¡Ay de mí! Acaeció lo que esperaba, lo que temía hace ya tiempo, causa de mis lágrimas incesantes. Pero ¿qué certamen, qué discursos precedieron al decreto de los argivos que nos condena a muerte? Di, ¡oh anciano!, si exhalaremos el alma apedreados, o por medio del hierro, víctimas ambos de una misma desventura.
EL MENSAJERO
Casualmente yo había venido del campo deseando conocer la decisión de este asunto, que os interesaba; porque siempre tuve afecto a tu padre, y tu familia me mantuvo, pobre, es verdad, aunque fiel a mis amigos. Vi al pueblo que se encaminaba a la colina,[282] en donde dicen que Dánao lo convocó primero para resolver su litigio con Egipto. Ya en la asamblea pregunté a uno de los ciudadanos: «¿Qué ocurre en Argos? ¿Alguna nueva de enemigos alborota así la ciudad de las Danaides?». Él me respondió: «¿No ves a Orestes, que llegó hace poco para sufrir su juicio capital?». Entonces presencié un espectáculo inesperado que nunca hubiera creído; a saber: a Pílades y a Orestes, que llegaban juntos, triste este y devorado por su mal, como un hermano aquel, compartiendo los dolores de su amigo, y asistiéndolo en sus males, y cuidándolo como a un hijo. Después que todos se reunieron, levantose el heraldo y dijo: «¿Queréis declarar si Orestes debe o no morir, por haber asesinado a su madre?». Entonces Taltibio, que con tu padre combatió contra los troyanos, pronunció palabras ambiguas, como quien se doblega ante los poderosos, celebrando en verdad a Agamenón, pero sin alabar a tu hermano, y haciendo malévolas alusiones a la ley nada buena que se establecería contra los padres, y mirando siempre a los amigos de Egisto con ojos expresivos. Tales son los heraldos: sonríen siempre a los felices, y son amigos de los que más pueden, y de los magistrados de las ciudades. Luego habló el rey Diomedes,[283] oponiéndose a tu muerte y a la de tu hermano, y defendiendo por piedad la pena del destierro. Aclamáronlo algunos, porque, en su concepto, decía la verdad; otros no lo alababan. Después se levantó un hombre de lengua desenfrenada, temible por su audacia, argivo no verdadero sino intruso,[284] confiado en el tumulto, y a quien su osadía, no su saber, inspiraba, capaz de persuadirle todo lo malo; porque cuando elocuente en sus discursos, aunque de ideas funestas, convence al vulgo, gran daño resulta a la ciudad. Al contrario, los que solo atienden a su bien, son siempre a la larga útiles a su patria. Así debemos juzgar al que más manda en una ciudad, si examinamos este punto, porque igual es la condición del orador a la del que desempeña los cargos más importantes. Este, pues, proponía que tú y Orestes murieseis a pedradas, sobornado por Tindáreo para que hablase en este sentido y recayera sentencia de muerte. Otro sostuvo lo contrario: su traza no era brillante, pero grande su fortaleza, poco amigo de visitar la ciudad y el ágora, dedicado a labrar sus tierras, de los que sirven a su país, de agudo ingenio cuando quiere disputar, íntegro, que vive honradamente: declaró que Orestes, hijo de Agamenón, debía ser coronado porque obró así por vengar a su padre, dando muerte a una mujer tan malvada como impía, y cuando de no hacerlo, nadie querría tomar las armas y hacer la guerra, abandonando su casa, si los que se quedan seducen y corrompen a las mujeres, encargadas de los cuidados domésticos. Aprobáronlo los buenos, y fue el último que habló. Entonces se acercó tu hermano y dijo: «Por vengaros a vosotros, los que poseéis el país pelásgico[285] de Ínaco,[286] y por vengar también a mi padre, di muerte a mi madre. Porque si es lícito a las mujeres asesinar a sus esposos, pronto moriréis o seréis sus esclavos, y haréis lo contrario de lo que debéis hacer. Ha muerto, es verdad, la que fue infiel a mi padre; pero si me condenáis al último suplicio, la ley es inútil, y ninguno evitará la muerte, puesto que la osadía de Clitemnestra tendrá muchas imitadoras». Mas no persuadió a la muchedumbre, aunque pensaron que hablaba con cordura, consiguiéndolo aquel malvado que había sostenido que tú y tu hermano debíais perecer. Con dificultad obtuvo Orestes que no se le apedreara en el acto, prometiendo que ambos os suicidaríais hoy mismo. Pílades, llorando, se lo llevó de la asamblea en compañía de otros amigos, llenos los ojos de lágrimas y compadecidos de sus desdichas; pronto presenciarás un espectáculo doloroso y digno de lástima.[287] Prepara, pues, el puñal o el lazo que ha de poner fin a tu vida, ya que precisamente has de dejar la luz: ni vuestra nobleza ni el pítico Apolo, sentado en su trípode, os han servido para otra cosa que para perderos.
EL CORO
¡Oh virgen sin ventura! Tu mirada fija en la tierra y tu silencio anuncian que lágrimas, acompañadas de gemidos, inundarán bien pronto tu faz.
ELECTRA
Estrofa 1.ª — Ya comienzo mis lamentaciones, ¡oh Pelasgia!, desgarrando mis mejillas con mis blancas uñas,[288] tiñéndolas de sangre y golpeando mi cabeza en honor de la diosa, tan joven como bella, que reina en la subterránea mansión de los infiernos. Gima la clamorosa tierra ciclópea, y corten los argivos sus cabellos. ¡Familia criminal! ¡Compadeceos, compadeceos de los que han de morir en breve, hijos del que capitaneó en otro tiempo a todos los griegos!
Antístrofa 1.ª — La estirpe de Pélope, su estirpe y sus hijos no existirán dentro de poco, que los dioses tuvieron envidia de su pasada ventura. Sí, la envidia de los dioses y una sentencia inicua y sanguinaria la han derribado en tierra. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Ved, mortales que lloráis y os afligís, cómo sin esperarlo se cumple el destino. Otros tardan a veces mucho tiempo en sufrir desdichas, porque la vida entera de los mortales es instable de suyo.
Ojalá que yo vea este peñasco suspendido entre el cielo y la tierra con eslabones de oro, montaña pendiente del Olimpo que se revuelve en remolinos,[289] para aclamar lamentándome a mi viejo abuelo Tántalo, tronco, tronco de mi familia, que presenció tantas desdichas, cuando Pélope, que llevaba a Mírtilo[290] en ligera cuadriga de veloces yeguas, lo precipitó en la mar, turbando el hinchado Ponto en la costa espumosa del Geresto.[291]
De aquí los llantos y la maldición de mi linaje, cuando en el rebaño de Atreo, rico en caballos, y por obra del hijo de Maya, nació un prodigio mortífero, sí, mortífero, revestido de vellón de oro, causa bastante de discordia para alterar el curso del sol,[292] que, en vez de dirigirse por su camino de Occidente, retrocedió hacia la Aurora, que cabalga en un solo caballo, mientras Zeus llevaba por otro rumbo a las siete Pléyades. Los asesinatos se suceden unos a otros en esta familia; celébrase el festín, llamado de Tiestes, mánchase el lecho de Aérope, la pérfida cretense, y los últimos males alcanzan a mi padre y a mí después. ¡Oh familia de fatal destino!