Gayangos previó en sus adiciones á la traducción del Ticknor que el día que algún crítico se pusiese á estudiar los giros y modismos del Centón, analizar su sintaxis y compararla con la de otros escritos de la misma época, tendría que caer por tierra el principal argumento de los admiradores tenaces del falso físico del rey don Juan.

Nadie en España á pesar de la oportuna sugestión se animó á emprender lo que sin duda había de ser ímproba tarea. En nuestros días por fin un sabio hispanoamericano no se ha arredrado ante la dificultad y la ha vencido definitivamente, aunque de paso y como simple incidente de empresa más grande y complicada á que estaba consagrado.

Preparando el señor Rufino José Cuervo los materiales de su admirable y único Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, consideró de previo y especial pronunciamiento, para usar el término forense, el punto de aceptar ó rechazar como lengua literaria corriente del siglo XIV los vocablos, giros y modismos de que no se conociera otro ejemplo que el texto del Centón Epistolario. La opinión de Amador de los Ríos debía, no obstante su evidente superficialidad, detener á un lexicógrafo escrupuloso, y decidió prudentemente instruír el proceso y ventilar la duda. El fallo queda pronunciado en estos términos concluyentes: "Para cualquiera que lo examine con detenimiento, el Centón es un zurcido de voces y locuciones de distintas procedencias". Al final de la Introducción al Diccionario, en una extensa nota que llena más de tres páginas en 4º de letra menuda, expone con la necesaria minuciosidad los fundamentos principales de su fallo.

Resulta de ellos que el libro, es decir, la supuesta edición príncipe de Burgos, 1499, fué indudablemente impreso en Italia por cajistas italianos que cayeron en multitud de errores característicos. Resulta más: que el autor de la falsificación debía también vivir en esa región y practicar corrientemente la lengua italiana; así fué que al aplicarse á estudiar el habla antigua de Castilla con objeto de imitarla y urdir su pasticcio, confundió de la manera más curiosa palabras italianas contemporáneas con voces antiguas castellanas, acabando por no distinguirlas entre sí, y por formar con unas y otras la trama de su lenguaje, que viene á parar en ser la cosa más extraña y abigarrada del mundo. De esos italianismos, innecesarios y nunca vistos en otro libro español del siglo XIV ni de los dos siguientes, cita Cuervo más de cuarenta ejemplos dispuestos en orden alfabético.

Descubre, además, multitud de locuciones y construcciones completamente ajenas de la propiedad castellana, y copia también un buen número. Entre ellas es de notarse el uso del ca, que llamó desde el principio la atención de Ticknor, que Amador de los Ríos defendió, de que reúne Cuervo más de una docena de muestras para probar que es giro peculiar del fingido bachiller de Cibdareal, incompatible con el uso de Castilla.

También ha cotejado cuidadosamente el distinguido filólogo colombiano la Crónica de don Juan II con el Epistolario, y aparece de ese careo, como dice, que la Crónica misma con la naturalidad de su estilo denuncia las frases extrañas, impropias é incorrectas á que el zurcidor ha tenido que apelar para disimular un poco el origen de lo que iba copiando. El Centón, por consiguiente, es plagio de la Crónica; así puede afirmarse después del análisis de Cuervo con pleno conocimiento del asunto, sin haber lugar para reserva ó atenuación alguna en el pronunciamiento.

Es un antiguo vacío en la historia de la literatura que ahora queda perfectamente lleno. El Sr. Cuervo ha vertido abundantemente luz sobre un punto que para algunos, á causa de Amador de los Ríos, podía ser aun materia oscura y controvertible. Quizás no falte todavía quien discuta si fué ó no don Antonio Vera y Zúñiga el que fabricó el texto espurio, ó si lo mandó fabricar, ó si algún otro lo maquinó figurándose complacerle: cuestión de importancia mucho menor, aunque la verdad es que todos los datos y las más lógicas deducciones concurren á convencer del cargo al susodicho personaje. Pero nadie ya deberá creer en la existencia de un bachiller de Ciudad Real, autor de las cartas que durante más de dos siglos corrieron bajo su nombre, ni mucho menos forjarse la extravagante ilusión de hallar en ellas "el carácter vago, indeterminado y contradictorio" de la corte del rey don Juan segundo, sobre todo si tiene á mano la Crónica auténtica para conocer mejor la historia de aquellos tiempos calamitosos, y descubrir que lo uno no es más que pálido trasunto de lo otro, con numerosas equivocaciones y mentiras por añadidura.


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