y atribuye esa tristeza de facciones á una vaga y prematura conciencia de los deberes y responsabilidades abrumantes que le preparaba el porvenir:

"Al que como nosotros conoce el horrible acto final del drama, parécele natural buscar su impresionante unidad en cierta influencia remota, futura, que actúa desde las primeras escenas y nos lleva por fuerza instintiva á creer que una oculta condición moral é intelectual existía de antemano, desde la juventud, aunque su esencia profunda estuviese en lo porvenir, en años remotos todavía" (Tomo I, pag. 47).—Es correr peligro innecesario internarse por tales dificultades de análisis, con tal hipótesis por punto de partida; es, como en el caso presente, soltar los estribos, perder el equilibrio.

Hubo otra causa para acrecer la melancolía de Lincoln; aunque pertenece exclusivamente á la vida privada, no hay razón para pasarla en silencio, desde que biógrafos como Herndon, y sobre todo antes Lamon, la descubren y relatan minuciosamente: el carácter duro, porfiado, difícil de conllevar de su mujer. Caprichosa, sarcástica, altanera, no fué nunca la persona á propósito para embellecer y suavizar la vida doméstica de un hombre engolfado en negocios públicos que producían y requerían extraordinaria tensión de espíritu, ni mucho menos la compañera que tanto llegó á necesitar después, abrumado por tan graves responsabilidades, por tan devorante actividad intelectual durante los años de la guerra civil.

Lincoln se casó con Mary Todd, joven de excelente familia y distinguidas prendas personales, de posición en ese período muy superior á la suya por su educación y la fortuna de sus parientes, en Noviembre de 1842, contando él treinta y tres años y ella veinticuatro. El matrimonio debió haber sido celebrado mucho antes, el 1º de enero de 1841, pero completados los preparativos, ordenada la fiesta, reunidos los convidados y vestida de boda la novia, se suspendió todo porque el novio no apareció. Según unos fué víctima de un rapto sin precedente de locura que nubló de súbito su memoria; según otros no más que de un acceso de su habitual melancolía. Un amigo lo llevó inmediatamente consigo á viajar por el vecino estado de Kentucky, donde había nacido, para distraerlo; volvió al cabo de algún tiempo, renovó sus relaciones con la misma señorita, y sin grandes preparativos esta vez, sin previo aviso, celebraron repentinamente la ceremonia en presencia de unos cuantos amigos citados á última hora. Con estos antecedentes y dado el genio poco dúctil y amable de la esposa, no era de preverse una larga era de paz doméstica. Lincoln soportó con calma las consecuencias de su error, pero era claro que de ahí en adelante debía contar como adversidad irreparable de su existencia con la índole de su compañera, sus caprichos y constantes punzadas de alfiler.

¡Qué extraña coincidencia, qué antojo de la suerte hacer morir violentamente á los cincuenta y cuatro años un héroe de ese temple, dotado de tan extraordinaria suma de humanidad y mansedumbre, en el momento mismo en que recogía el tan anhelado fruto de afanes y angustias incesantes! ¡Cuando lo tenía ya entre las manos, cuando, unos días más, y todo quedaba completamente terminado! Después de la muerte del famoso Dictador el día de los idus de Marzo al pie de la estatua de Pompeyo, en los momentos en que reanimaba y reconstituía el poder romano para infundirle cinco siglos más de vida, no ofrece quizás la historia escena más trágica, más desastrosa para todos los que en ella tomaron parte, que el asesinato de Lincoln en un palco del teatro de Washington el viernes de la Semana santa del año de 1865.

La población de Washington era conocidamente hostil á los poderes supremos de la república en ella establecidos, la mayoría de sus habitantes simpatizaba abiertamente con la causa de la Confederación del sur, la ciudad misma pareció más de una vez á punto de caer por sorpresa en manos de los Confederados, y al principio la zozobra general demandaba ciertas precauciones. Pero fueron poco á poco calmándose los temores, y el Presidente y los miembros del gobierno habituándose al peligro y á no curarse de él. Lincoln, sin embargo, recibía con frecuencia anónimos amenazantes ó cartas de amigos anunciándole tramas y asechanzas, y se encontró después sobre su mesa de trabajo una cubierta llena de papeles con este rótulo: Assassination letters; mas él circulaba á pie ó en carruaje por las calles, como cualquier ciudadano, y después de la ocupación de Richmond y la capitulación del ejército de Lee, ¿quién podía seguir pensando en asesinos ó conspiradores?

En esos momentos mismos un joven y gallardo actor de melodrama, oriundo de los Estados del Sur, víctima del abuso de bebidas alcohólicas y de las vanidades del falso mundo de teatro en que vivía, logró combinar casi enteramente solo, tomando como instrumento unas cuantas personas oscuras, vulgarísimas, disipadas, el plan de matar en una misma noche al presidente y Vicepresidente, á los ministros de Estado y Guerra y al general Grant, dejar acéfalo el gobierno y permitir á los numerosos simpatizadores de la expirante causa rebelde realizar un golpe de mano en las primeras horas de desconcierto. El plan carecía de base sólida, no tenía ramificaciones fuera de la ciudad, no contaba con el apoyo de hombre alguno de importancia política ó militar, y sólo un corto número de imbéciles empujados por el frenesí de un ebrio consuetudinario fué capaz de ponerlo en ejecución.

Lincoln tenía dispuesto asistir esa noche del 14 de Abril de 1865 al teatro Ford donde se representaba la excéntrica y popular comedia del inglés Tom Taylor titulada "Nuestro primo de América" (Our American Cousin). Debía acompañarlo el general Grant, pero éste á última hora se excusó y salió de Washington con rumbo hacia el norte aquella misma tarde. El Presidente ocupaba un palco al nivel del proscenio, acompañado de su esposa, un joven militar llamado Rathbone y una señorita hija del senador Harris. Poco antes de las diez, hora escogida por Booth, porque era la de la salida de la luna, que debía alumbrarle el camino de su fuga, llegó el asesino á caballo junto á la puerta falsa del teatro, dejó su montura al cuidado de un muchacho, tomó en la taberna próxima la última copa de licor, entró en el coliseo en que como actor tenía paso franco y donde había estado durante el día con objeto de agujerear un tabique del palco y alterar el cierre de la puerta. Mostrando y dando desdeñosamente su tarjeta al único ujier sentado en el corredor, como si fuese un invitado del Presidente, penetró silenciosamente en el salón trasero sin que nadie lo sintiese, ni siquiera cuando aseguró la puerta de modo que no pudiesen abrirla desde afuera.

Los que por casualidad dirigían la mirada en ese instante hacia ese lado del proscenio vieron, al oir la detonación de una pistola, que el Presidente inclinaba la cabeza como dormido, y que un hombre puñal en mano atravesaba el palco, saltaba el antepecho, caía sobre el tablado y desaparecía corriendo, no sin manifestar antes lo teatral de su acción blandiendo el cuchillo y recitando con voz ronca el mote del escudo del estado de Virginia: Sic semper tyrannis. El tirano esa vez era el más dulce y compasivo de los hombres, y el vengador un comediante en cuyo nublado cerebro no habían penetrado las consecuencias del acto insensato que ejecutaba.