—»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien también concedí mi protección.

—»Calla, calla—le dije.—Eso es imposible... mientes... me estás engañando.

—»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más que media hora de vida.

—»¿Te burlas de mí?

—»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.

»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.

»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y exclamé:

—»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.

—»No puede ser—me contestó;—sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder pagar dos horas de existencia.

»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.