisiciones. El autor es hombre de estado y de letras juntamente. Honra á la elevación natural de sus sentimientos y á su perspicacia que desaprobase desde esa época, antes que el mismo Padre Las Casas, el horrible y destructor sistema de colonización iniciado por los conquistadores. Para dar de ello muestra basta aquí recordar las palabras tan curiosas como trágicamente sugestivas con que en una ocasión reanuda su trabajo interrumpido: "Desde la fecha en que suspendí mis Décadas nada se ha hecho más que dar y recibir la muerte, matar y ser matado", trucidare ac trucidari.

El trabajo de M. Mariéjol es sólo deficiente en la parte bibliográfica, aspecto de su asunto que de propósito no examina, quizás no sea la costumbre tratarla en estos discursos universitarios, y merecería, sin embargo, el serlo, pues las primeras ediciones no se encuentran con facilidad, sobre todo la de la Década primera impresa sin permiso del autor en Sevilla, 1511. Los ejemplares con las ocho reunidas de la primera edición en Alcalá, 1530, son raros; las bibliotecas que á cada instante se fundan en los Estados Unidos las buscan siempre y han hecho subir su precio, porque los ejemplares así colocados raras veces vuelven á aparecer en venta pública. No sé de más traducciones que la inglesa de Edem y Locke, 1553-1612. J. Winsor dice en su Historia, ya citada, que un descendiente de Anglería, llamado Juan Pablo Martir y Rizo, tenía concluído el manuscrito de una traducción al castellano. Pero no se imprimió, y probablemente á estas horas estará perdido.


JOSÉ MARÍA HEREDIA
Y LA
ANTOLOGÍA DE POETAS HISPANO-AMERICANOS
DE LA
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Desde que la Real Academia Española combinando, cual viene haciéndolo desde hace mucho tiempo, sus funciones naturales de árbitro en puntos de lengua y de gramática con las tareas de activa casa editora de libros, anunció el proyecto de publicar una antología en cuatro gruesos volúmenes de poetas hispanoamericanos, muchos en América pensaron que el intento, excelente, quizás, como simple negocio de librería, podía con suma facilidad torcerse y resultar estéril, si no ponía la Academia particular cuidado de proceder en la elección de las materias y en la apreciación de los autores con amplia imparcialidad, con íntima simpatía, colocándose cuidadosamente dentro de la misma atmósfera moral, sobre el mismo terreno en que nacieron y vivieron los artistas cuyas obras forman la colección, porque es evidente que las antologías deben tener por fin dar idea breve y completa del carácter de las producciones de un autor, de un país ó de una región, olvidando divergencias de juicio, resentimientos políticos, agravios reales ó imaginarios, nacidos de las circunstancias especialísimas en que España y las Américas durante tantos siglos se han encontrado. A pesar de las dificultades del caso contaban algunos que este mismo sería el parecer de la Academia, porque la Antología por su contenido debía en realidad ser un libro para mercados americanos, y porque en España, según afirmaba con natural amargura doña Emilia Pardo Bazán, al poner término definitivo á su Nuevo Teatro Crítico, nadie actualmente compra libros de cierto precio, y con muy raras excepciones ningún autor notable vive allí holgadamente de los productos de su pluma.

La Academia confió la ejecución de la empresa á don Marcelino Menéndez y Pelayo. Literariamente juzgando, no podía darse elección más acertada; la profunda y vasta erudición del escogido, su acendrado buen gusto, la transparente elegancia de su estilo, la facilidad de su pluma lo designaban entre todos los académicos como el más apto para el caso. Pero mirada bajo otro aspecto la elección no parecía igualmente feliz. En la lucha de partidos de su país figura el Sr. Menéndez entre los conservadores más netos, entre los que profesan opiniones que hoy no dominan en países hispanoamericanos, salvo en Colombia; pero esto no era de suponerse que alterase en manera alguna su imparcialidad. El mal estaba en la cruel intransigencia con que hasta ahora había sostenido en todos sus escritos su españolísimo sentir en cuestiones ya puramente históricas, pero que del modo más directo atañen á los americanos.

Hablando en esta obra del distinguido literato argentino Juan María Gutiérrez, que por los años de 1846 compiló en Valparaíso la mejor de todas las antologías de poetas de América que hasta el presente se conocen, aunque ya muy atrasada como por la fecha se comprende, descubre y reprueba en él un "antiespañolismo furioso que fué exacerbándose con los años", del cual nació, siempre según el Sr. Menéndez y Pelayo, un entusiasmo fanático por todas las cosas americanas, que lo arrastra á defender lo mediano y hasta lo malo.

Si esto piensa y dice de Gutiérrez el Sr. Menéndez, ¿qué hubiera pensado y dicho Gutiérrez, si hubiese vivido bastante para leer todo lo que el Sr. Menéndez ha escrito sobre la misma materia?

El insigne crítico argentino nunca de seguro dijo contra España cosa alguna tan dura, tan injusta, tan agresiva como las que contra América ha creído oportuno estampar el eminente crítico español. El supuesto fanatismo de Gutiérrez jamás llegó hasta el extremo de usar frases parecidas á las siguientes, que una vez emplea don Marcelino, al tratar de enumerar las causas de la decadencia de su nación en el siglo XVII. He aquí la segunda de esas causas: "La colonización del Nuevo Mundo, en el cual sembramos á manos llenas religión, ciencia y sangre, para recoger más tarde cosecha de ingratitudes y de deslealtades, propia fruta de aquella tierra". Es el caso de exclamar: ¡in cauda venenum! Aunque todavía más exacto sería decir que la cláusula entera, rica de veneno, lo deja escapar al fin en alto surtidor, como agua de copiosa fuente. Fué lanzada la frase en el ardor de una polémica, pero reimpresa en libro dos años después; y sólo en 1887, al salir la tercera edición de la obra titulada Ciencia Española reapareció la cláusula privada de las cinco últimas palabritas, completa y flamante por lo demás.