José María Heredia es el más notable poeta cubano, uno de los muy primeros de toda la América en el siglo XIX, malogrado en la flor de su vida, á los treinta y seis años no cumplidos, edad, no hay que olvidarlo, en la cual ni Bello había escrito las Silvas americanas ni Olmedo el Canto á Junín. Para Heredia reserva el Sr. Menéndez su mayor crueldad, suprimiendo todos los versos patrióticos, las poesías filibusteras, como gusta de llamarlas, enamorado siempre del oprobioso adjetivo. De Bello al menos suprime únicamente la tercera parte de la Alocución para citar sólo algunas líneas en la introducción acompañadas del sangriento insulto literario de equipararlas á las aleluyas del Padre Isla; de Heredia rechaza en masa cuanto se alza contra el poder de España, pero no prescinde de incluir algo en la Introducción, dos cuartetas en que cree descubrir malévola apología del asesinato político; es decir, calla lo mejor é insiste sobre lo peor, para declamar en seguida sobre su maléfica influencia y los odios fratricidas cuya semilla esparció, como si el insigne lírico, que nació en Diciembre de 1803 y murió en Mayo de 1839, pudiera ser el responsable y único propagador del pernicioso virus separatista.

Basta leer en el índice los títulos de las trece composiciones escogidas entre las de Heredia para quedar estupefacto. Brillan realmente por su ausencia, como se traduce ingeniosamente en francés la frase célebre de Tácito, nunca más exacta que en el presente caso, varias de las mejores que produjo el poeta. Faltan nada menos que la incomparable epístola A Emilia, el Himno del desterrado, la vigorosa segunda parte de la oda á Bolívar, los tristes y tan hondamente amargos Desengaños, poesías que ofrecen por sí solas la imagen más brillante y cabal de todo su genio, de toda su vida. Sin ellas y otras que por razones idénticas se han pasado por alto, no es posible formar juicio exacto de lo que fué y lo que vale el poeta cubano. Después de echarlas deliberadamente á un lado se inserta en compensación la pálida oda A la Religión y los mal llamados Ultimos Versos, medianísimos éstos, casi sin valor literario, pero en la preferencia inesperada obedece el colector á sentimientos personales, así como es esclavo de preocupaciones políticas al recusar las otras.

"Heredia es, ante todo, poeta de sentimiento melancólico y de exaltación imaginativa" dice, por cierto esta vez sin la precisión y claridad ordinarias de su estilo, pues eso de "exaltación imaginativa" parece bien vago y nebuloso, designado como rasgo principal de un poeta cuyos escritos tan profundamente se resienten, como él mismo dijo, "de la rara volubilidad de su suerte", cuyos sufrimientos fueron muy reales y nada tuvieron de ilusorios. Pero en la definición falta precisamente el Heredia de las poesías americanas reunidas por él bajo la rúbrica de "patrióticas" en la edición de Toluca, 1832, que son la prueba irrecusable, decisiva, de que no había nacido exclusivamente para la elegía, como afirma en seguida Menéndez. "Para dar con los himnos de nuestra libertad hay que buscarlos en Heredia" ha dicho muy bien Merchán en sus Estudios Críticos. Heredia en efecto es el Tirteo cubano, poeta de acción, poeta civil, lleno de arranque, de movimiento y de energía. Los lamentos elegíacos que á veces se oyen en medio de sus más arrebatadas y vigorosas composiciones no debilitan el encumbrado vuelo lírico, porque como brotan de lo más íntimo del corazón, como se manifiestan siempre con penetrante y comunicativa sinceridad, como surgen naturalmente de su triste situación de desterrado y de la triste situación de la isla esclavizada, añaden notas profundas y patéticas al himno magnífico de la anhelada redención.

Unas líneas de los Reisebilder asaltan mi memoria, cuando considero bajo ese aspecto al poeta de los himnos patrióticos: "La poesía, escribe Heine, ha sido únicamente para mí el medio de lograr un fin sacrosanto, nunca me ha importado mucho la gloria de mis versos y quisiera que colocasen, no una corona de laurel, sino una espada, sobre mi tumba, porque he sido un buen soldado en la guerra de la emancipación de la humanidad". No sé si en esto, como en casi todo lo que en prosa escribió Heine, hay fuerte dosis de ironía, pero Heredia pudo decirlo de sí mismo con perfecta exactitud. Nadie buscó el aplauso popular menos movido por vanidad de artista; nadie tampoco empleó sus talentos con más altos y generosos propósitos y nadie mereció tanto, á pesar de no haber tomado parte en ninguna lucha armada, que depositasen sobre su sepulcro las insignias de los guerreros, porque fué buen soldado en la lucha por la libertad de su patria, porque sus versos repetidos de boca en boca durante los muchos años de guerra, de ruina y de dolor que ha costado la emancipación de Cuba, han sido la voz que alienta en el combate, la voz que conforta en la adversidad; y cuando en los momentos más crueles se pregonaba amenazando catástrofes inminentes la superioridad en número y recursos militares del poderoso enemigo, venían consoladores á la mente los dos versos últimos del Himno célebre:

¡Cuba! al fin te verás libre y pura

Como el aire de luz que respiras,

Cual las ondas hirvientes que miras

De tus playas la arena besar.

Aunque viles traidores le sirvan,