EL CORO

Veo a tu padre, que se acerca con trémulos pasos, seguido de sus servidores, quienes traen en sus manos tristes galas para ofrecerlas en los funerales de tu esposa.

FERES

Como tú siento tus males, ¡oh hijo!; has perdido (y nadie podrá contradecirlo) una esposa buena y casta. Pero es menester que te resignes, por insufrible que sea tu desdicha. Acepta estos dones, que cubrirá la tierra; debemos honrar este cuerpo, ya sin vida por salvar la tuya; no ha consentido que la muerte me robe mis hijos, ni que la tristeza consumiese mi vejez, privado de ti. Todas las mujeres deben alabarla eternamente por su valor en ejecutar tan gloriosa hazaña. Adiós tú, que salvaste a este, y nos diste la mano cuando caíamos; que plácida descanses en el palacio de Hades. Con tales esposas debían casarse los mortales y nada perderían, pues de otra manera no les conviene contraer himeneo.

ADMETO[353]

Ni yo te he llamado para que vengas a estos funerales, ni me es grata tu presencia. Y jamás le servirán tus dones, que nada tuyo necesita para ser enterrada. Debieras haber llorado cuando yo estaba amenazado de muerte; pero te alejaste, y consentiste que muriera otra más joven, siendo tú viejo, y ahora te lamentas de la suerte de esta. No verdaderamente has sido para mí un padre, ni la que dice que me dio a luz, y por eso la llaman mi madre, sino que, nacido de sangre de esclavo, allegáronme a escondidas a los pechos de tu esposa.[354] Viniendo ahora has probado quién eres, y no creo que puedas llamarme hijo tuyo. Cobarde apareces como ninguno, cuando en edad tan avanzada, y habiendo llegado al término de la vida, no quisiste ni osaste morir por tu hijo, sino que aprobaste el sacrificio de esta mujer extraña, a la cual, después de esto, miraré como si hubiese sido a un tiempo mi padre y mi madre. Y renunciaste voluntariamente a la lucha, gloriosa para ti, de dar por tu hijo una vida que de todas maneras habías de perder en breve; si lo hubieses hecho, esta y yo hubiésemos vivido tranquilos el resto de nuestros días, y no gemiría por estos males, privado de mi esposa. Sin embargo, disfrutaste de cuanto puede gozar un hombre feliz; reinaste joven, y me engendraste para heredar tu cetro, y te libraste de morir sin descendencia, y de dejar abandonado este palacio para servir a otros extraños. No dirás por eso que yo, menospreciando tu vejez, he merecido que me condenes a esa pena; siempre te honré como pocos, y en agradecimiento de esto tú y mi madre me correspondisteis de esa manera. Date, pues, trazas de tener pronto otros hijos que te alimenten ya viejo, te sepulten con pompa y celebren en tu obsequio suntuosos funerales. No seré yo quien lo haga, que he muerto ya para ti, si atendemos a tu probada voluntad; y si he encontrado otro salvador, y veo la luz, digo que seré su hijo, y cuidaré con ternura de su vejez. Vanamente los ancianos desean morir, maldiciendo la senectud y larga vida; si la muerte se acerca, ninguno la desea, y ya la vejez no les parece tan intolerable.[355]

EL CORO

Dejaos de eso ahora: bastante tiene con la calamidad presente, ¡oh Admeto!; no exasperes a tu padre.

FERES

¡Oh hijo! ¿A quién insultas con tales oprobios? ¿A algún esclavo tuyo lidio o frigio?[356] ¿Ignoras acaso que yo soy tesalio, y que lo era también mi padre, y hombre libre, según la ley? Con harta injuria me tratas, y ya que has lanzado contra nosotros esos dicterios juveniles, no te irás de aquí sin oír lo que mereces. Yo, que te engendré para mandar en este palacio, y te eduqué, no debo morir por ti, que ni mis padres ni los griegos me han enseñado que los padres han de morir por sus hijos. ¿Qué injusticia he cometido contigo? ¿De qué bien te he privado? No mueras tú por mí, ni yo tampoco por ti. Gozas viendo la luz; y ¿por qué has de creer que a tu padre no sucede lo mismo? He pensado que debe ser insoportable vivir en el infierno, y que, por corta que sea la vida, es, no obstante, dulce. Tú sí que temes la muerte sin decoro, y vives evitando tu funesto destino, y arrancando a esta la vida; y tú, el más pusilánime de todos, ¿me acusas de cobarde, vencido por una mujer que muere por ti, ¡oh bello jovencito!? ¡Sagazmente discurriste no perecer jamás, si persuades siempre a tu esposa que imite a Alcestis, y después afrentas a tus amigos que no han querido hacerlo, siendo tú tan tímido! Calla y piensa que, si tú amas tanto la vida, los demás también la aman; y si me maldices, yo te devolveré tu maldición, y no sin justicia.