Por mi parte, pensé:
—¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert? ¿Será Voltaire?
El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y desdeñosa, y continuó su narración:
—«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:
—»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la carrera de las armas. ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.
—»Aceptado—replicó Yago.—No se olvide usted de que me pertenecen.»
Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:
—«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»
Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:
—¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny, Richelieu, el mariscal Saxe?...