El objeto de Vera y Zúñiga al concebir y ejecutar tan complicado engaño no fué entretener sus ocios de diplomático, ni cometer simplemente una ingeniosa travesura, como hizo, por ejemplo, en nuestros mismos días Adolfo de Castro, cuando escribió, publicó y atribuyó á Cervantes El Buscapié, que tanto ruido hizo en los momentos de su aparición, encontrando muchos, y varios hombres de letras entre ellos, que lo recibieran como obra auténtica. Vera y Zúñiga, que debió á Felipe IV el título de conde de la Roca y el empleo de embajador en Venecia, pertenecía á una familia distinguida, pero tenía la debilidad, bien común en su época y no excesivamente rara todavía, de no contentarse con tan poco, de picar más alto y pretender estar emparentado con la más encumbrada nobleza española; y como carecía de pergaminos ó papeles en comprobación de esa fantástica ascendencia, le asaltó la idea de forjar un libro en que constase su abolengo. Moviólo sin duda al decidir la época que debía minuciosamente estudiar para reproducir de algún modo verosímil sus usos y costumbres, el ser la Crónica de don Juan II entre todas las de los reyes de Castilla indisputablemente la mejor, la más puntual y segura, como dijo Mondejar. Cortando retazos de la Crónica, variando ligeramente los hilos de la trama, zurciéndolos con innegable habilidad, fabricó las ciento quince cartas, y salpicó aquí y allí como de paso pruebas de su linaje, mencionando sus abuelos, el Comendador Ruy Martínez de Vera, ayo y Camarero mayor del Infante, que supone emparentado con el condestable don Alvaro de Luna, así como su hijo don Juan de Vera. Escritas las cartas les inventó un autor, lo bautizó Bachiller Fernán Gómez, nombre que á nada comprometía y, como debía forzosamente ser una persona cercana al Rey, lo graduó de médico de cámara.
Era en seguida preciso exhibir al público el documento apócrifo de modo que no dudase de su procedencia. Un códice antiguo es muy difícil de imitar. No es muy aventurado suponer que aprovechara entonces el conde de la Roca su estancia en Italia, en Venecia, cuyos impresores eran tan hábiles y famosos, donde con la mayor facilidad podían á mediados del siglo XVII componer é imprimir un libro que en la apariencia datase de fines del siglo XV: de ahí probablemente salió el volumen del Centón Epistolario con portada diciendo que lo habían impreso en Burgos á costa de Juan del Rey.
Vio la luz calladamente, como convenía, y fué sin ruido á las manos á que debía ir, colocándose en los estantes sin despertar sospecha de su procedencia, y contó en adelante como uno de los monumentos más curiosos del habla castellana al término de la Edad Media.
Las sospechas nacieron más tarde, pero sólo de parte de alguno que otro bibliógrafo, y fundadas únicamente en las condiciones tipográficas del tomo. La crítica literaria (ó lo que por tal pasaba,) continuaba apreciando como de buena ley la prosa epistolar de Fernán Gómez de Cibdareal, cuando era ya opinión corriente entre los eruditos al finalizar el siglo XVIII, según Bayer y Méndez, que la edición supuesta original no había podido ser impresa ni en el lugar ni en la fecha que en ella se declaraban. Las cartas del Bachiller seguían tenidas por obra de un contemporáneo de Juan II, tanto que el que desempeñaba en 1755 la secretaría de la Real Academia de la historia, don Eugenio Llaguno, publicó una segunda edición del Epistolario, añadiéndole una biografía del autor conforme á datos sacados de las mismas cartas, que de otra parte seguramente no podía sacarlos, pues el personaje, como va dicho, era puramente imaginario.
Así las cosas permanecieron hasta que en 1833, á los doscientos años poco más ó menos de cometido el fraude, dió á luz Quintana en Madrid el tomo tercero de sus Vidas de Españoles célebres. Escribiendo con su esmero y conciencia habituales la biografía de don Alvaro de Luna notó, al llegar al período del proceso y muerte en el cadalso del Condestable, suceso sin disputa el más famoso de todo el reinado, que la relación hecha por el Bachiller se hallaba en desacuerdo completo respecto á detalles importantes con varios documentos oficiales, auténticos, que se conservan, y como el Bachiller se daba por testigo presencial de lo que refería, depositó Quintana al pie de la página estas dos preguntas muy oportunas:—¿Existió verdaderamente semejante médico y semejante correspondencia?—¿Sería por ventura esta obra juego de ingenio de algún escritor posterior?—Era poner por primera vez el dedo en la llaga. Por desgracia el poeta historiador se redujo á expresar sus sospechas en esa forma de duda ó interrogación y dejar que otros la resolvieran.
Nadie empero volvió á ocuparse en el particular hasta que en 1849 publicó Ticknor la primera edición de su excelente Historia de la Literatura española, en uno de cuyos apéndices afirma que á su juicio todo el Centón Epistolario era de la primera á la última línea una falsificación, y expone brevemente alguna de las razones históricas y filológicas en que fundaba su opinión. Esto no era ya tocar la llaga con precauciones como Quintana, sino atacarla ferro et igni para cauterizarla y extirparla. Pero esas operaciones violentas aplicadas á males envejecidos arrancan siempre gritos, no sólo del paciente, lo que no podía ser en el presente caso, sino también de circunstantes horrorizados. El marqués de Pidal gritó el primero; no tenía inconveniente en admitir que la primera edición era espuria, y una superchería los pasajes referentes á la familia Vera; no negaba que hubiese otros errores inexplicables en el texto, pero creía á pies juntillas en la existencia del Bachiller y afirmaba que las cartas habían sido escritas en los días de don Juan Segundo, porque así lo revelaban su estilo y su lenguaje.
Don Adolfo de Castro intentó complicar la cuestión negando por una parte la autenticidad del libro, pero atribuyéndolo á un nuevo personaje, Gil González Dávila. La inesperada sugestión pasó casi inadvertida, no era más que una de tantas suposiciones aventuradas del ingenioso hidalgo gaditano.
Ticknor replicó reiterando la firmeza de su convicción, y en los mismos curiosos y eruditos datos suministrados por Pidal halló motivos nuevos de confirmar á Vera y Zúñiga la paternidad del Centón. Luego Gayangos añadió á esta solución el peso de su autoridad, logrando convertir por último al mismo marqués de Pidal.
El problema estaba, sin embargo, destinado á renacer, á ser planteado y tratado otra vez, como si nada antes se hubiese hecho en el sentido de su resolución. Amador de los Ríos en el tomo VI, publicado en 1865, de su Historia crítica de la Literatura española, entra magistralmente en la controversia, y con el tono de convencida suficiencia en él característico, como quien se siente más que de sobra capaz de fijarla para siempre, echa á un lado de idéntica manera á Quintana y á Ticknor, á Pidal, á Castro y á Gayangos, y pronuncia que el Centón "es uno de los más fehacientes y genuinos monumentos del largo reinado de don Juan II". No agrega en realidad un solo nuevo dato positivo á la cuestión, sino deslíe en quince grandes páginas una serie de observaciones abstractas del género de la siguiente: "En ninguna obra de arte se revela con más verdad y fuerza el carácter vario, indeterminado y contradictorio de la corte de don Juan II", lo cual para decidir de la autenticidad de una obra no puede ser más "indeterminado", es decir, más vago y menos concluyente.
Amador de los Ríos en resumidas cuentas pretende resolver la incógnita con la incógnita misma, sin darse la pena de deducir sus elementos ni salir del círculo estrecho de sus apreciaciones personales. Para encomiar la frase del Centón ensarta este rosario de adjetivos: limpia, clara, nerviosa, elíptica y salpicada de vivos pero naturales y agradabilísimos matices. Para enaltecer su dicción este otro: casta, sencilla, ruda á veces, mas siempre pintoresca y graciosa, siempre gráfica y adecuada. Y ahí está el quid de la cuestión, porque lo que importa saber es si todos esos calificativos tan abundantemente regados se hallan bien aplicados á un texto especial del siglo XV, y para demostrar esto se requiere algo más que impresiones sin consistencia y tono de autoridad superior.