La "Historia crítica de la literatura española" es en verdad una obra impacientante; anunciada con grande alarde y golpes de caja, como un acontecimiento nacional; puesta "á los pies del trono constitucional de la Reina de España", la cual, como se nos dice en larga dedicatoria, "no solamente se dignó aplaudir con hidalguía de española mis difíciles tareas, sino que me honró con magnanimidad de Reina oyendo algunos capítulos", no pasa, sin embargo de todo ese honor y de la pompa y verbosidad del contenido, más allá de una muy moderada medianía. Su mayor mérito consiste en ser, y así en la misma dedicatoria se asegura, "la primera escrita por un español en lengua castellana", pero ni como obra histórica ni como obra de arte pudo satisfacer las esperanzas, el interés con que se la aguardó. El estilo no atrae, no encanta, y la sagacidad del crítico flaquea á menudo, extravía al lector, porque el guía no posee completamente la materia, porque le falta ingenio y agudeza y le sobra seguridad, confianza en su sabiduría.
No hay apenas error, acreditado por la rutina y por la superficialidad con que hasta entonces se había tratado en España la literatura de la Edad Media, que no encuentre inmediatamente en Amador nuevo defensor, tan obstinado como mal pertrechado para la discusión. Ya hemos visto como respecto del Centón se extravía, y deslumbrado por sus propios adjetivos no acierta con su camino. Lo mismo le sucede con el Libro de Montería, que contra toda evidencia se empeñó en atribuir á Alfonso el Sabio. Lo mismo con las dos famosas octavas, supuestas únicas reliquias de las Querellas de Don Alfonso, en que ya hoy no cree literato alguno un poco versado en la materia; Amador no sólo las acepta como realmente de la época, no sólo les confirma la fantástica paternidad, sino que las cita, las altera, las adereza á su gusto, y dice que son "la voz del cisne que preludia su triste fin".—El cisne es Alfonso el Sabio y el preludio unos versos apócrifos escritos varios siglos después. ¡Extraño ayuntamiento!
En toda cuestión insostenible, perdida de antemano, se mantiene aferrado á su parecer con una terquedad digna de mejor fortuna; por ejemplo, en la polémica en que discute de potencia á potencia con Fernando Wolf, quien sabía más que él de literaturas medioevales, sobre el valor literario de las ee paragógicas añadidas á los romances antiguos por los cantores populares y que tanto los afean, añadidura que Menéndez y Pelayo con su tino habitual suprime en la Antología de poetas líricos al incluir la Primavera de Wolf tal como la publicó este gran crítico y este folklorista sin par.
Menéndez y Pelayo, sin embargo, llama la Historia de Amador "monumento que honra el nombre de su autor y la erudición española", aunque no se sabe si usa ese sustantivo por deferencia al que fué su profesor en la Universidad de Madrid, ó porque aluda simplemente á las proporciones materiales de la obra, á los siete grandes y compactos volúmenes que no van más allá de la época de los Reyes católicos. Tanta indulgencia de otro modo sería inexplicable al lado de la severidad, la injusticia conque trata en otro lugar la Historia de la Literatura española por Ticknor, relegándola con desdén á la ínfima categoría de "un apreciable manual bibliográfico, de crítica puramente externa y vulgar por todo extremo"[78].
La Historia de Ticknor fué á los pocos años de publicada traducida al alemán, al castellano y al francés, acompañada en las dos primeras lenguas de notas complementarias escritas por sabios como Wolf y como Gayangos, que no creyeron desmerecer prestando su nombre y sus conocimientos para autorizar y propagar la obra. Aparecieron del original inglés cinco grandes ediciones en los Estados Unidos, todas retocadas y perfeccionadas cada vez, amén de otras en la Gran Bretaña. Millares y millares de personas la han leído y consultado y por todas ha sido tenida como la obra más completa y mejor sobre el asunto, honor que aun conserva, pues no existe ninguna otra hasta el presente que la pueda sustituir. Es el fruto de una vida entera de estudio constante, el resultado de un esfuerzo de muchos años, al que contribuyeron todos los recursos que el talento, la paciencia, la fortuna, los viajes, la posesión de rica y escogida biblioteca, cual en España misma era muy difícil reunir á ningún particular, la consagración en fin de todos los instantes, podían suministrar. Distínguese y es digna de todo encomio por la excelencia del plan, la seguridad del método, la claridad de la exposición, el análisis directo, personal de los autores, sobre todo por el anhelo de comprender, de mantenerse en viva é íntima simpatía con cuanto ofrece de peculiar y característico la civilización española. El autor era extranjero y era protestante, hijo de Boston, la metrópoli literaria y religiosa de la Nueva Inglaterra, y no es su menor mérito el espíritu de justicia, de inalterable tolerancia, de profundo respeto con que sigue y aprecia una literatura tan esencialmente católica, apostólica, romana, cual la que en España se formó y brilló durante los siglos XVI y XVII, edad de oro de su civilización y su cultura. ¿Existe acaso algún español que haya procedido de idéntica manera al ocuparse en estudiar vidas y escritos de protestantes? ¿Lo ha hecho por ventura el autor de la Historia de los Heterodoxos españoles? La tolerancia religiosa, la moderación en cuestiones que con la fe se rozan, la universalidad de sentimientos nunca han sido virtudes solicitadas ni apreciadas por la mayoría de los hijos de España; pero Ticknor al escribir en inglés sobre las letras españolas no pretendía dirigirse á los españoles, y fué para él tan grata como inesperada satisfacción que dos literatos lo tradujesen, y tradujesen muy bien, al castellano y le consiguiesen lectores donde ni por sueño esperó encontrarlos. Menos sorpresa probablemente le habría hoy causado saber que un crítico de la importancia de Don Marcelino Menéndez y Pelayo, influído tal vez por prejuicios, por preocupaciones más políticas que literarias, lo trata con tanta dureza[79].
La bibliografía está por Ticknor relegada á las notas, es una parte á que prestó sin duda minuciosa atención, cosa muy natural en toda buena historia literaria que por fuerza ha de versar principalmente sobre libros. Ordenada, clasificada, bien digerida como se encuentra aquí, es de la mayor utilidad para el lector y para el estudiante, que encuentran de esa manera en su lugar y muy á mano cuanto puede necesitar, precisamente lo que no acontece en el mare mágnum confuso y revuelto del Ensayo de una Biblioteca, que bajo el nombre de Bartolomé José Gallardo se extiende por las páginas de cuatro grandes volúmenes insondables.
El sentido literario era más fino en Ticknor que en Pidal y en Amador de los Ríos, pues adivinó la falsedad del Centón en que esas dos autoridades creían. Adivinó también, y demostró esta vez hasta la evidencia, sosteniendo al efecto larga polémica, la falsedad de El Buscapié publicado por Adolfo de Castro, cuando toda España, con excepciones contadísimas, lo recibió como obra genuina de Cervantes, incluso críticos tan hábiles como Quintana y José Joaquín de Mora. Bien conocía la lengua y la literatura quien, á pesar de su condición de extranjero y de haber residido muy corto tiempo en el país, penetra tan seguramente y tan pronto al través de engaños en que han caído casi todos.
Pero respecto al Centón la tarea no estaba terminada, como la insistencia en el error de Amador lo prueba. Algo faltaba todavía, y á otro americano estaba reservado completarla.