—A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún consuelo...
—Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que puede prestarme.
Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.
Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.
Su voz tenía algo de grave y solemne.
En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie había yo observado hasta entonces.
Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.
Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.
A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se contraían por una sonrisa irónica e infernal.
—Lo que voy a revelar a usted—dijo—tal vez ofusque su razón. Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir, quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que me rodea...