Dinos con claridad lo que ha sucedido en el palacio, que ni aun por conjetura puedo entender lo que acabas de decir ahora.

EL FRIGIO

Ælinon, ælinon, clamoroso grito con que principian los bárbaros sus fúnebres plegarias en lenguaje asiático cuando la cuchilla afilada de Hades derrama sobre la tierra sangre de reyes. Dos leones griegos gemelos, para contártelo todo, llegaron al palacio, y el uno llevaba el nombre del capitán de toda la Grecia,[306] y el otro era hijo de Estrofio, pérfido forjador de males, astuto y doloso como Odiseo, pero amigo fiel, osado en la pelea, hábil en la guerra y mortífero dragón. ¡Muera por su serena prudencia, porque es un malvado! Penetraron hasta el trono de la que fue esposa del flechero Paris, llenos de lágrimas sus ojos, y se sentaron humildes uno a un lado, otro al otro, y los dos nos espiaban a todos. Con sus manos suplicantes abrazan las rodillas de Helena uno y otro, sí, uno y otro. Presurosos acudieron los servidores frigios, presurosos acudieron, y hablaban entre sí temiendo algún lazo. Y los unos creían que no había motivo de desconfianza, y los demás que el dragón matricida atraería a sus dolosas redes a la hija de Tindáreo.

EL CORO

¿Y en dónde estabas tú entonces? ¿Habías huido ya?

EL FRIGIO

Casualmente, según costumbre, según costumbre frigia, echaba yo aire de frente con un abanico de plumas a los cabellos de Helena, de Helena, a la usanza bárbara. Ella hilaba lino con sus dedos y hacía girar la rueca, cayendo en tierra los hilos, porque quería engalanar con ellos frigios despojos para el túmulo de Clitemnestra, y ofrecerle un vestido de púrpura. Así habló Orestes a la lacedemonia: «Que tus plantas toquen la tierra, ¡oh hija de Zeus!: desciende de ese trono al hogar de mi viejo abuelo Pélope, para que oigas mi ruego». Llevósela, llevósela en efecto, y ella le siguió sin adivinar su propósito. El malvado focense le ayudaba también diciendo: «¿Por qué no os alejáis de aquí, frigios imprudentes?»; y nos encerró en distintos lugares, ya en las cuadras, ya en las exedras, ya en distintos aposentos, separándonos a todos de nuestra señora.[307]

EL CORO

¿Y qué calamidad sucedió después?

EL FRIGIO