Si á muchos pareció cosa estupenda, inexplicable, que ganase tan alto premio, se sentase en el elevado puesto y empuñase las riendas en tan crítica y formidable coyuntura, una persona de tan triste figura, de tan extraños antecedentes y con todos los hábitos y maneras del hombre rudo del lejano Oeste, del Far West, cuánto más raro y asombroso no debió haber sido para esos mismos el triunfo colosal que mereció al término de los cuatro años de su presidencia, éxito portentoso debido no enteramente al azar y á la constancia, sino también y en cantidad muy apreciable á eminentes cualidades personales, á la habilidad con que se acomodó á la nueva situación, con que atendió á sus extraordinarias exigencias, haciendo cabalmente en las más angustiosas estrecheces lo que el caso, la ocasión, las circunstancias demandaban al jefe de una gran nación discorde, revuelta, destrozada.
Nombrado candidato para un segundo período fué elegido por número de votos mucho mayor que la primera vez, consumó en los pocos meses de vida que le quedaban la obra de gigante á que se había consagrado, vió la guerra virtualmente terminada, la ciudad de Richmond abandonada, el hasta entonces invencible general Lee rendido, y cuando nuevas dificultades asomaban ya con aspecto de monstruos erizados, cuando sus ideas y planes personales para la reconstrucción política de la república anunciaban ya conflicto quizás irresoluble con las intenciones del Congreso, con las duras garantías que para asegurar el porvenir exigía la vencedora mayoría radical, vino la suerte á librarlo del tumulto de dificultades, desaires y desengaños inevitables, "fué con él misericordiosa", como dijo Larra al llorar la muerte del conde de Campo Alanje; lo salvó de la nueva lucha de palabras, de papeles y miserables transacciones discutidas hasta lo infinito, y lo arrebató del mundo del modo que pedía y obtuvo Julio César de la fortuna, en repentina, inesperada catástrofe.
Desempeñó solamente unos cuantos días, seis semanas, su segunda presidencia, pero fueron días incomparables de íntima, profunda satisfacción al ver desmoronarse piedra á piedra la Confederación y surgir la paz y renacer la prosperidad y ensancharse los corazones. No gozó de dicha igual el fundador de la república, el grande y puro Jorge Washington en las postrimerías de su vida pública. Si subió al poder acompañado de unánimes y ruidosas bendiciones, pudo antes de deponerlo oir y leer en periódicos y folletos injurias y denuestos que muy probablemente contribuyeron á la firme negativa con que rechazó las ofertas é instancias de sus amigos[76]. A Lincoln los hados le apartaron de los labios esa hiel emponzoñada. Al contrario de Washington, los insultos, las desdeñosas profecías de vergonzosa insuficiencia para la magna obra ocurrieron al principio[77]; los aplausos poco á poco fueron creciendo de volumen, y su cadáver conducido con pompa inusitada de Estado en Estado hasta la capital de Illinois pudo oir, si tal cosa concedieran los dioses á los despojos de los hombres, el concierto de loores más grandes y lamentos más sinceros que acaso han subido de los pechos y los labios de la multitud hasta la bóveda del firmamento.
No es, pues, una paradoja afirmar que la vida de Lincoln considerada de esta manera y bajo este aspecto fué singularmente afortunada, digna de envidia en todo lo esencial, no obstante la expresión tan patética, tan de honda melancolía, rasgo característico, predominante de su fisonomía, rasgo tan marcado que, como muy bien dice Morse, su biógrafo, se observa en todos los retratos que de él se tomaron en vida, aun en los menos artísticos y de más vago parecido. En ninguno, dicho sea de paso, está esa expresión tan fuertemente acentuada como en la muy inferior reproducción fotográfica que ha insertado el editor bostoniano al frente de la citada biografía.
Esta última, lo mismo que antes la de Nicolay y Hay, descubren una explicación parcial de la tristeza de Lincoln en las dificultades de toda su juventud laboriosa y en suma poco ó nada divertida; en la vida ordinaria que á la fuerza hacían los pobladores primeros del oeste de los Estados Unidos, donde el futuro Presidente nació y siempre vivió, (excepto el breve término que estuvo en Washington como miembro de la Cámara de Representantes), mal alojados, mal alimentados, en lucha incesante contra una naturaleza montaraz, que sin grande y continuado esfuerzo no era posible dominar. Estas condiciones físicas, con su séquito habitual de enfermedades, afecciones dispépticas, intoxicación palúdea y accesos intermitentes de profundo abatimiento, ejercieron fatal influencia en el temperamento naturalmente reservado y meditabundo de Lincoln, y cubrieron su rostro de ese tinte de melancolía que nunca se desvanecía del todo, ni aun las veces frecuentes en que gustaba de repetir gravemente cuentos y chascarrillos.
Esa tristeza constitucional, en ningún caso signo de vulgaridad ó grosería, combinóse con una instrucción incompleta, con la lectura incesante de la Biblia, base principal junto con los Elementos de Euclides de toda su educación por los libros, resultando un producto singular, mezcla de estricto razonamiento matemático con la vena poética del fondo; creando un tipo humano en extremo interesante, cuyo originalísimo vigor se manifestó hasta en la estera literaria. En esta, á despecho de las incorrecciones iniciales de su gramática y del mal gusto inherente al género oratorio que privaba en Illinois tanto en los meetings políticos al aire libre como ante el jurado en los tribunales, llegó á adquirir una gran maestría, capaz de producir obras imperecederas, como el breve discurso al consagrar el terreno donde yacen los que perecieron en la batalla de Gettysburg, como los dos mensajes al inaugurar sus dos períodos presidenciales, que contienen pasajes sorprendentes de elocuencia sencilla y penetrante, frases luminosas y repletas de concentrada significación á la manera de versículos de la Biblia.
Tipo angloamericano perfecto, de la raza novísima, tal cual la amasaron y modelaron la atmósfera y el suelo en las vastas soledades al oeste de los Alleghanis, reúne en sí lo adverso y lo favorable de las cualidades que constituyen la originalidad de la nación. No debe ser, por tanto, tarea imposible ó excesivamente difícil el aislar y analizar cada uno de sus componentes, y causa verdadera sorpresa que en su libro declare John T. Morse una y otra vez que es un enigma el carácter de su héroe, que es Lincoln tipo sin semejante, solitario, excepcional, que su alma no se ha explorado, ni descifrado todavía el enigma satisfactoriamente.
Es verdad que á los rasgos comunes á todos los norteamericanos agrega Lincoln en alta dosis cualidades eminentes, inapreciables acaso en su justo valor, unas por no haber tenido tiempo de desplegarlas, otras por haber estado siempre comprimidas por las circunstancias: mansedumbre de espíritu inagotable, simpatía profunda y amplia bastante para comprender la humanidad entera, bondad sin límites, sin que el más leve sentimiento de vanidad ofendida y mucho menos de rencor apareciese perturbando la inalterable ecuanimidad, á pesar de haber vivido envuelto en luchas políticas, siempre feroces é implacables. Todo esto había en Lincoln y otras cosas más, pero no es suficiente para que un historiador, un crítico bien armado, declare tan pronto hallarse ante un abismo insondable y se reconozca impotente.
Es muy grande é intenso el entusiasmo de Morse, aunque ni con mucho llega al de los dos secretarios, que van naturalmente hasta hacer de Lincoln un dios; pero todo en el héroe lo atrae y lo fascina, toma de él hasta el misticismo fatalista, supersticioso de que estuvo siempre poseído. Ejemplo curioso se encuentra en otro lugar de la obra, en que buscando explicación á la expresión desolada de la fisonomía de Lincoln desde la juventud, cita el conocido verso de la balada de Campbell:
Coming events cast their shadows before,