El domingo por la mañana muy temprano, las mujeres galileas, que el viernes por la noche habian embalsamado apresuradamente el cuerpo, se dirigieron al sepulcro donde se habia depositado aquel provisionalmente. Entre aquellas mujeres, iban María Magdalena, María Cleofas, Salomé, Juana, mujer de Kouza, y otras varias[73], siendo probable que llegasen cada una por su lado, pues es difícil poner en duda la tradicion de los tres Evangelios sinópticos, segun la cual llegaron al sepulcro varias mujeres[74], aunque es cierto, por otra parte, que en los dos relatos más auténticos[75] que tenemos de la resurreccion, María Magdalena desempeña por sí sola un papel importante en aquel momento solemne. Á ella pues, debemos seguir paso á paso, porque aquel dia, y durante una hora, cargó con todo el peso de la conciencia cristiana: su testimonio decidió la fé del porvenir.
Recordemos que el sepulcro donde se habia encerrado el cuerpo de Jesús, se acababa de abrir en la roca, y estaba situado en un jardin cerca del lugar de la ejecucion[76] por cuya circunstancia se eligió con preferencia este sitio en vista de que era sábado[77] y no se queria infringir la ley que mandaba no trabajar en este dia. El primer Evangelio, no obstante, añade una circunstancia, y es que el sepulcro pertenecia á José de Arimatea, pero en general las circunstancias anecdóticas que nos da el primer Evangelio para el fondo comun de la tradicion, no tienen valor alguno, sobre todo al tratarse de los últimos dias de la vida de Jesús[78]. El mismo Evangelio nos dice tambien que se puso una guardia en el sepulcro[79], pero atendiendo al silencio que guardan los demás, este dato no tiene visos de probabilidad.—Recordemos tambien que las tumbas funerarias, eran una especie de habitaciones bajas, abiertas en una roca inclinada, cortada verticalmente, y que la puerta, por lo general, se formaba con una piedra muy grande y pesada que encajaba en un hueco[80]. Estos recintos no se cerraban con llave ni cerradura; el peso de la piedra era la única garantía de seguridad contra los ladrones ó profanadores de las tumbas, y por esto se hacia de modo que fuera necesaria una máquina para mover la piedra ó los esfuerzos reunidos de varios hombres.—Todas las tradiciones están conformes en que la piedra se habia colocado en el orificio del sepulcro el viernes por la noche.
Ahora bien; cuando llegó María Magdalena el domingo por la mañana, la piedra no se encontraba en su sitio; hallábase el sepulcro abierto y el cuerpo ya no estaba allí. María Magdalena aún no tenia una idea muy clara acerca de la resurreccion; lo que llenaba su alma era un tierno sentimiento y el deseo de hacer las honras fúnebres á su divino amigo, y así es que sus primeras impresiones fueron la sorpresa y el dolor. La desaparicion de aquel cuerpo querido, le arrebataba su último consuelo y alegría; ¡ya no le tocaria más con sus manos!... ¿Y qué habria sido de él?... La idea de una profanacion cruzó por su mente, pero al mismo tiempo, concibió una vaga esperanza. Sin perder momento, corre á una casa donde se hallaban reunidos Pedro y Juan[81] y les dice: «Se han llevado el cuerpo del maestro y no sabemos dónde le han puesto.»
Los dos discípulos se levantan apresuradamente y echan á correr: Juan, el más jóven, llega primero y se inclina para mirar en el interior del sepulcro; María tenia razon: el sepulcro estaba vacío, y los lienzos que sirvieron para amortajar el cuerpo, se hallaban diseminados por el suelo. Poco despues llega Pedro, entra con su compañero, examina los lienzos, manchados sin duda de sangre, y observan que el sudario que rodeara la cabeza de Jesús está tirado en un rincon[82]. Pedro y Juan se retiran á su casa muy agitados; si no pronuncian aún la palabra decisiva «ha resucitado,» bien puede decirse que deducian esta consecuencia y que estaba ya fundado el dogma generador del cristianismo.
Cuando Pedro y Juan hubieron salido del jardin, María permaneció sola al borde del sepulcro llorando amargamente. Un solo pensamiento la preocupaba: ¿dónde habrian puesto el cuerpo? Su corazon de mujer solo anhelaba tener una vez más en sus brazos el cadáver querido. De pronto oye un ligero rumor á su espalda: un hombre está de pié delante de ella: María cree que es el jardinero y exclama: «¡Oh!, si eres tú quien se le ha llevado, dime dónde le has puesto para ir á buscarle.» Por toda respuesta oye que pronuncian su nombre «¡María!» Era la misma voz que tantas veces la conmoviera: era el acento de Jesús. «¡Oh mi maestro!» exclama ella tratando de tocarle; pero por un movimiento instintivo se inclina como para besarle los piés[83]. Entonces la vision se aparta con ligereza y dice: «¡No me toques!» Poco á poco desaparece la sombra[84], pero el milagro de amor se ha consumado ya. Lo que Céfas no habia podido hacer, lo ha hecho María: ha sabido sacar del sepulcro vacío la vida y la dulce y penetrante palabra de Jesús. Ya no se trata de deducir consecuencias ni de hacer conjeturas: María ha visto y ha oido: la resurreccion tiene su primer testigo ocular.
Loca de amor, embriagada de alegría, entra María en la ciudad y dice á los primeros discípulos que encuentra[85] «Le he visto; me ha hablado.» Su agitacion extremada[86], sus frases entrecortadas y sin hilacion, hicieron creer á algunos que estaba loca[87]. Pedro y Juan por su parte, cuentan lo que han visto; otros discípulos van al sepulcro y ven lo mismo[88], y bien pronto todo aquel grupo conviene en que Jesús ha resucitado. Aún quedaban muchas dudas, pero la seguridad de María, Pedro y Juan, se comunicó á los demás, y más tarde se llamó á esto la vision de San Pedro[89]. Pablo, particularmente, no habla de la vision de María y hace recaer en Pedro el honor de la primera aparicion, pero esto no es exacto, puesto que aquel solo vió el sepulcro vacío, el lienzo y el sudario. Solo María amó lo bastante para vencer las leyes de la naturaleza y resucitar el fantasma del maestro. En esta especie de crísis maravillosas, ver despues de los otros, no es nada: todo el mérito está en ser el primero, porque los otros modelan despues la vision segun lo que se les ha dicho. Es condicion de las organizaciones privilegiadas, concebir la imágen con precision é inmediatamente, por una especie de intuicion del dibujo. La gloria de la resurreccion pertenece pues á María Magdalena: despues de Jesús, María es quien ha hecho más por la fundacion del cristianismo; la sombra creada por los delicados sentidos de Magdalena se cierne aún sobre el mundo; reina y patrona de los idealistas, Magdalena ha sabido mejor que nadie realizar su sueño, é imponer á todos la santa vision de su alma apasionada. Su firme resolucion al decir: «¡ha resucitado!» ha sido la base de la fé de la humanidad. ¡Lejos de aquí razonamientos impotentes! No apliquemos un frio análisis á esa obra maestra del idealismo y del amor. Si la sabiduría renuncia á consolar á esa pobre raza humana, dejad á la locura que lo intente. ¿Dónde está el sabio que ha dado al mundo tanta alegría como la poseida María Magdalena?
Sin embargo, las demás mujeres que habian ido al sepulcro, circularon diversos rumores[90]: ellas no habian visto á Jesús[91], pero hablaban de una figura blanca que divisaron en el sepulcro y que les dijo: «Ya no está aquí: volved á Galilea, á donde os precederá[92].» Acaso fueran los lienzos blancos la causa de esta alucinacion; puede ser tambien que no vieran nada y que no hablasen de su vision sino cuando María Magdalena hubo referido la suya. En efecto[93] segun uno de los textos más auténticos, guardaron silencio por algun tiempo, silencio que se atribuyó despues al terror. Como quiera que sea, estos relatos iban aumentándose á cada momento y sufrian extrañas transformaciones: se dijo que la figura blanca era el ángel de Dios; que su vestido era deslumbrador como la nieve y que su semblante resplandecia como un relámpago; otros hablaban de dos ángeles, uno de los cuales apareció á la cabeza del sepulcro y otro á los piés[94], y por último llegada la noche, muchas personas creian ya acaso que las mujeres habian visto bajar un ángel del cielo, levantar la piedra, y á Jesús lanzarse fuera con estrépito[95]. Ellas mismas variaban sin duda sus declaraciones[96]; sometidas á la influencia de la imaginacion de los otros, como sucede siempre á las gentes del pueblo, prestábanse á todos los embellecimientos imaginables y contribuian á crear la naciente leyenda. Aquel dia, en que reinó la mayor agitacion, puede decirse que fué decisivo, pues la pequeña sociedad comenzó á dispersarse. Algunos se habian marchado ya á Galilea, y otros se ocultaron por temor:[97] la deplorable escena del viernes, el espectáculo desgarrador que todos presenciaron al ver morir á aquel de quien tanto esperaban, sin que su Padre fuera á salvarle, bastó para hacer vacilar la fé de muchos. Las noticias dadas por las mujeres y por Pedro, fueron oidas con una incredulidad mal disimulada;[98] circulaban rumores á cual más diversos; las mujeres iban de un punto á otro refiriendo cuentos extraños, y comenzaban á experimentarse diversos sentimientos. Los unos lloraban aún el triste acontecimiento de la víspera; mostrábanse otros triunfantes; todos estaban dispuestos á escuchar los relatos más extraordinarios; y sin embargo, la desconfianza que inspiraba la exaltacion de María Magdalena,[99] la poca autoridad que tenian los asertos de las mujeres y la incoherencia de sus noticias, inspiraban grandes dudas. Esperábanse nuevas visiones que no podian menos de presentarse; el estado en que se hallaba la secta era completamente favorable á la propagacion de los rumores extraños; si toda la pequeña iglesia hubiese estado reunida, habria sido imposible la creacion legendaria, pues los que sabian el secreto de la desaparicion del cuerpo, hubieran protestado probablemente contra el error, si bien la situacion de los ánimos era lo más á propósito para admitir toda clase de noticias por inverosímiles que fuesen.
Las almas en que se produce el éxtasis ó el sentimiento de las apariencias, tienen el don de contagiar á las demás. La historia de todas las grandes crísis religiosas, prueba que esta especie de visiones se comunican:[100] en una reunion de personas que abundan en las mismas creencias, basta que un individuo de la sociedad afirme ver ú oir alguna cosa sobrenatural, para que los demás lo oigan y vean tambien. Cuando entre los protestantes perseguidos circulaba el rumor de que se habia oido á los ángeles cantar salmos en las ruinas de un templo acabado de destruir, todos iban y oian el mismo salmo;[101] en casos de este género, los más exaltados son los que hacen la ley y regulan el grado de la atmósfera comun. La exaltacion de los unos se comunica á los otros; nadie quiere quedarse atrás, ni creer que es menos favorecido que sus compañeros, y los que no ven nada acaban por creer, ó que son menos inteligentes ó que no se dan cuenta de sus sensaciones, pero de todos modos se guardan muy bien de confesarlo, pues turbarian la fiesta, y contristarian á los demás, poniéndose en mal lugar. Cuando se produce una aparicion en semejantes reuniones, es por lo tanto regular que todos la vean ó acepten, y aquí debemos recordar cuál era el grado de instruccion de los discípulos de Jesús. Ellos creian en los fantasmas;[102] imaginábanse estar rodeados de milagros, y no participan en nada de la ciencia positiva de la época, de esa ciencia que solo existia entonces entre algunos pocos hombres, hijos del país donde habia penetrado la cultura griega. La Palestina era en este concepto uno de los países más atrasados, pero aún lo era más la Galilea, y los discípulos de Jesús podian considerarse como los más ignorantes de todos y á su misma sencillez debieron ser los elegidos. En semejante sociedad, era extraordinariamente fácil propagar la creencia en los hechos maravillosos; una vez emitida la opinion de que habia resucitado Jesús, debieron producirse numerosas visiones, y se produjeron en efecto.
El mismo dia del Domingo, á una hora bastante avanzada de la mañana, y cuando ya habian circulado los relatos de las mujeres, dos discípulos uno de los cuales se llamaba Cleofas, emprendieron un corto viaje á una aldea llamada Emmaus,[103] situada á poca distancia de Jerusalem.[104] Por el camino, hablaban de los últimos acontecimientos, poseidos de tristeza cuando se les apareció un desconocido preguntándoles la causa de su afliccion. «¿Has estado tan poco en Jerusalem, le dijeron, que ignoras lo que acaba de suceder? ¿No has oido hablar de Jesús de Nazaret, que fué un hombre profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y el pueblo? ¿Ignoras por ventura de qué modo los sacerdotes y los grandes le han hecho condenar y crucificar? Nosotros esperábamos que él redimiria á Israel, y ahora ya hace tres dias que todo está acabado. Algunas de nuestras mujeres nos han hecho concebir esta mañana extrañas dudas, pues han ido al sepulcro antes de amanecer y no han encontrado el cuerpo, si bien afirman haber visto ángeles que les han dicho que vivia. Algunos de los nuestros fueron tambien luego al sepulcro y hallaron ser así como las mujeres habian dicho, mas no le vieron á él». El desconocido era un hombre piadoso, que versado en las Escrituras citaba á Moisés y á los profetas, y aquellos tres hombres comenzaron á departir amistosamente. Al aproximarse á Emmaus, y como quiera que el desconocido se mostrase dispuesto á continuar su marcha, suplicáronle los discípulos que se quedara á cenar con ellos. Declinaba el dia y los recuerdos de Cleofas y su compañero iban siendo más dolorosos, porque aquella hora de la noche era la que les inspiraba más melancolía. ¡Cuántas veces habian visto en tales momentos al maestro querido descansar de las tareas del dia y conversar agradablemente con ellos, hablándoles del fruto de la viña que tomaria con ellos en el reino de su Padre! El ademan que hacia al cortar el pan y ofrecérselo, segun la costumbre del jefe de la casa entre los judíos, estaba profundamente grabado en su memoria; poseidos de una dulce tristeza, olvidaban al extranjero y no veian más que á Jesús ofreciéndoles el pan que tenia en la mano. Preocupados con estos recuerdos, no se aperciben que su compañero, que sin duda estaba de prisa, se habia marchado, y cuando hubieron vuelto en sí de sus reflexiones se dijeron: «¿No has experimentado alguna cosa extraña? ¿No recuerdas que nuestro corazon parecia abrasarse cuando nos hablaba ese desconocido?»—«Y las profecías que citaba, prueban bien que el Mesías debe padecer para entrar en su gloria. ¿No le has reconocido tambien al partir el pan?»—«Sí, nuestros ojos estaban cerrados, y se han abierto ahora que acaba de desaparecer.» Los dos discípulos se convencieron de que habian visto á Jesús y volvieron presurosos á Jerusalem.
El grupo principal de los discípulos se hallaba precisamente reunido en aquel momento al rededor de Pedro,[105] y era ya muy entrada la noche. Cada uno comunicaba sus impresiones y lo que habia oido decir, siendo la creencia general que Jesús habia resucitado. Al entrar los dos discípulos, se les habló de lo que se llamaba la vision de Pedro,[106] y ellos por su parte contaron lo que les sucediera en el camino, y como acababan de reconocer al maestro al cortar el pan. Entonces la imaginacion de todos se sobrescitó vivamente: las puertas estaban cerradas porque se temia á los judíos, y como las ciudades Orientales están mudas cual la tumba despues de la puesta del sol, el silencio era cada vez más profundo en el interior y todos los más leves rumores que se producian por casualidad, inducian á creer que iba á realizarse la esperanza de todos. La ilusion crea por lo general su objeto.[107] Durante un momento de silencio, pasó sin duda entre los concurrentes un soplo de la brisa, pero en instantes como aquel, una corriente de aire, una ventana que rechina, un murmullo fortuito, bastan para fijar la creencia de los pueblos por espacio de varios siglos. Al mismo tiempo de soplar la brisa, creyéronse oir ciertos sonidos, y algunos dijeron que acababan de percibir entre aquellos la palabra schalom «felicidad ó paz», que era la frase que por lo general empleaba Jesús para indicar su presencia. No cabia duda; Jesús estaba presente entre la asamblea, aquella era su voz querida, todos la reconocian[108] con tanta más razon cuanto que el maestro les habia dicho que siempre que se reunieran en su nombre se hallaria entre ellos. Quedó pues sentado que el Domingo por la noche, se habia aparecido Jesús á sus discípulos; algunos aseguraban haber observado en sus manos y piés la señal de los clavos, y en su costado la herida de la lanza. Segun una tradicion muy conocida, aquella noche misma fué cuando sus discípulos percibieron el soplo del Espíritu Santo,[109] idea que fué generalmente admitida.