Un relámpago que parte de la Syria, ilumina casi simultáneamente las tres grandes penínsulas del Asia Menor, de Grecia y de Italia, y que bien pronto seguido de un segundo reflejo abraza casi todas las costas del Mediterráneo, hé aquí lo que fué la primera aparicion del cristianismo: la marcha de las naves apostólicas es casi siempre la misma. La predicacion cristiana parece seguir una huella anterior que no es otra que la de la emigracion judía. Como un contagio que teniendo su foco en el fondo del Mediterráneo, aparece de repente sobre cierto número de puntos del litoral, donde se comunica por una correspondencia secreta, el cristianismo tuvo sus puertos de arribada designados en cierto modo de antemano. Estos puertos se reconocian casi todos por las colonias judías; una sinagoga precedió, en general, al establecimiento de la Iglesia: diríase que era una cadena eléctrica por cuya extension la idea nueva corria de una manera casi instantánea.
En efecto, despues de ciento cincuenta años el judaismo extendido por el Oriente y Egipto, habia tomado su vuelo hácia el Occidente. Cirene, Chipre, el Asia Menor, ciertas poblaciones de Macedonia y de Grecia, y la Italia tenian juderías importantes[836]. Los judíos daban el primer ejemplo de este género de patriotismo que los Partos, los Armenios, y hasta cierto punto los Griegos modernos debian mostrar más tarde; patriotismo extremadamente enérgico porque no se refiere á un determinado suelo; patriotismo de comerciantes extendidos por todas partes, reconociéndose por todo como hermanos; patriotismo que no conduce á formar estados compactos, pero sí pequeñas comunidades autónomas en el seno de los demás Estados. Estos judíos dispersos unidos estrechamente entre sí, constituyen en las poblaciones, congregaciones casi independientes, teniendo sus magistrados y consejos. En ciertas poblaciones tenian su etnarca ó alabarca, revestido de derechos casi soberanos. Habitaban barrios separados y fuera de la jurisdiccion ordinaria, muy despreciados de todo el mundo, pero donde reinaba la felicidad. Eran más pobres que ricos, pues no habia llegado aún la época de las grandes fortunas judías que empezaron en España bajo los Visigodos[837]. El acaparamiento de los negocios por los judíos fué el efecto de la incapacidad administrativa de los bárbaros, de la repugnancia que inspiró á la Iglesia la ciencia del dinero y de sus ideas superficiales sobre el préstamo á interés. En el imperio romano nada hay semejante, pues cuando el judío no poseia riquezas, era muy pobre, ya que no era aficionado á la agricultura. En todo caso sabia sufrir muy bien la pobreza, pero lo que sabia más aún era aunar la preocupacion religiosa más exaltada con la más rara habilidad comercial. Las excentricidades teológicas no excluyen en manera alguna el buen sentido en los negocios. En Inglaterra, en América, en Rusia, los sectarios más entusiastas (irvingianos, santos de los últimos dias, raskolniks) son buenos comerciantes.
La propiedad de la vida judía piadosamente practicada ha sido siempre la de producir mucha alegría y cordialidad. En aquel pequeño mundo todos se amaban; se amaba hasta el mismo pasado; las ceremonias religiosas iban adquiriendo poco á poco nueva vida. Habia alguna analogía con las distintas comunidades que existen todavía en las grandes ciudades turcas, como por ejemplo la griega, armenia, y judía, de Esmirna, reducidas cofradías donde se conoce todo el mundo, donde todos viven juntos y conspiran juntos. En estas pequeñas repúblicas, las cuestiones religiosas dominan siempre á las cuestiones políticas, ó más bien aquellas suplen y completan á estas. Una herejía es en ellas un asunto de Estado; un cisma tiene siempre por orígen una cuestion de personas. Los romanos, salvo raras excepciones, no penetraban jamás en aquellos círculos reservados. Las sinagogas promulgaban decretos, daban honores[838], y hacian las veces de verdaderas municipalidades. Era grande la influencia de estas corporaciones: en Alejandría llegó á ser de primer órden, y dominó todo el recinto interior de la ciudad[839]. En Roma eran numerosos los judíos[840], y constituian un apoyo que nadie desdeñaba. Ciceron presenta como un acto de valor haber intentado resistirse á los mismos judíos[841]. César les favoreció y les encontró fieles[842]; Tiberio para contenerles tomó las más enérgicas medidas[843]; Calígula, cuyo reinado fué para ellos nefasto en Oriente, les concedió permiso para asociarse, en Roma[844]. Claudio que les favorecia en Judea, se vió obligado á echarles de la ciudad[845]. Encontrábaseles por todas partes[846] y podia decirse de ellos como de los griegos, que vencidos, habian impuesto sus leyes á los vencedores[847].
Las disposiciones de las poblaciones indígenas hácia estos extranjeros eran muy diversas. Por una parte el sentimiento de repulsion y antipatía que producian los judíos por su espíritu de aislamiento constante, por su carácter rencoroso, y por sus hábitos insociables, se manifestaban de una manera decisiva donde eran más numerosos y estaban más organizados[848]. Cuando libres, eran realmente séres privilegiados porque gozaban de ciertos beneficios de la sociedad, sin sufrir sus gravámenes[849]. Algunos charlatanes explotaban el sentimiento de curiosidad que inspiraba su culto, y bajo el pretexto de explicar sus secretos cometian toda clase de pillerías[850]. Algunos folletos violentos y satíricos, como el de Apion, de los cuales los escritores profanos han dado frecuentemente reseñas[851], circulaban sirviendo de alimento para excitar la cólera del público pagano. Los judíos parecen haber sido en general séres mezquinos, que de todo se quejaban. Veíase en ellos á una sociedad secreta, mal intencionada para el resto de los hombres, cuyos miembros se vendian á cualquier precio en detrimento de los otros[852]. Sus costumbres, su aversion á ciertos alimentos, su dejadez, su falta de distincion, el mal olor que exhalaban[853], sus escrúpulos religiosos, sus minuciosidades en la observancia del sábado, se consideraban como ridiculeces[854]. Una vez introducido en la sociedad, el judío por una consecuencia natural, no tenia cuidado alguno en parecer fino. Por eso se les encontraba por todas partes con sus trajes sucios, aire tosco, andar fatigado, cara pálida, ojos enfermizos[855], y cierta expresion de beatitud, formando sus mujeres grupo á parte, con sus hijas, sus paquetes de mercancías y sus canastos que constituian todo su mobiliario[856]. En las poblaciones ejercian los tráficos más despreciables: mendigos,[857] ropavejeros, ó vendedores de fósforos[858]. Despreciábase injustamente su ley y su historia. Tan pronto se les creia supersticiosos[859], y crueles[860]; como ateos, ó contentadores de los dioses[861]. Su aversion hácia las imágenes era una prueba de su impiedad. La circuncision sobre todo ofrecia asunto para las interminables burlas que se les dirigian[862].
Pero estos juicios superficiales no eran los de todos; los judíos tenian tantos amigos como detractores; su formalidad, sus buenas costumbres, la sencillez de su culto gustaban á mucha gente. Veíase en ellos algo de superior. Organizábase una vasta propaganda monoteista y mosaica[863]; y una especie de torbellino poderoso se iba formando al rededor de aquel pequeño pueblo. El pobre judío de Trastévere[864], que salia por la mañana con sus mercancías, entraba con frecuencia por la noche enriquecido con las limosnas procedentes de manos piadosas[865]. Sobre todo las mujeres iban en grupos á buscar á estos misioneros[866]. Juvenal[867] califica de vicio la inclinacion de las damas de aquella época hácia la religion judía y las critica por esto. Las que se habian convertido aseguraban que eran completamente felices[868] pero el antiguo espíritu helénico y romano resistia enérgicamente; el desprecio y el ódio hácia los judíos se revela en todos los hombres ilustrados tales como Ciceron, Horacio, Séneca, Juvenal, Tácito, Quintiliano y Suetonio[869]. Por el contrario, aquella enorme masa de poblaciones mezcladas que el imperio habia sometido, á las cuales era extraño el espíritu romano y la sabiduría helénica, corrian en tropel hácia una sociedad en que encontraban ejemplos interesantes de concordia, de caridad, de socorros mútuos[870], de simpatía, de aficion al trabajo[871] y de altiva pobreza. La mendicidad, que fué más tarde enteramente cristiana, era entonces completamente judía. El mendigo de profesion, formado por su madre, se presentaba á la imaginacion de los poetas de aquel tiempo como un judío[872].
La exencion de ciertas cargas civiles y en particular de la milicia hacia en cierto modo envidiable la suerte de los judíos[873]. El Estado entonces pedia muchos sacrificios y daba pocas alegrías morales; todo estaba frio y desanimado y la vida tan triste en el seno del paganismo, adquiria todo su encanto en la tibia atmósfera de la sinagoga y de la iglesia. Allí, sin embargo, no se encontraba libertad puesto que los correligionarios se espiaban sin cesar los unos á los otros; pero aunque la vida interior de estas pequeñas comunidades fuese muy agitada, se gozaba infinitamente: nadie las abandonaba y no habia apóstatas. El pobre estaba contento en ellas; miraba sin envidia la riqueza y con la tranquilidad de una buena conciencia[874]. El sentimiento verdaderamente democrático de la locura mundana, de la vanidad de las riquezas y de las grandezas profanas, expresábase allí claramente. Se ha comprendido poco el mundo pagano y se le ha juzgado con demasiada severidad; la civilizacion romana se ha presentado como foco de todas las inmoralidades y de vicios odiosos[875], de la misma manera que un obrero de nuestros tiempos, imbuido en las doctrinas socialistas, se representa á los aristócratas bajo los más negros colores. Pero allí habia animacion, alegría é interés, como sucede hoy dia en las más pobres sinagogas de Polonia y de Galitzia. La falta de elegancia y delicadeza en las costumbres se compensaba por un agradable espíritu de familia y de honradez patriarcal. En la sociedad elevada, por el contrario, el egoismo y el aislamiento de las almas habian dado su último fruto.
La parábola de Zacarías[876] se realizaba: el mundo iba á cogerse de los vestidos de los judíos para decirles: «Llevadnos á Jerusalem.» No habia poblacion grande donde no se celebrara el sábado, el ayuno y las demás ceremonias del judaismo[877]. Josefo[878] se atreve á invitar á los que duden á que consideren el estado de su patria y hasta su propia casa, y vean si no se encuentra en ellas la confirmacion de lo que dice. La presencia en Roma y cerca del emperador de varios miembros de la familia de los Herodes, los cuales practicaban su culto delante de todo el mundo[879], contribuia mucho á esta publicidad. El sábado, se imponia como una necesidad á las clases menesterosas en los barrios donde habia judíos. Su obstinada resistencia en no abrir las tiendas en semejante dia obligaba á los vecinos á modificar sus costumbres, y á esto se debe sin duda que en Salónica se observe el sábado aún en la actualidad, tanto más cuanto que la poblacion judía es allí demasiado numerosa y rica para dejar de imponer la ley y regular el dia del descanso cerrando sus despachos.
Así como el judío, á quien con frecuencia acompañaba, el sirio era un instrumento activo de la conquista del Occidente por el Oriente[880]; se le confundia con frecuencia, y Ciceron creia haber encontrado el retrato comun á entrambos, llamándoles naciones nacidas para la esclavitud[881]. Esto era lo que les aseguraba el porvenir, ya que el porvenir era entonces de los esclavos. El carácter del sirio se distinguia principalmente por su volubilidad, su ligereza, y el despejo superficial de su espíritu. La naturaleza siria es como una imágen fugitiva en las nubes del cielo; por momentos suele trazar ciertas líneas con gracia, pero estas líneas, no llegan á formar jamás un dibujo completo. En la sombra, á la pálida luz de una lámpara, la mujer siria, cubierta con sus velos, con sus miradas vagas y languidez infinita, produce alguna ilusion; pero al analizar esta belleza todo se evapora, todo es ficticio.
Lo único que la raza siria tiene de agradable, es el niño de cinco ó seis años; en la raza griega, por el contrario, el niño es inferior al jóven adulto, y éste inferior al anciano[882]. La inteligencia siria halaga por su prontitud y ligereza; pero le falta fijeza, solidez; es como ese vino de oro del Líbano, que causa un transporte agradable pero del cual nos cansamos pronto. Los verdaderos dones de Dios deben tener algo á la vez de delicados y de fuertes, de embriagadores y de durables. La Grecia es hoy más apreciada que nunca y lo será cada dia más y más.
Muchos emigrados sirios á quienes el deseo de hacer fortuna llevaba al Occidente estaban más ó menos unidos al judaismo, y los que no, permanecian fieles al culto de su ciudad[883], es decir, al recuerdo de algun templo dedicado á un Júpiter local[884], que era generalmente su Dios supremo, á quien daban algun título particular[885]. Esto era en el fondo una especie de monoteismo que los sirios encubrian con el culto de sus extraños dioses.