EL MENSAJERO
Su propio carro ha sido la causa de su muerte, y las imprecaciones que pronunciaste pidiendo su cumplimiento a tu padre, señor de los mares.
TESEO
¡Oh dioses, y tú, Poseidón! Seguramente eres mi padre, pues si no lo fueras, no hubieras oído mis imprecaciones. Di cómo ha muerto, cómo lo hirió la espada de la justicia por haberme deshonrado.
EL MENSAJERO
Peinábamos nosotros llorando las crines de sus caballos, junto a las riberas que el mar lava con sus olas, por haber venido cierto mensajero diciendo que Hipólito no pisaría más esta tierra, y que lo habías condenado a triste destierro. Él mismo llegó después confirmando tan lamentable nueva, y le seguían muchos de sus amigos y compañeros. Cuando sus llantos cesaron, dijo: «¿Por qué lloro? Es preciso obedecer las órdenes de mi padre. Esclavos, uncid los caballos al yugo de los carros; Atenas murió ya para mí». Todos, pues, nos apresuramos, y en un momento llevamos a nuestro dueño los caballos enjaezados. Fijó las riendas en el extremo delantero del carro, y aseguró sus pies en los borceguíes adheridos a él.[139] Primero suplicó a los dioses de esta manera, levantando al cielo las manos: «Si soy criminal, ¡oh Zeus!, que no viva más, y que mi padre conozca que ha sido injusto conmigo, ya después de mi muerte, ya mientras vea la luz». Y mientras tanto, cogió el látigo y aguijó los caballos; nosotros, sus servidores, seguíamos cerca del carro a nuestro dueño, que se encaminó en derechura a Argos y Epidauro. Poco después que entramos en lugares desiertos, más allá de esta tierra,[140] y llegamos a la orilla del mar Sarónico, se oyó cierto ruido horrible, como si fuera el de un trueno subterráneo de Zeus, que nos hizo temblar a todos; los caballos levantaron la cabeza y enderezaron las orejas; nosotros teníamos gran miedo, no sabiendo cuál fuese la causa que lo producía; pero habiendo mirado a la orilla del alborotado mar, vimos una espantosa ola que amenazaba al cielo, hasta el punto de ocultarnos la ribera Sarónica, y el istmo y el promontorio de Esculapio. Hinchándose más después, y derramando en torno mucha espuma, y bramando horriblemente, se estrelló en la orilla, en donde estaba la cuadriga, y del seno de la tempestad y de las agitadas olas salió un toro, monstruo fiero, con cuyos mugidos resonaba pavorosamente la tierra; a todos los que presenciamos este espectáculo parecía espantoso, y no podíamos mirarlo sin estremecernos. El miedo se apoderó de los caballos, y mi señor, muy diestro en manejarlos, cogió en sus manos las riendas y tiró hacia atrás, como el marinero hace con el remo, y con ellas ciñó su cuerpo; pero los caballos, tascando el bocado endurecido al fuego, arrancaron con ímpetu, sin cuidarse de la mano que los regía, ni e las riendas, ni de los carros bien labrados; siempre que en tierra llana, y sin soltar las riendas, cambiaba su carrera, aparecía el toro delante, como para acometer al carro, e infundía en los caballos invencible miedo; si con furia lo llevaban contra los peñascos, seguía acercándose en silencio, hasta que le embistió y volcó, rompiendo las ruedas contra una peña. Todo fue entonces confusión; los rayos de las ruedas y los clavos de los ejes saltaron en todas direcciones. El desventurado, sujeto por las riendas, se estrelló la cabeza contra los peñascos y se magulló el cuerpo, exclamando con la mayor amargura: «Deteneos, caballos alimentados en mis pesebres; no me matéis. ¡Oh, cruel maldición de mi padre! ¿Quién quiere socorrerme y salvar a un hombre bueno si los hay?». Muchos que lo deseábamos, con tardo paso le seguíamos de lejos. Al fin, desenredándose de las riendas, cayó no sé de qué modo, y le quedan pocos instantes de vida, y los caballos y el malhadado y milagroso toro se escondieron no sé en qué lugar montañoso. Yo soy, en verdad, un siervo de tu palacio, ¡oh rey!, pero jamás podré creer que tu hijo ha delinquido, aunque se ahorquen todas las mujeres y escriban tantas tablillas cuantas pueden hacerse de las selvas del Ida,[141] seguro como estoy de su inocencia.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! Consumáronse nuevos desastres, e inevitable es el destino.
TESEO
Gozo me infundieron tus palabras por el odio que tengo a la víctima de estos males; venerando ahora a los dioses, y recordando que es mi hijo, ni sus desdichas me placen ni me afligen.