Las instituciones benéficas, fundadas bajo el principio de que el Estado tiene deberes paternales para con sus miembros, no se desarrollaron en grande escala sino desde Nerva y Trajano[949], aun cuando se encuentran algunos vestigios de aquellas en el siglo primero[950], puesto que ya se facilitaban socorros á los niños[951] y alimento á los indigentes, y se tomaban precauciones para asegurar el abastecimiento, facilitándose tambien bonos de pan que permitian comprar el trigo á un precio reducido[952]. Todos los emperadores, sin excepcion, demostraron la mayor solicitud en aquellas cuestiones, secundarias si se quiere, pero que en ciertas épocas se anteponen á las demás. En la remota antigüedad, puede decirse que el mundo no necesitaba caridad; pues siendo entonces jóven y valiente hacíase inútil el hospital; la buena y sencilla moral homérica, segun la que, el huésped y el mendigo vienen de parte de Júpiter[953], es la moral de los robustos y alegres adolescentes. En su edad clásica, la Grecia anunció las más exquisitas máximas de piedad, de humanidad y beneficencia para que desapareciese la inquietud social ó la melancolía[954], y en aquella época el hombre disfrutaba aún de felicidad y salud. Respecto á las instituciones de socorros mútuos, los griegos las tuvieron mucho antes que los romanos[955]; bien es verdad que de aquella cruel nobleza que ejerció durante la república tan indigna opresion, no salió nunca ninguna disposicion liberal ó benévola. En aquel tiempo las colosales fortunas de la aristocracia, el lujo, las grandes aglomeraciones de hombres en ciertos puntos, y sobre todo la dureza de corazon particular de los Romanos, y su aversion á la piedad[956], dieron orígen al «pauperismo»; y mientras las complacencias de ciertos emperadores hácia la canalla de Roma no hacia más que agravar el mal, los tesserae frumentariae estimulaban el vicio y la ociosidad, en vez de buscar un remedio para la miseria. En esto, como en otras muchas cosas, el Oriente tenia sobre el mundo occidental una superioridad real y efectiva; los judíos poseian verdaderas instituciones caritativas; parece que los templos de Egipto habian tenido algunas veces una caja para los pobres[957]; la casa de reclusos y reclusas del Serapeo de Menfis[958], era tambien en cierto modo un establecimiento de caridad, y en fin, puede decirse que la crísis terrible que atravesaba la capital del Imperio, se dejaba sentir poco en los países lejanos, donde la vida era más tranquila. Roma merecia por muchos conceptos que se la acusara de haber envenenado la tierra, comparándola con una cortesana que habia escandalizado al mundo con su inmoralidad[959]. La provincia valia más que Roma, ó más bien, los elementos impuros que de todas partes afluian á la gran ciudad, habíanla convertido en un foco infecto donde se ahogaban las antiguas virtudes romanas, mientras las buenas semillas se iban desarrollando muy lentamente.

El estado intelectual de las diversas partes del Imperio era asimismo muy poco satisfactorio: bajo este punto de vista reinaba una verdadera decadencia. Cultivar el talento, no es tan independiente de las circunstancias políticas como lo es cultivar la moral privada: Marco Aurelio fué ciertamente un hombre más de bien que todos los antiguos filósofos griegos, y sin embargo sus nociones positivas sobre las variedades del universo son inferiores á las de Aristóteles y Epicuro, pues cree por momentos en los Dioses, en los sueños y en los presagios, figurándose que los primeros son personajes completos y distintos. En la época romana, hubo en el mundo un progreso de moralidad á la vez que un período de decadencia científica: decadencia muy notable particularmente entre Tiberio y Nerva. El genio griego, con una originalidad, una fuerza, una riqueza á que nada igualó jamás, habia creado hacia siglos la enciclopedia racional y la disciplina normal del espíritu, movimiento maravilloso, que datando de Thales y de las primeras escuelas de Jonia, (seiscientos años antes de Jesucristo), se detuvo en su carrera hácia el año 120 antes de Jesucristo. Los últimos personajes de estos últimos cinco siglos en que tanto brilló el genio, Apolonio, Eratóstenes, Aristarco, Heron, Arquímedes, Heppareo, Crisipo, Carnéades y Panecio, habian muerto sin dejar sucesores, y no veo sino Posidonio y algunos astrónomos que continúan aún las antiguas tradiciones de Alejandría, de Rodas y de Pérgamo. La Grecia, tan hábil para crear, no supo establecer, á pesar de su ciencia y de su filosofía, una enseñanza popular como remedio contra las supersticiones, y poseyendo en su seno admirables institutos científicos, el Egipto, el Asia Menor y la Grecia, dejábanse dominar por las más absurdas creencias. Ahora bien, cuando la ciencia no llega á dominar á la supersticion, la supersticion ahoga á la ciencia; entre estas dos fuerzas opuestas el duelo es á muerte.

Al adoptar Italia la ciencia griega, supo por un momento darle nueva expresion: Lucrecio dió el modelo del gran poema filosófico, á la vez himno y blasfemia inspirando á un tiempo la serenidad y la desesperacion, penetrada de ese sentimiento profundo del destino humano que siempre faltó á los griegos, los cuales como verdaderos niños que eran, tomaban la vida tan alegremente que nunca pensaron en maldecir á los Dioses, ni juzgaron á la naturaleza injusta y pérfida hácia el hombre. Los filósofos latinos se entregaron á más graves reflexiones, pero así como la Grecia, Roma no supo sacar de la ciencia la base de una educacion popular. En tanto que Ciceron perfeccionaba con exquisito tacto las ideas que tomara de los Helenos, mientras que Lucrecio escribia su asombroso poema, mientras que Horacio confesaba á Augusto su franca incredulidad, y que Ovidio, uno de los poetas más galanes de la época, criticaba á guisa de elegante libertino las fábulas más respetables; y por último, en tanto que los grandes históricos deducian las consecuencias prácticas de la filosofía griega, dábase crédito á las más locas quimeras, y la fé en lo maravilloso no reconocia límites. En ninguna época se ocuparon más de las profecías y de los prodigios[960]: el bello deismo ecléctico de Ciceron[961], continuado y perfeccionado por Séneca[962], era la creencia de un escaso número de inteligencias elevadas que no ejercieron accion alguna en su siglo.

El imperio, hasta Vespasiano, no tuvo nada que pudiera llamarse instruccion pública[963]; lo que hubo más tarde en este género se limitó á simples conocimientos gramaticales, y bien pronto reinó un período de general decadencia. En las últimas épocas del gobierno republicano y en el reinado de Augusto brilló como nunca la literatura, pero despues de la muerte del gran emperador, la decadencia es rápida ó mejor dicho súbita. La sociedad inteligente y culta de los Cicerones, de los Áticos, de los Césares, de los Mecenas, de los Agrippas y de los Poliones, habia desaparecido cual fantástica vision, si bien es cierto que aún quedaban hombres ilustrados, hombres entendidos en la ciencia de su época, que ocupaban elevadas posiciones sociales, tales como los Sénecas y la sociedad literaria de que eran el centro y en la cual se contaban Lucilio, Galion y Plinio. El cuerpo del derecho romano, que es la filosofía misma en código, y la aplicacion en la práctica del racionalismo griego, continuaban su magestuoso progreso y las grandes familias romanas habian conservado un fondo de religion y los más nobles sentimientos, inspirándoles horror las supersticiones[964]. Los geógrafos Estrabon y Pomponio Mela, el médico y enciclopedista Celso, el botánico Dioscórides y el jurisconsulto Sempronio Próculo, eran cabezas muy bien organizadas, pero estas podian considerarse como excepciones, y fuera de algunos hombres de reconocida ilustracion, hallábase el mundo sumido en la más completa ignorancia de las leyes de la naturaleza[965]. La credulidad era una enfermedad general[966]; los conocimientos literarios se reducian á una retórica hueca que nada enseñaba, y la direccion esencialmente moral y práctica que la filosofía habia tomado, oponíase á las grandes especulaciones. Los conocimientos humanos, si se exceptúa la geografía, no adelantaban nada. El hombre instruido por aficion reemplazaba al sabio creador, y el supremo defecto de los romanos influia fatalmente en todas las cosas. Aquel pueblo, tan grande para el imperio, era secundario por el espíritu; los romanos más instruidos, tales como Lucrecio, Vitruvio, Celso, Plinio y Séneca, á pesar de sus conocimientos positivos, podian considerarse como discípulos de los griegos[967]. Roma no tuvo nunca ninguna gran escuela científica; el charlatanismo reinaba sin oposicion, y por último la literatura latina que seguramente tuvo períodos admirables, floreció poco tiempo y no salió del mundo occidental[968].

Felizmente la Grecia conservó su genio; el prodigioso brillo del poder de los romanos la habia deslumbrado y aturdido, pero no aniquilado, y dentro de cincuenta años habrá reconquistado el mundo, será de nuevo la reina de todos los que piensan y podrá sentarse en el trono con los Antoninos. Por ahora la Grecia se halla entregada á una de sus horas de abandono y de cansancio; el genio es raro y la ciencia original é inferior á lo que habia sido en los siglos precedentes la escuela de Alejandría, que hacia dos siglos habia entrado en el período de decadencia, aun cuando en la época de César poseia á Sosígenes, ha enmudecido completamente.

Así pues desde la muerte de Augusto hasta el advenimiento de Trajano, nos encontramos con un período de abatimiento momentáneo para el espíritu humano; el mundo antiguo estaba muy lejos de haber dicho su última palabra de despedida, pero las pruebas crueles por que atravesaba privábanle de voz y corazon. Luego vienen dias mejores, y libre el espíritu del régimen desconsolador de los Césares, adquiere nueva vida: Epicteto, Plutarco, Dion Crisóstomo, Quintiliano, Tácito, Plinio el Jóven, Juvenal, Rufo de Éfeso, Areteo, Galeno, Ptolomeo, Hipsicles, Theon y Luciano, reprodujeron los más hermosos dias de la Grecia; no de esa Grecia inimitable que solo ha existido una vez para desesperacion y encanto de los que aman lo bello, sino de otra, que confundiendo sus dones con los del espíritu romano, producirá frutos nuevos llenos de originalidad.

Por lo general se tenia muy mal gusto; los grandes escritores griegos escaseaban, y los latinos que conocemos, á excepcion del satírico Persio, son medianos y sin genio, pues la declamacion lo echaba todo á perder. El principio por el cual juzgaba el público las obras del entendimiento era poco más ó menos el mismo que en nuestra época; buscábanse tan solo los golpes de efecto; la palabra no era ya la expresion sencilla del pensamiento, ni consistia la elegancia de la frase en su perfecta proporcion con la idea que se queria expresar; cultivábase la palabra por sí misma, y el objeto de un autor al escribir era demostrar su talento. Apreciábase la excelencia de un recitado ó lectura pública por el número de palabras aplaudidas, y olvidábase completamente el gran principio segun el cual, en puntos de arte todo debe servir para el adorno, siendo malo lo que se busca para él expresamente. En resúmen, puede decirse que era aquella una época literaria, si se atiende á que todos hablaban de elocuencia ó de buen estilo, aunque en el fondo todos escribian mal; no habia un solo orador, pues los buenos oradores y escritores, son gentes que no hacen un oficio de lo uno ni de lo otro. En el teatro, absorbia la atencion el primer actor; suprimíanse muchas piezas para no recitar sino los trozos de gran efecto que eran las cantica; el espíritu de la literatura era un «diletantismo» que dominaba hasta á los mismos emperadores, una necia vanidad que excitaba á todos á probar que tenian talento, y de ahí las insustanciales é interminables «Teseidas,» los dramas compuestos para ser leidos en sociedad y toda esa vana ostentacion poética que no puede compararse sino con las epopeyas y las tragedias clásicas de hace sesenta años.

Los mismos estoicos no pudieron evitar el contagio, ó al menos no supieron, antes de Epicteto y Marco Aurelio, hallar bellas formas para revestir sus doctrinas. Las tragedias de Séneca son monumentos verdaderamente extraños donde se expresan los más elevados sentimientos con el tono de un charlatanismo literario por demás fatigoso, indicio á la vez de un progreso moral y de una irremediable decadencia en el buen gusto. Lo mismo podemos decir de Lucano: la tension de alma, efecto natural de una situacion eminentemente trágica, se expresaba por un género pomposo en que el único objeto era brillar por hermosas sentencias, y sucedia en esto algo semejante á lo que pasó cuando la revolucion; es decir, que la crísis más fuerte no daba lugar sino á una literatura llena de formas retóricas y golpes de efecto para la declamacion. Mas es preciso no detenerse en esto: los pensamientos nuevos se expresan á veces con muchas pretensiones; el estilo de Séneca es sóbrio, sencillo y puro comparado con el de San Agustin, pero nosotros perdonamos á éste su estilo á veces detestable, y sus conceptos insípidos, por sus buenos sentimientos.

De todos modos, aquella educacion noble y distinguida por muchos conceptos, no llegaba hasta el pueblo, lo cual podia haber sido en cierto modo inconveniente si el pueblo hubiera contado con un alimento religioso análogo al que recibe en la Iglesia la clase más despreciable de nuestra sociedad. Pero en todos los puntos del imperio cuidábanse por lo general muy poco de la religion, pues Roma creyó oportuno por ciertas razones dejar en pié los antiguos cultos, no modificándolos sino en lo que tenian de inhumano[969] ó injurioso para los demás[970], y extendiendo sobre todos una especie de barniz oficial que les hacia asemejarse unos á otros, formando un solo conjunto. Desgraciadamente, los cultos antiguos, de orígen muy diverso, participaban de un carácter comun que consistia en serles imposible establecer la enseñanza teológica, introduciendo una moral aplicada, una predicacion edificante, un ministerio pastoral verdaderamente beneficioso para el pueblo. El templo pagano no era de ningun modo lo que fueron en sus buenos tiempos la Sinagoga y la Iglesia; es decir, la casa comun, la escuela, el hospicio, el retiro donde el pobre va á buscar un refugio[971]; era una cosa fria que de nada servia y donde no se aprendia nada. Quizá era el culto romano el menos malo aún de los que se observaban, pues considerábase la pureza del corazon y del cuerpo como una parte de la religion[972]. Por su gravedad, su decencia y su austeridad, era este culto, prescindiendo de algunas farsas que solo se ven en nuestro Carnaval, superior á las extrañas y ridículas ceremonias que introducian secretamente algunas personas dominadas por manías orientales. El empeño que tenian los patricios romanos en distinguir «la religion,» es decir, su propio culto, de la supersticion, es decir, de los cultos extranjeros[973], nos parece sin embargo bastante pueril. Todos los cultos paganos eran esencialmente supersticiosos: el campesino que en nuestros dias echa una moneda en la caja de una capilla milagrosa, que invoca á tal ó cual santo para que cuide de sus bueyes ó de sus caballos, ó que bebe de cierta agua para determinadas enfermedades, es en esto pagano; casi todas nuestras supersticiones son restos de una religion anterior al cristianismo, que este no ha podido desarraigar completamente; y si se quisiera buscar en nuestros dias la imágen del paganismo, fácil seria encontrarla en algun pueblecillo perdido ó en las más lejanas campiñas.

No teniendo por guardianes más que una tradicion popular y vacilante, y sacristanes interesados, los cultos paganos no pueden menos de degenerar en adulacion[974]. Augusto, aunque con mucha reserva, aceptó que se le adorase en vida en las provincias[975]; Tiberio, permitió que se juzgara á su vista en el ignoble concurso de las ciudades de Asia, que se disputaban el honor de elevarle un templo[976]; las extravagantes impiedades de Calígula no produjeron ninguna reaccion, y fuera del judaismo, no se encontró un solo sacerdote que resistiera á semejantes locuras. Salidos en su mayor parte de un culto primitivo de las fuerzas naturales, diez veces transformados por toda clase de mezcolanzas y por la imaginacion de los pueblos, los cultos paganos se limitaban por su pasado, y no se podia sacar de ellos lo que no tuvieron nunca, es decir, el deismo y la edificacion. Los Padres de la Iglesia nos hacen sonreir cuando ponen de relieve las maldades de Saturno como padre de familia, y de Júpiter como marido, pues ciertamente era mucho más ridículo aún considerar á este último, es decir, á la atmósfera, como un dios moral que ordena, recompensa y castiga. En un mundo que aspiraba á poseer un catecismo, ¿qué podia hacerse con un culto como el de Venus, nacido de una necesidad social, en las primeras navegaciones fenicias en el Mediterráneo, pero que fué luego con el tiempo un ultraje contra lo que se consideraba la esencia de la religion?