La revolucion que quiso hacer fué siempre una revolucion moral; pero para ello, no era llegado el caso de emplear en su ejecucion los ángeles y la trompeta final. Queria proceder sobre los hombres y por los mismos hombres. Un visionario que no hubiera tenido otra idea que la proximidad del juicio final, no se habria cuidado de mejorar al hombre y no habria podido fundar la mejor enseñanza moral que la humanidad ha recibido. Por su pensamiento cruzaba bastante de vago, y un sentimiento noble, más bien que un designio determinado, le guiaba en la obra sublime realizada á causa de él, aunque de otra manera bien diferente á la que él se imaginaba.
Ciertamente que era el reino de Dios, quiero decir el reino del espíritu, el que fundaba en efecto; y si Jesús, desde el seno de su Padre, ve fructificar su obra en la historia, puede decir en verdad: Hé ahí lo que yo he querido. Lo que Jesús fundó, lo que eternamente quedará de él, salvo las imperfecciones que lleva consigo toda cosa realizada por la humanidad, es la doctrina de la libertad de las almas. Ya la Grecia habia tenido acerca de esto magníficos pensamientos[324]. Diferentes estóicos habian hallado el medio de ser libres bajo la dominacion de un tirano. Pero, en general, el mundo antiguo se habia figurado la libertad como sujeta á ciertas formas políticas: los más libres se llamaban Harmodio y Aristógiton, Bruto y Casio. El verdadero cristiano está más libre de toda traba: aquí abajo es un desterrado: ¿qué le importa el dueño pasajero de esta tierra, que no es su patria? La libertad para él es la verdad[325]. Jesús no conocia bastante la historia para comprender cuán á tiempo llegaba semejante doctrina, en un momento en que la libertad republicana espiraba y en que las pequeñas constituciones municipales de la antigüedad fallecian bajo la unidad del imperio romano. Pero su admirable buen sentido y el instinto verdaderamente profético que tenía de su mision, le guiaron en esto con admirable seguridad. Por esta frase: «Dad al César lo que es del César y á Dios lo que es de Dios», creó una cosa extraña á la política, un refugio para las almas en medio del imperio de la fuerza bruta. Seguramente que tal doctrina tenía sus peligros. Establecer en principio que la señal para reconocer el poder legítimo es mirar la moneda, proclamar que el hombre perfecto paga el impuesto por desprecio y sin discutir, era destruir la república á la manera antigua y favorecer todas las tiranías. El cristianismo, en este sentido, ha contribuido no poco á debilitar el sentimiento de los deberes del ciudadano y á exponer al mundo al poder absoluto de los hechos consumados. Pero al constituir una numerosa asociacion libre, que durante trescientos años supo vivir sin política, el cristianismo compensó ámpliamente el perjuicio que ocasionara á las virtudes cívicas. El poder del Estado quedó reducido á las cosas de la tierra; libertó el espíritu, ó al ménos la terrible segur de la omnipotencia romana quedó rota para siempre.
Sobre todo, el hombre que se halla preocupado con los deberes de la vida pública, no dispensa á los otros que pongan de su parte algo por cima de las querellas de partido. Condena sobremanera á los que subordinan á las cuestiones sociales las políticas, y siente por éstas una especie de indiferencia; y en un sentido tiene razon, porque toda direccion exclusiva es perjudicial al buen gobierno de las cosas humanas. Pero los partidos, ¿qué progreso han hecho experimentar á la moralidad general de nuestra especie? Si Jesús, en lugar de fundar su reino celeste, hubiera ido á Roma á conspirar contra Tiberio, ó á echar de ménos á Germánico, ¿en qué hubiera venido á parar el mundo? Republicano austero, patriota celoso, no hubiera detenido el gran curso de los negocios de su siglo, miéntras que, declarando insignificante la política, reveló al mundo esta verdad: que la patria no es el todo, y que el hombre es anterior y superior al ciudadano.
Nuestros principios de la ciencia positiva se dan por agraviados de la parte de ensueños que encerraba el programa de Jesús. Nosotros conocemos la historia del globo; las revoluciones cósmicas como la que esperaba Jesús no se producen sino por causas geológicas ó astronómicas, de las que no se ha podido jamás probar el vínculo con las cosas morales. Pero para ser justo con los grandes seres, no es preciso examinar minuciosamente las preocupaciones de que han podido participar. Colon descubrió la América partiendo de ideas sumamente erróneas; Newton creia su loca explicacion del Apocalípsis tan cierta como su sistema acerca del mundo. ¿Podrán colocar una mediana capacidad por cima de un Francisco de Asís, de un San Bernardo, de una Juana de Arco, de un Lutero, por hallarse exenta de los errores que éstos profesaron? ¿Se querrá medir á los hombres por la rectitud de sus ideas en física y por el conocimiento más ó ménos exacto que poseen del verdadero sistema del mundo? Comprendamos mejor la posicion de Jesús y lo que fué causa de su poder. El deismo del siglo diez y ocho y un cierto protestantismo, nos han acostumbrado á considerar al fundador de la fe cristiana como un gran moralista, un bienhechor de la humanidad. No vemos en el evangelio sino buenas máximas, y corremos un prudente velo sobre el extraño estado intelectual donde tuvo orígen. Tambien hay personas que sienten que la revolucion francesa se separase más de una vez de los principios y que no fuese realizada por hombres sabios y prudentes. No impongamos nuestros pequeños programas de hombres comunes y sensatos á esos extraordinarios movimientos tan elevados que están muy por cima de nuestra talla. Continuemos admirando «la moral del evangelio»; suprimamos en nuestras enseñanzas religiosas la quimera que le dió el sér; pero no creamos que con las simples ideas de dicha y de moralidad individual se conmueve el mundo. La idea de Jesús fué más profunda; fué la idea más revolucionaria que jamás pudo concebir cerebro humano; debe considerarse en general, y no con esas débiles supresiones que justamente aminoran lo que la ha hecho eficaz para la regeneracion de la humanidad.
En el fondo, lo ideal es siempre una utopia. Cuando pretendemos hoy dia representar el Cristo de la nueva conciencia, el consolador, el juez de los tiempos modernos, ¿qué es lo que hacemos? Lo mismo que hizo Jesús hace mil ochocientos treinta años. Suponemos las condiciones del mundo real muy diferentes de las que son; representamos un libertador moral rompiendo sin armas las cadenas del esclavo, aliviando la condicion del proletario, librando las naciones oprimidas. No olvidemos que esto es suponer el mundo trocado, modificados los climas de la Virginia y el Congo, cambiada la sangre y la raza de millones de hombres, nuestras complicaciones sociales llevadas á una sencillez quimérica, las estratificaciones políticas de la Europa separadas del órden natural. La «reforma de todas las cosas»[326] que Jesús queria no era más difícil. Ese mundo nuevo, ese cielo nuevo, esa Jerusalen nueva que baja del cielo; este grito: «¡Hé aquí que renuevo todas las cosas!»[327] son rasgos comunes á todos los reformadores. Siempre el contraste que resulta de lo ideal con la triste realidad producirá en la humanidad esas resistencias contra la fria razon que las inteligencias limitadas tratan de locura, hasta el dia en que triunfan y en que los mismos que las han combatido son los primeros en reconocer su poderosa razon de ser.
No se tratará de negar que existió una contradiccion entre la creencia de un próximo fin del mundo y la moral habitual de Jesús, concebida en vista de un estado sólido de la humanidad, bastante análogo al que en efecto existe[328]. Esa contradiccion fué justamente la que consolidó la fortuna de su obra. El milenario sólo no hubiera hecho nada durable; el moralista aislado no hubiera hecho nada robusto. El milenarismo dió el impulso; la moral aseguró el porvenir. Así, pues, el cristianismo reunió las dos condiciones de éxito completo en este mundo, un punto de partida revolucionario y la posibilidad de existir. Todo lo que se hace para lograr un éxito seguro debe corresponder á esas dos necesidades; porque el mundo quiere á la vez variar y durar. Jesús, al mismo tiempo que anunciaba un trastorno sin igual en las cosas humanas, proclamaba los principios, sobre los cuales reposa la sociedad hace mil ochocientos años.
Lo que en efecto distingue á Jesús de los agitadores, no sólo de su tiempo, sino de los de todos los siglos, es su perfecto idealismo. Jesús, hasta cierto punto, es un anarquista, porque no tiene idea alguna del gobierno civil. Este gobierno le parece pura y sencillamente un abuso. Habla de él en términos vagos y como una persona del pueblo que no tiene ninguna nocion de la política. Todo magistrado le parece un enemigo de los hombres de Dios; anuncia á sus discípulos que tendrán altercados con los agentes de la fuerza pública, sin pensar ni por asomo que por ello habria por qué abochornarse[329]. Pero nunca la idea de sustituirse á los fuertes y ricos se apodera de él. Quiere confundir la riqueza y el poder, pero no apoderarse de ellos. Predice á sus discípulos persecuciones y suplicios[330]; pero ni una vez siquiera deja entrever el pensamiento de una resistencia violenta. La idea de ser todopoderoso por el sufrimiento, y de que se triunfa de la fuerza por la pureza del corazon, es ciertamente una idea propia de Jesús. Jesús no es un espiritualista, porque todo conduce en él á una palpable realidad; no tiene ni la más ligera nocion de un alma separada del cuerpo. Pero es un completo idealista; la materia sólo es para él la señal de la idea, y lo real la expresion cierta de aquello que no se ve.
¿Á quién dirigirse, con quién poder contar para fundar el reino de Dios? El pensamiento de Jesús no vaciló en esto jamás. Lo que para los hombres es elevado, es abominable á los ojos de Dios[331]. Los fundadores del reino de Dios serán los cándidos. No los ricos, ni los doctores, ni los sacerdotes; sí las mujeres, los hombres del pueblo, los humildes, los niños[332]. La gran señal del Mesías es «la buena nueva» anunciada á los pobres[333]. La naturaleza idílica y dulce de Jesús se prestaba á ello maravillosamente. Su ensueño consistia en una revolucion social en que los rangos serán invertidos, quedando humillado cuanto en este mundo es oficial y grande. El mundo no le creerá; el mundo le condenará á muerte. Pero sus discípulos no pertenecerán al mundo[334]; ellos formarán un pequeño rebaño de humildes y sencillos; rebaño que por su mansedumbre llegará á conseguir el triunfo. El sentimiento que ha hecho del «mundano» la antítesis del «cristiano» tiene en las ideas del maestro plena justificacion[335].
CAPÍTULO VIII
JESÚS EN CAPHARNAHUM