Quizás si el Bautista, á cuya autoridad le hubiera sido difícil sustraerse, hubiese permanecido libre, no rechazara el yugo de los ritos y de las prácticas exteriores, y entónces sin duda hubiera permanecido un oscuro sectario judío, porque el mundo no hubiera abandonado sus prácticas por otras nuevas.
El cristianismo sedujo las almas elevadas por el atractivo de una religion exenta de toda forma exterior. Una vez preso el Bautista, su escuela disminuyó bastante, y Jesús cedió á su propio movimiento. Lo único que debió á Juan fué, en parte, algunas lecciones de predicacion y de accion popular. En efecto, desde este momento predica con más ardor, imponiéndose á la muchedumbre con autoridad[309].
Tambien parece que su permanencia al lado de Juan, no tanto por la accion del Bautista como por la marcha natural de sus propios pensamientos, corroboró mucho sus ideas sobre «el reino del cielo.» Su palabra favorita desde entónces es la «buena nueva», el anuncio que el reino de Dios está cercano[310]. Jesús no será solamente un moralista ingenioso, aspirando á encerrar en algunos aforismos cortos y conmovedores lecciones sublimes; es el revolucionario trascendental, que ensaya regenerar el mundo por sus mismas bases y poner en práctica sobre la tierra el ideal que ha concebido. «Esperar el reino de Dios» será sinónimo de ser discípulo de Jesús[311]. Esta frase de «reino de Dios» ó «reino del cielo», como ya lo hemos dicho, era familiar á los judíos hacia mucho tiempo. Pero Jesús la dió un sentido moral, una importancia social que el mismo autor del Libro de Daniel no se atrevió á entrever en su entusiasmo apocalíptico.
En el mundo, tal como es, el mal impera. Satanás es «el rey de este mundo»[312], y todo le obedece. Los reyes matan á los profetas. Los sacerdotes y los doctores no ejecutan siempre lo que mandan hacer á los otros. Los justos son perseguidos, y el único patrimonio de los buenos es llorar. El «mundo» es así el enemigo de Dios y de sus santos[313]; pero Dios se despertará y vengará á los suyos. El dia se acerca, porque la abominacion llega á su término. Al reino del bien le tocará su vez.
El advenimiento de ese reino del bien será una grande y súbita revolucion. El mundo parecerá trasformado: siendo malo el estado actual, para representarse el porvenir, basta sólo con idear, poco más ó ménos, lo contrario de lo que existe. Los primeros serán los últimos[314]. Un nuevo órden regirá á la humanidad. Al presente el bien y el mal están mezclados como la miés y la cizaña en un campo. Su dueño los deja crecer á la vez; pero la hora de la separacion violenta llegará[315]. El reino de Dios será como una gran redada, que juntos trae el pescado bueno y malo: el bueno se deposita en los cestos, desembarazándose del resto[316].
El gérmen de esa gran revolucion será desde luégo desconocido. Será como la simiente de la mostaza, la más pequeña de las simientes, pero que una vez arrojada en tierra, se convierte en árbol, á la sombra de cuyas hojas vienen los pájaros á descansar[317]; ó bien como la levadura, que unida á la masa, hace que toda fermente[318]. Una serie de parábolas, muchas veces oscuras, estaba destinada á manifestar la sorpresa de ese súbito advenimiento, sus injusticias aparentes, su carácter inevitable y definitivo[319].
¿Quién será el que establezca ese reino de Dios? Recordemos que la primera idea de Jesús, idea tan profunda en él, que probablemente no reconoció ningun orígen, fué que él era el hijo de Dios, el íntimo de su padre, el ejecutor de su voluntad. La respuesta de Jesús á tal cuestion no podia ser dudosa. La persuasion de que él haria reinar á Dios se apoderó de su espíritu; se consideró como el reformador universal de una manera absoluta. El cielo, la tierra, la naturaleza en todas sus partes, la locura, la enfermedad y la muerte sólo son instrumentos para él. En su heróico acceso de voluntad, se cree todopoderoso. Si el mundo no se aviene á esta suprema transformacion, el mundo será pulverizado, purificado por la llama y el aliento de Dios. Se creará un nuevo cielo, y el mundo entero será poblado de ángeles del Señor[320].
Una revolucion radical[321], abarcando hasta la misma naturaleza, tal fué, pues, el pensamiento fundamental de Jesús. Desde entónces, sin duda, habia renunciado á la política; el ejemplo de Júdas el Gaulonita le habia demostrado la inutilidad de las sediciones populares. Jamás pensó en sublevarse contra los romanos y los tetrarcas. El principio anárquico y desenfrenado del Gaulonita no era el suyo. Su respeto á los poderes establecidos, sarcástico en el fondo, era completo en la forma. Pagaba el tributo al César por no llamar la atencion. La libertad y el derecho no son de este mundo: ¿por qué, pues, turbar su vida por vanas susceptibilidades?
Despreciando el mundo y convencido de que el presente no merece que se tenga zozobra por él, se refugió en su reino ideal: fundó esa gran doctrina del desprecio trascendente[322], verdadera doctrina de la libertad de las almas, que es la sola que proporciona la paz. Pero aún no habia dicho: «Mi reino no es de este mundo.» Numerosas tinieblas se presentaban á sus más rectas miras. Algunas veces extrañas tentaciones cruzaban por su mente. En el desierto de Judea, Satanás le habia brindado con el reino de la tierra. No conociendo el poder del imperio romano, podia, con el fondo de entusiasmo que existia en Judea y que poco tiempo despues vino á convertirse en una terrible resistencia militar; podia, deciamos, abrigar la esperanza de fundar un reino por la audacia y el número de sus partidarios. Muchas veces, quizás, asaltó su imaginacion la cuestion suprema: ¿El reino de Dios se realizará por la fuerza ó por la dulzura, por la rebelion ó por la paciencia? Cuentan que un dia las sencillas gentes de Galilea quisieron levantarle y hacerle rey[323].
Jesús huyó á la montaña, donde permaneció algun tiempo solo. Su privilegiada naturaleza le preservó del error que hubiera hecho de él un perturbador ó un jefe de rebeldes, un Theudas ó un Barkokebas.