Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:
—«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que hay real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques, castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»
Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:
—«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en lugar de aquél.—¿Qué tengo?—le pregunté.
—»Señor, nada que no sea natural—respondiome,—que la hora se aproxima, que llega el instante...
—»¿Cuál?
—»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.
—»¡Yago!—exclamé con terror,—¿hablas formalmente?
—»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo de que usted será privado se agregará al mío.
—¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?