Poseido de una idea cada vez más imperiosa y exclusiva, Jesús marchará en adelante con una especie de impasibilidad fatal por la senda que su admirable genio y las circunstancias extraordinarias en que vivia le trazaran. Hasta entónces no habia hecho sino comunicar sus pensamientos al escaso número de personas atraidas secretamente hácia él; su enseñanza será en lo sucesivo pública y continuada. Jesús contaba entónces treinta años, poco más ó ménos[336]. Sin duda el pequeño grupo de oyentes que le acompañaron cerca de Juan se habia ya aumentado, y tal vez se le habian unido algunos discípulos del Bautista[337]. Contando con este primer núcleo de iglesia, anuncia resueltamente la «buena nueva del reino de Dios», tan pronto como regresa á Galilea. Ese reino iba á venir, y era él, Jesús, aquel «Hijo del hombre» que Daniel apercibió en su vision como el ministro divino de la última y suprema revelacion.

Es menester recordar aquí que las ideas judáicas, opuestas al arte y á la mitología, consideraban la simple forma del hombre como superior á la de los cherubes y de los animales fantásticos que la imaginacion del pueblo, á causa de la influencia asiria, suponia en torno de la divina majestad. En Ezequiel[338], el gran revelador de las visiones proféticas, el sér que se halla sentado en el trono supremo, dominando los monstruos del carro misterioso, tiene ya la figura de un hombre. En el Libro de Daniel, en medio de la vision de los imperios representados por animales, y cuando principia el gran juicio y los libros se hallan abiertos, un sér «parecido á un hijo del hombre» se adelanta hácia el Antiquior de los dias, quien le confiere el poder de juzgar el mundo y de gobernarle eternamente[339]. En las lenguas semíticas, y en particular en los dialectos arameos, hijo del hombre no es sino un simple sinónimo de hombre. Pero aquel pasaje capital de Daniel ejerció gran influencia en los ánimos; la palabra hijo del hombre llegó á ser, al ménos para ciertas escuelas[340], uno de los títulos del Mesías, considerado como juez del mundo y como rey de la nueva era que iba á comenzar[341]. Al aplicársele Jesús á sí mismo no hacia sino proclamar su mesiazgo y afirmar la próxima catástrofe en que debia figurar como juez investido de los plenos poderes delegados por el Antiquior de los dias[342].

El éxito de la palabra del nuevo profeta fué entónces decisivo. Un grupo de hombres y mujeres, con el alma llena de candor juvenil y de ingenua inocencia, se adhieren á él y le dicen: «Tú eres el Mesías.» Y como el Mesías debia ser hijo de David, le concedieron naturalmente ese segundo título, que en rigor no era sino sinónimo del primero. Jesús le aceptó con gusto, aunque, á decir verdad, érale algo embarazoso á causa de lo humilde de su nacimiento. Pero el título que él preferia era el de «Hijo del hombre», título modesto en apariencia, aunque muy importante en el fondo, puesto que se relacionaba con las esperanzas mesiánicas. Servíale esta palabra para designarse á sí mismo[343], y tanto le servia, que, en su lenguaje, «el Hijo del hombre» era equivalente al pronombre «yo», del cual evitaba hacer uso. Pero nunca le apostrofaban de esa manera, porque, sin duda, el nombre de que se trata no deberia convenirle plenamente sino el dia de su futura aparicion.

En aquella época de su vida, el centro de accion de Jesús fué la pequeña ciudad de Capharnahum, situada á la orilla del lago de Genesareth. El nombre de Capharnahum, en el cual entra la palabra caphar, que quiere decir aldea, parece designar un burgo del antiguo sistema, en oposicion á las grandes ciudades, como Tiberiade[344], construidas al estilo romano. De todos modos, este nombre tenía entónces tan poca importancia, que Josefo, en un pasaje de sus escritos, le toma por el de una fuente cuya celebridad era sin duda mayor que la del pueblo situado cerca de ella. Capharnahum, así como Nazareth, carecia de renombre y no participó en nada del movimiento profano que los Heródes habian favorecido. Jesús tomó cariño á aquella poblacion, llegando á considerarla como una segunda patria[345]. Al poco tiempo de su regreso, dirigió sobre Nazareth una tentativa que no tuvo éxito ninguno[346]. Como dice con admirable candor uno de sus biógrafos, no pudo hacer allí ningun milagro[347]. Indudablemente perjudicaba á su autoridad el conocimiento que se tenía de su familia, la cual no era muy considerada. ¿Cómo habian de tomar por hijo de David á aquel cuyos hermanos, hermanas y cuñados veian todos los dias? Además, debe notarse que su familia se le opuso vivamente, rehusando creer en su mision[348]. Los nazarenos se le mostraron todavía más agresivos, puesto que, segun dicen, quisieron matarle, precipitándole de una cima escarpada[349]. Jesús hizo notar con mucho ingenio que aquella aventura era propia de todos los grandes hombres, y se aplicó el proverbio de «no hay profeta sin honra, sino en su patria y en su propia casa.»

Pero no le desanimó aquel contratiempo; volvió á Capharnahum[350], en cuyo punto encontraba disposiciones mucho más benévolas, y desde allí organizó una serie de misiones hácia las aldeas circunvecinas. Los habitantes de aquel hermoso y fértil país no se reunian sino el sábado, cuyo dia eligió Jesús para su enseñanza. Cada ciudad tenía entónces su sinagoga ó lugar de reuniones, el cual era una sala rectangular, no muy espaciosa, precedida de un pórtico, decorado segun el gusto griego. Careciendo los judíos de arquitectura propia, no trataron nunca de construir aquellos edificios con arreglo á un estilo original. Todavía existen en Galilea los restos de algunas antiguas sinagogas[351]: todas ellas están construidas con buenos y sólidos materiales; pero su estilo es bastante mezquino, á causa de esa profusion de ornamentos vegetales, de follajes, de espirales, que caracteriza los monumentos judáicos[352]. Los accesorios del interior consistian en algunos bancos, en una tribuna ó púlpito para las lecturas públicas y en un armario destinado á encerrar los sagrados rollos[353]. En aquellos edificios, que nada tenian de templo, se reconcentraba toda la vida judía. En el dia del sábado se reunia allí todo el mundo para hacer oracion y escuchar la lectura de la Ley y de los profetas. Como quiera que en el judaismo, á excepcion de Jerusalen, no habia clero propiamente dicho, las lecturas del dia (parascha y haphtara) se desempeñaban en las sinagogas por el primero que deseaba hacerlas, quien añadia un midrasch ó comentario de cosecha propia, en el cual exponia el lector sus ideas particulares[354]. Aquél fué el orígen de la «homilía», cuyo cumplido modelo encontramos en los trataditos de Filon. El pueblo tenía derecho de oponer objeciones á los argumentos del lector, y por consiguiente, la reunion degeneraba en una especie de asamblea popular. En ella habia un presidente, «antiquiores», un hazzan, lector ó ministro titular, «agentes» ó secretarios mensajeros encargados de mantener la correspondencia entre dos ó más sinagogas, y por último, un schmmasch ó sacristan[355]. Las sinagogas venian á ser de este modo pequeñas repúblicas independientes, cuya jurisdiccion era muy extensa. Y á la manera de las corporaciones municipales, que funcionaron hasta una época muy avanzada del imperio romano, promulgaban decretos honoríficos, votaban resoluciones, que tenian fuerza de ley para la comunidad, y pronunciaban penas corporales, cuyo ejecutor era el hazzan ordinariamente[356].

Á pesar de los rigores arbitrarios que entrañaba, semejante institucion no podia ménos de dar lugar á discusiones animadísimas, máxime si se tiene en cuenta la extremada actividad de espíritu que siempre caracterizó al pueblo judío. Gracias á las sinagogas, el judaismo pudo atravesar intacto diez y ocho siglos de persecucion. Ellas eran otros tantos mundos en pequeño, donde se conservaba el espíritu nacional y donde las luchas intestinas hallaban un terreno perfectamente preparado. Las discusiones eran allí muy apasionadas, y no ménos vivas las disputas de preeminencia. El premio de una elevada piedad, ó el privilegio que más se codiciaba á la riqueza, consistia en tener un puesto de honor en primera fila[357]. Por otra parte, la libertad de poder constituirse en lector y comentador del texto sagrado facilitaba maravillosamente la propagacion de nuevas doctrinas. Ella fué una de las palancas más poderosas de Jesús y el medio habitual de que se valió para fundar su enseñanza[358]. El profeta de Nazareth entraba en la sinagoga y subia á la cátedra, el hazzan le daba el libro, desarrollábale, y despues de leer la parascha ó la haptara del dia, pasaba á deducir de aquella lectura ciertos principios conformes con sus ideas[359]. Como en Galilea habia muy pocos fariseos, las réplicas que se le daban no tenian ese grado de pasion ni ese tono de acritud que en otras partes, en Jerusalen, por ejemplo, le habrian detenido desde sus primeros pasos. Aquellos buenos galileos no habian oido jamás una palabra tan en armonía con su risueña imaginacion[360]; admiraban al jóven profeta, creíanle, parecíales elocuente y encontraban sus razonamientos dignos de fe. Jesús resolvia sin desconcertarse las objeciones más difíciles, y el atractivo de su palabra y de su persona cautivaba á aquellos pueblos sencillos, no contaminados por el pedantismo de los doctores.

La autoridad del jóven maestro crecia de dia en dia, y como es natural, á medida que aumentaba su crédito para con los otros, más confianza tenía en sí mismo. El círculo de su accion era entónces muy limitado:—reducíase á los alrededores del lago de Tiberiade, y áun en aquella comarca habia una region que preferia á las demás. El lago tiene cinco ó seis leguas de longitud por tres ó cuatro de anchura, y aunque ofrece la apariencia de un óvalo bastante perfecto, forma desde Tiberiade hasta la entrada del Jordan una especie de golfo cuya curva mide cerca de tres leguas. Tal fué el campo donde la semilla arrojada por Jesús halló una tierra propicia á un rápido crecimiento. Recorrámosle paso á paso, y tratemos de rasgar el sudario de aridez y de luto en que le ha envuelto el demonio del islamismo.

Al salir de Tiberiade, lo primero que se ofrece á la vista son rocas escarpadas, una montaña que parece derrumbarse en el mar:—luégo, las montañas se separan y se abre una llanura (El-Ghueir) casi al nivel del lago; es un bosque delicioso de elevados arbustos que fecundan y atraviesan en todos sentidos las abundantes aguas que salen de un gran estanque circular de construccion antigua (Ain-Medawara). Á la entrada de la llanura, ó sea del país de Genesareth propiamente dicho, se encuentra la miserable aldea de Medjdel. Al otro extremo (siguiendo siempre la orilla del mar) se hallan el sitio de una poblacion (Khan-Minyeh), hermosas aguas y un buen camino estrecho y profundo, tallado en la roca viva, camino que indudablemente recorrió Jesús muy á menudo y que sirve de paso entre la llanura de Genesareth y la escarpa septentrional del lago. Á cosa de un cuarto de legua se atraviesa un arroyo de agua salada (Ain-Tabiga) que no léjos del lago mana de la tierra por anchas aberturas y que va á perderse en medio de espesos matorrales. Por último, á cuarenta minutos más allá, sobre la árida cuesta que se extiende desde Ain-Tabiga á la desembocadura del Jordan, se ven algunas cabañas y un conjunto de ruinas bastante monumentales llamadas Tell-Hum.

Cinco pequeñas ciudades, cuyos nombres permanecerán en la memoria del género humano tal vez más tiempo que los de Roma y Aténas, se hallaban en tiempo de Jesús diseminadas por el territorio comprendido entre la aldea de Medjdel y Tell-Hum. De aquellas cinco ciudades—Magdala, Dalmanutha, Capharnahum, Bethsaide y Chorazin[361]—solamente la primera se encuentra hoy dia de un modo positivo: es indudable que el nombre y el sitio de la repugnante aldea de Medjdel corresponden al burgo donde nació la más fiel amiga de Jesús[362]. Dalmanutha se hallaba probablemente cerca de allí[363], y no es imposible que se alzase Chorazin en el mismo territorio hácia la parte del norte[364]. En cuanto á Bethsaide y á Capharnahum, difícil es averiguar si estuvieron en Tell-Hum, Am-et-Tin, Khan-Minyeh ó en Ain-Medawara[365], y cuanto respecto á ello se asegure es aventurado. No parece sino que, así en geografía como en historia, un designio misterioso se complugo en borrar los vestigios del gran fundador. Creo que en aquel suelo, profundamente devastado, nunca podrá conseguirse el fijar con exactitud los sitios en que la humanidad desearia besar la huella que dejaron sus piés.

Todo lo que hoy nos resta de la reducida comarca de tres ó cuatro leguas en que Jesús fundó su obra divina, se reduce al lago, al horizonte, á los arbustos y á algunas pobres flores, resto de la antigua fertilidad. Los árboles han desaparecido completamente. Y en aquel país cuya vegetacion era tan rica otras veces, que á Josefo le parecia casi milagrosa; en aquel país donde la naturaleza, segun el historiador citado, habia reunido las plantas de los climas frios, las producciones de las zonas ardientes y los árboles de las latitudes templadas, cargados todo el año de flores y de frutos; en aquel país que ántes parecia un eden, ahora se calcula con veinticuatro horas de anticipacion el sitio donde podrá encontrar el viajero un asiento de césped y un árbol cuya sombra proteja su desayuno. El lago se ha convertido en un desierto. Una sola barca, medio desvencijada, surca hoy aquellas linfas silenciosas, tan llenas de vida y de alegría en otro tiempo. Sólo las aguas son todavía puras y trasparentes. Las riberas, formadas de rocas ó de menudos guijarros, se parecen más bien á las de un mar en miniatura que á las de un lago como el de Huleh: son limpias, nada fangosas, y el cadencioso y ligero movimiento de las olas las bate siempre en el mismo sitio. Vense acá y allá pequeños promontorios cubiertos de laureles de Alejandría, de tamariscos y de espinosos alcaparros: próximos á la salida del Jordan, junto á Tiberiade y en la orilla formada por la llanura de Genesareth, hay dos sitios poblados de embriagadores jardines, contra cuya alfombra de yerbas y de flores va á espirar el apacible oleaje de las aguas. El arroyo de Ain-Tabiga forma un pequeño estuario lleno de lindísimas conchas. Nubes de pájaros nadadores cubren el lago. El horizonte ofusca la vista á fuerza de ser luminoso. Las aguas, profundamente encajonadas entre rocas abrasadoras, son de un hermoso color azul celeste, y cuando se las observa desde la cumbre de las montañas de Safed, diríase que ocupan el fondo de una copa de oro. Al norte los barrancos nevosos del Hermon destacan sus líneas blancas sobre el cielo; al oeste, las elevadas y undosas mesetas de la Gaulonítida y de la Perea, siempre áridas y envueltas en una atmósfera de fuego, forman una montaña compacta, ó por mejor decir, un inmenso y altísimo terraplen que á partir de Cesárea de Filipo se prolonga indefinidamente hácia el sur.