Respetamos clementes la vida,
Cuando un poco do sangre vertida
Libertad nos brindaba y honor.
Háblase en estos versos de lucha, de sangre, de muerte, como inevitables condiciones para afirmar el honor, para conquistar la libertad, pero no ofrecen fundamento para creer que envuelvan la apología del asesinato político, á pesar de que el poeta tenía entonces la edad en que casi todos los estudiantes ponen en lo más alto del firmamento de los héroes á Marco Bruto ó á Carlota Corday. Siempre en Cuba se ha creído que se referían al asalto de un puesto de guardia mal defendido en la ciudad de Matanzas. No lo sabemos, pero quizás la piedad y la justicia mismas no hubieran retrocedido ante "un poco de sangre vertida", si hubiese podido ahorrar los torrentes que habían de correr por los patíbulos, que habían de teñir de rojo los caminos de un extremo al otro de la isla.
Engolfado en estos pensamientos cree oportuno el Sr. Menéndez y Pelayo traer á colación, para ponerlo enfrente de esas cuartetas revolucionarias, como palinodia cantada por el poeta de 1823, la carta que el desterrado escribió en 1836 pidiendo al general Tacón, gobernador de la isla, permiso de volver y vivir al lado de su anciana madre y sus hermanas, de quienes estaba hacía trece años separado, que amaba entrañablemente, que no olvidaba un momento, como de sobra saben cuantos han leído sus versos, pues las recuerda é invoca con suma frecuencia. Muchas cosas habían pasado en España en esos trece años; indultos, amnistías, cambios de régimen,—primero con motivo de las bodas últimas de Fernando, luego de su muerte,—proclamación de su hija, advenimiento de un gobierno liberal, parlamentario, que habían abierto las puertas de la patria á todos los emigrados y condenados políticos. Pero en Cuba nada había cambiado: gobernada en 1836 más despóticamente que nunca por Tacón, militar intolerante, suspicaz, terco, rutinero, que contenía con mano de hierro y facultades ilimitadas el menor esfuerzo para aliviar la carga opresiva. Heredia llevaba más de diez años de residencia en Méjico, allí se había naturalizado y era magistrado de su Audiencia, cuando su salud ya vacilante, el clima de la capital que era contrario á su padecimiento y el deseo de ver la familia lo decidieron á solicitar de Tacón el permiso de entrar en su país. Para prevenir las sospechas del procónsul y evitar una segunda negativa, pues ya lo había solicitado una vez en balde, agregó en la carta lo que era la verdad: que tenía muy modificadas sus opiniones con motivo de "las calamidades y miserias" que estaba presenciando en Méjico, por lo cual consideraría un crimen cualquiera tentativa de trasplantar esos males á Cuba. Alma impresionable de poeta que los acontecimientos afligen y amoldan como cera blanda, no pudo sin inmenso desaliento contemplar el penoso espectáculo que ofrecía Méjico al mundo en aquel período pasando sin cesar de la anarquía á la dictadura, de la dictadura á la anarquía, á la merced de ambiciosos de pobre estofa, capaces de todos los atentados, como él decía del general Santa Ana.
En cualquiera otra parte de Europa ó América un desterrado político de esa importancia, de tanto talento y prestigio, que pide él mismo licencia de volver á su patria en semejantes condiciones, hubiera sido acogido con los brazos abiertos, agasajado como preciosa adquisición. El general Tacón, que consideraba á todo hijo de América como enemigo personal, y gobernó la isla durante cuatro años con esa indestructible convicción por norma de conducta, otorgó trabajosamente una licencia improrrogable de dos meses con expresa recomendación de pasarlos en el seno de la familia y reembarcarse al fenecer el plazo perentorio determinado. El gran poeta, enfermo, pues ya lo minaba la dolencia pulmonar que había de arrebatarlo dos años después, fué recibido de la manera humillante que relata un testigo mayor de toda excepción, el inglés Kennedy, representante del gobierno británico[72].
Llegó en Noviembre y partió en Enero, otra vez hacia el destierro. Cuantos lograron verlo y hablarle en Matanzas y la Habana le oyeron francamente expresarse en el mismo sentido que se había dirigido á Tacón en la carta, desengañado, lacerado en lo más íntimo por el desgobierno, el desorden inextricable en que Méjico convulsivamente se agitaba. Su vista, disminuida por la suma de crueles infortunios, por el mal que lentamente y sin reposo devoraba sus entrañas, no tenía fuerza para elevarse y divisar más allá de las escenas contemporáneas que lo angustiaban un lejano, más risueño porvenir.
Al transcribir el colector el párrafo de la carta añade que lo hace "por más que duela á los separatistas cubanos, que sólo podrán desvirtuar su fuerza suponiendo en Heredia una doblez y falsía indigna de su buen nombre é impropia de su carácter franco y arrebatado". No es probable que haya hoy nadie interesado en desvirtuar la fuerza de las palabras del poeta, ni mucho menos dudar de su franqueza y veracidad indiscutibles. Si existiesen aun "separatistas cubanos", es muy probable que se contentaran con hacer notar que los agentes de la metrópoli perseguían en Cuba con el mismo ensañamiento á los que se ponían en contra y á los que se declaraban en su favor, pues en uno y otro caso sufrió Heredia idéntico tratamiento; lo cual, si se necesitara nueva prueba, demuestra porque fueron año tras año acumulándose agravios y rencores hasta terminar las cosas... del modo como terminaron.
El ardiente, arrebatado patriotismo de Heredia desfalleció al final de su vida: no cabe duda de ello en vista de la carta á Tacón, que publicaron multitud de periódicos, cuando el gobierno español, no hace muchos años, la exhumó de los archivos[73], y no pueden ya prescindir de ella sus nuevos biógrafos. Así lo hizo el malogrado Elías Zerolo en su edición de las poesías[74].
La Antología de la Real Academia salió á luz unos cuantos años antes de lo que hubiera debido. Si el eminente literato que la ordenó, que inserta íntegro en el tomo III el Canto á Junín de Olmedo en el cual las invectivas contra España exceden en violencia á todas las composiciones de Heredia, hubiese acometido su tarea un poco después, cuando ya Cuba separada de España era dueña de sus destinos, habría probablemente medido por un rasero á todos, y aunque en los prólogos consignase sus reservas, como lo hace respecto de Bello, Olmedo y algunos otros, siempre por lo menos habría procedido nullo discrimine en la elección de las composiciones y habría versos patrióticos no solamente de Heredia sino de Milanés, de Zenea y los demás en la nueva crestomatía.