No bastó, sin embargo, esa ocasión para dar salida á todo lo que el vigoroso polemista tenía que decir sobre América y sobre el conjunto de sus hijos; cinco años después de la fecha de esa discusión memorable, en el tomo tercero de la Historia de los Heterodoxos españoles, impreso en Junio de 1882, hallamos estas otras líneas:

"Los mismos americanos confiesan que en la oda A la vacuna y en los papeles oficiales de Quintana aprendieron aquello de los tres siglos de opresión y demás fraseología filibustera, de la cual los criollos, hijos y legítimos descendientes de los susodichos opresores, se valieron, no ciertamente para restituir el país á los oprimidos indios, sino para alzarse heroicamente contra la madre patria, cuando ésta se hallaba en lo más empeñado de una guerra extranjera"[71].

Más adelante todavía, en 1886, se aparta una vez de su camino en el tomo quinto de la Historia de las Ideas estéticas en España, para encomiar una estrofa de la oda A las nobles Artes del duque de Frías, que presenta como "la protesta contra los separatistas americanos" y especialmente encarece á título de obra "de incomparable belleza". La estrofa en resumen no es más que el desleimiento espumante y altisonante de un truísmo, de una verdad de Perogrullo, y viene á significar que si la América al obtener su independencia creyó expeler á España grandemente se equivocaba, pues allí estaría siempre la religión llevada por España y la cruz misma plantada en la Alhambra y la lengua de Cervantes etc., etc. Todo ello bien sabido, pero olvidando que esa religión y esa cruz y esa lengua no la inventaron ni llevaron el duque de Frías ni sus contemporáneos, sino españoles que fueron igualmente antepasados de ellos y de los americanos, y que á esas buenas cosas tienen unos y otros idéntico derecho, según la constante legislación de España, como directos descendientes; y para desheredarlos así, tan en absoluto, se requeriría el fallo de un tribunal superior, la historia ó la posteridad, no el de las partes mismas contendientes, y tan á raíz de lo sucedido.

Empero, todo esto, á pesar de lo amargo y de lo injusto, puede pasar como "propia fruta" del "tiempo y no de España", y pues el autor con estar muy lejos todavía de acercarse á la ancianidad ha templado mucho la forma en que expresa sus convicciones,—sin renegar por supuesto de una sola de ellas,—como lo prueban las notas y alteraciones de la tercera edición citada de la Ciencia Española, era fundadamente de creerse que deposta l'usata minaccia, para usar una frase de Manzoni, pudiera muy bien hoy escoger y juzgar las poesías de la nueva Antología con perfecta imparcialidad.

El tomo primero, dedicado á poetas de Méjico y de la América central únicamente, nos dejó llenos de dudas, aunque sin motivos bien claros para formular juicio adverso ó favorable. Pero el segundo, en que se penetra desde la primera página en el temblante y, para un español no muy sereno, peligroso campo de la literatura cubana, descorrió el velo y nos sumió en el más doloroso desengaño.

Vamos, pues, á examinar brevemente lo que en esta antología se dice y se hace respecto á las poesías de José María Heredia, porque tanto el autor como las composiciones nos parecen injustamente tratados, influído á nuestro juicio el Sr. Menéndez y Pelayo de la manera más lastimosa por motivos ajenos á la literatura, por consideraciones de política y de mal entendido patriotismo.

Impórtanos, sin embargo, advertir ante todo que no tenemos la pretensión de negar al coleccionador y prologuista de la Antología el derecho de abrigar las opiniones de que son eco las frases citadas, tomadas de tres obras distintas escritas en momentos diferentes de su brillante carrera de historiador literario; es él sin disputa muy dueño de profesarlas y pregonarlas, y si nos producen el efecto de ser ó exageradas ó falsas, acaso proviene sólo de que nos colocamos en terreno diametralmente opuesto. Nos aventuramos á discutirlas, porque se trata de una antología hispanoamericana ordenada é impresa en Madrid bajo la égida de la Real Academia Española, la cual tiene en varios países de América hijuelas oficialmente reconocidas y con las que vive en frecuente correspondencia; porque una empresa de este género debe ser, como el ordenador mismo lo declara de antemano, obra de paz y concordia, y el que ha emitido todas esas sentencias injustas y desdeñosas no parecía especialmente preparado ni á la paz ni á la concordia. Si se tratara en cambio de componer una historia de los separatistas americanos, lo haría sin resquicio de duda con tanta habilidad, tanta riqueza de datos y tanta energía como desplegó en la de los heterodoxos españoles, y no habría entonces chocado tanto hallar que trata al ilustre Andrés Bello, al patriarca de las letras en América, como á un simple filibustero cubano, según su vocablo favorito; que desmenuza la Alocución á la poesía para aislar una á una las "injurias rimadas contra España" que encuentra más débilmente escritas, citarlas con fruición y añadir con triunfante satisfacción que tales versos "dignos de alternar con los dísticos del Padre Isla" parecen á los españoles "justo castigo de un malo y descastado impulso".

Si tanta indignación, tanto resto de orgullo lastimado y mal cicatrizado puede persistir, cuando los sucesos y los versos que sobre ellos se escribieron datan de muchísimo tiempo atrás, no es de extrañar que se aplique á la isla de Cuba, (todavía sometida al yugo, y ognor fremente, cuando se preparaba y publicaba la Antología) mayor severidad, ninguna benevolencia.