«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi existencia, y exclamé:

—»Daría diez años de vida por figurar entre los primeros literatos.

—»¡Diez años—repuso Yago fríamente—es mucho! Es pagar muy cara una cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.

»Inútilmente trataría de pintar a usted mi asombro al oír su contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me encogí de hombros sonriéndome.

»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a París.

»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco tiempo introducido en los círculos literarios.

»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo admiraba, joven...»

Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.

—¿No es usted, pues, el duque de C...?

—No—repuso fríamente.