Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después, pasándose una mano por la frente, continuó:

—«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante, en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más sombrío.

»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.

»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.

»¡Ah!—decíame con frecuencia,—¡si yo pudiese al menos alcanzar un nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria, y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!

»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos momentos...»

Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.

—No es nada—respondí.

Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que había hablado el hostelero la noche anterior.

El señor de C... prosiguió en esta forma: