Comparados con las personalidades divinas completamente distintas entre sí que ofrecia el politeismo griego y romano, los dioses de que se trata, en su mayor parte sinónimos del Sol, eran casi hermanos del Dios único[886]. Semejantes á ciertas melopeas enervantes, los cultos sirios podian parecer menos áridos, más expresivos que el culto griego, y las mujeres de Siria la observaban con cierta exaltacion y voluptuosidad. Estas mujeres fueron en todo tiempo séres extraños que fluctuaban entre el demonio y Dios, entre la santa y poseida; la santa de virtudes severas, de heróicos sacrificios y de firme resolucion, pertenece á otras razas y otros climas; la santa de imaginacion ardiente, de arrebatos absolutos y de súbitos amores, es la santa de Siria. La poseida de nuestra edad media es la esclava de Satanás por su humillacion ó sus pecados; la poseida de Siria es la loca por idealismo, la mujer que se siente herida en sus sentimientos, que se venga con frenesí ó se encierra en el mutismo[887] que no espera para curarse más que una palabra dulce ó una dulce mirada. Trasportadas al mundo occidental, estas Sirias adquirian influencia, algunas veces por malas artes de mujer, y otras por cierta superioridad moral y una verdadera disposicion. Esto se vió ciento cincuenta años despues, cuando los personajes más importantes de Roma se casaron con Sirias, las cuales tomaron un gran ascendiente en los asuntos públicos. La mujer musulmana de nuestros dias, especie de comadre chillona, estúpidamente fanática, que no existiendo sino para el mal, es incapaz de virtud alguna, no debe hacernos olvidar á las Julia Domna, á las Julia Mæsa, Julia Mamæa y Julia Soemia, que introdujeron en Roma, en punto á religion, una tolerancia y unas tendencias místicas desconocidas hasta entonces. Lo más notable es, que la dinastía siria se mostró favorable al cristianismo, y que Mameo, y más tarde el emperador Felipe el Árabe[888], se consideraron como cristianos. En los siglos III y IV, el cristianismo fué por excelencia la religion de Siria; despues de Palestina, Siria fué la que tuvo más parte en la fundacion de aquel.

En Roma sobre todo, y durante el primer siglo, fué donde el sirio comenzó á desplegar su infatigable actividad: dedicado á los más humildes oficios, tales como lacayo, mozo de cuerda, cochero etc., el Syrus[889] entraba por todas partes, introduciendo consigo la lengua y las costumbres de su país[890]. No tenia la altivez ni los conocimientos filosóficos de los Europeos, y mucho menos su vigor, pues débil de cuerpo, pálido, atacado con frecuencia por la fiebre, sin observar método en las horas de comer y dormir, como hacen nuestras robustas razas, alimentándose solo de cebollas y otros vegetales, y dedicando muy pocas horas al sueño, el Sirio moria jóven y estaba generalmente enfermo[891]. Sus cualidades dominantes eran la humildad, la dulzura, la afabilidad, poca solidez de espíritu y no muy buen sentido, excepto cuando se trataba de sus negocios; pero en cambio era muy ardiente, aunque algo afeminado. Como el Sirio no ha tomado nunca parte en la vida política, tiene una aptitud especial para todos los asuntos religiosos, y bien puede decirse que ese pobre Maronita, afeminado, humilde y andrajoso, ha llevado á cabo la más grande de las revoluciones. Su antecesor, el Syrus de Roma, fué el que mostró más celo para llevar la buena nueva á los afligidos; todos los años iban á Grecia, á Italia y á la Galia, colonias enteras de estos Sirios impulsados por su aficion natural á los pequeños negocios[892], y era fácil reconocerles en los buques por sus numerosas familias, que siempre les seguian, siendo de notar en aquellas, sus hermosos niños, sus jóvenes madres, de aspecto infantil, siempre risueñas y sumisas al lado de sus esposos[893]. Las cabezas que se destacan en estos tranquilos cuadros de familia, son poco acentuadas, no pueden compararse con las de Arquímedes, de Platon, ó de Fidias; pero en cambio, el mercader Sirio al llegar á Roma, es un hombre bueno y misericordioso, caritativo con sus compatriotas y amante de los pobres; habla con los esclavos y les indica un asilo donde estos infelices, reducidos por la dureza de los Romanos al más desconsolador aislamiento, puedan encontrar alivio y consuelo. Las razas griegas y latinas, razas de señores, que han nacido para lo grande, no saben sacar partido de tan humilde posicion[894]; el esclavo de estas razas pasaba su vida en la insubordinacion y el deseo de hacer mal; el esclavo ideal de la antigüedad tiene todos los defectos imaginables; es goloso, embustero, malo y enemigo natural de su dueño,[895] y con esto, probaba en cierto modo su nobleza, protestando contra una ley opuesta á la naturaleza. El buen Sirio no protestaba; aceptaba su ignominia, y á fin de sacar el mejor partido posible, captábase la buena voluntad de su amo, se atrevia á hablarle y procuraba complacer á su señora. Este gran agente de la democracia iba así deshaciendo malla por malla la red de la civilizacion antigua; las viejas sociedades, fundadas sobre el desprecio, sobre la desigualdad de las razas, sobre el valor militar, estaban perdidas para siempre. La debilidad y la humillacion, van á ser una ventaja para el perfeccionamiento de la virtud[896]; la nobleza romana y la sabiduría griega, lucharán aún tres siglos; á Tácito le parecerá bien deportar á millares de esos infelices; si interissent, vile damnum[897]! y la aristocracia romana se irritará, llevando á mal tengan sus dioses y sus instituciones. Está sin embargo escrito de antemano quién ha de alcanzar la victoria; será el Sirio, el pobre hombre que ama á sus semejantes, que comparte con ellos lo que tiene y que se asocia con ellos; la aristocracia romana tiene que perecer por su impiedad.

Para explicarnos la revolucion que va á realizarse, es necesario darnos cuenta del estado político, social, moral, intelectual y religioso del país donde el proselitismo judío habia abierto surcos que debia cubrir la predicacion cristiana. Espero que este estudio demostrará evidentemente que la conversion del mundo á las ideas judías y cristianas, era inevitable, y que no es de extrañar más que una cosa: que esa conversion se haya verificado con tanta lentitud y tan tarde.

CAPÍTULO XVII.

Estado del mundo hácia mediados del primer siglo.

Año 45

El estado político del mundo era de los más tristes: toda la autoridad se hallaba concentrada en Roma y en las legiones, y allí tenian lugar las escenas más vergonzosas y degradantes que puedan imaginarse. La aristocracia romana que habia conquistado el mundo y que al fin se quedó sola al frente de los negocios públicos bajo los Césares, se entregaba á una saturnal de crímenes, la más desenfrenada que pueda recordar el género humano. César y Augusto comprendieron perfectamente al establecer el principado las necesidades de su época; el mundo era tan mezquino bajo el punto de vista político, que no era posible ningun otro gobierno, y desde que Roma habia conquistado provincias sin número, la antigua constitucion fundada sobre el privilegio de familias patricias, especie de tories obstinados y malévolos, no podia subsistir[898]. Pero Augusto habia faltado á todos los deberes del verdadero político, confiando el porvenir á la casualidad. Sin reglas fijas de adopcion, sin ley electoral, sin límites constitucionales, el cesarismo era como un peso colosal en el puente de un navío sin lastre. Hacíanse inevitables las más terribles sacudidas: tres veces en un siglo, bajo Calígula, Neron y Domiciano, recayó en manos de hombres execrables y extravagantes el más grande poder que haya existido jamás, y de ahí la série de horrores que casi excedieron á los cometidos por los mónstruos de las dinastías mongolas.

Entre esos fatales soberanos, se vé uno reducido casi á dispensar un Tiberio, que no fué completamente malo sino hácia el fin de su vida, y á un Claudio, que solo fué extravagante y se dejó guiar de malos consejos: Roma llegó á ser una escuela de corrupcion y crueldad, mas es preciso añadir que el mal venia sobre todo de Oriente, de esos cortesanos de baja estofa, de esos hombres infames que el Egipto y la Siria enviaban á Roma[899], donde aprovechándose de la opresion que ejercian los verdaderos romanos, creíanse todos poderosos al lado de los bribones que gobernaban. Las más extravagantes ignominias del imperio, tales como la apoteosis del emperador y su divinizacion cuando aún vivia, procedian del Oriente y sobre todo de Egipto, que era entonces uno de los países más corrompidos del Universo[900].

En efecto el verdadero espíritu romano dominaba aún: la nobleza romana estaba muy lejos de extinguirse; el orgullo y la virtud se conservaban todavía en algunas familias que subieron al poder con Nerva, contribuyendo al esplendor del siglo del que Tácito ha sido tan elocuente intérprete. No se debia desesperar de una época en que iban á producirse hombres tan rectos como Quintiliano, Plinio el Jóven, y Tácito; el desbordamiento de la superficie no alcanzó al gran fondo de honradez de la buena sociedad romana; algunas familias ofrecian aún ejemplos de abnegacion, de órden de concordia y sólida virtud, y aún se encontraban admirables esposas y hermanas[901]. ¿Puede darse caso más sublime que el de aquella jóven y casta Octavia, hija de Claudia, esposa de Neron, que conservándose pura al través de todas infamias, fué muerta á los veinte y dos años sin haber experimentado jamás un momento de alegría? Las mujeres calificadas en las inscripciones de castissimæ, univiræ no son raras[902]: muchas esposas acompañaron á sus maridos al destierro[903]; otras compartieron su noble muerte[904]; conservábase la antigua sencillez romana; era esmerada la educacion de los hijos, y las más nobles mujeres trabajaban en toda clase de labores[905]. Los cuidados del tocador eran casi desconocidos en algunas familias[906].

Los excelentes hombres de Estado, que por decirlo así, salieron de la tierra en tiempo de Trajano, no se improvisaron, habian servido en los reinados anteriores, solo que tuvieron poca influencia para ponerse en pugna con los favoritos del emperador. Tambien bajo Neron ocuparon los más elevados cargos hombres de gran valía, pero con aquellos malos emperadores no era dable cambiar la marcha general de los negocios ni los principios del Estado. El imperio no obstante lejos de haber entrado en el período de la decadencia, ostentábase en toda la fuerza de la más robusta juventud; la decadencia no debia venir hasta doscientos años más tarde, y ¡cosa extraña! con soberanos mucho mejores. Bajo el punto de vista político, la situacion era análoga á la de Francia, que careciendo desde la Revolucion de una regla constantemente seguida en la sucesion de los poderes, puede atravesar críticos períodos sin que su organizacion interior y su fuerza nacional se resientan demasiado. Bajo el punto de vista moral, se puede comparar el tiempo de que hablamos con el siglo XVIII, época que se creeria del todo corrompida si se la juzgase por las memorias, la literatura manuscrita y las colecciones de anécdotas, y en que sin embargo ciertas familias son tan austeras en sus costumbres[907].