[105] Alude a los amores de su madre Pasífae con el toro de Creta, en los cuales tanto le sirvió el ingenioso Dédalo.

[106] Ariadna, que dio a Teseo el hilo para salir del laberinto y matar al Minotauro, y huyó después con él, siendo abandonada en Naxos, de donde se la llevó Dioniso.

[107] Porque viniendo del Ática hacia el Peloponeso era la primera ciudad de esta región que se encontraba.

[108] Este discurso filosófico de Fedra no está exento de algunos errores, aparte de su inoportunidad dramática. La sagrada Biblia, al hablarnos del pecado original, nos recuerda la imperfección humana y la necesidad de poseer el supremo bien a costa de infinitos esfuerzos. La diferencia que hay entre el bien moral y el intelectual, es que el primero no se oculta a la generalidad de los hombres; no así el segundo, por lo mismo que aquel es más esencial que este. La vida del hombre virtuoso es una constante lucha contra el vicio y las pasiones, época de peregrinación y de prueba, oscuro laberinto a cuya salida le espera el paraíso. Obsérvese que el poeta vacila muchas veces, y ya atribuye la pasión de Fedra a causas humanas, ya a la ira de Afrodita; que el cristiano no da a la vida esta importancia, ni se resuelve nunca a quitársela, ni alcanza así gloria alguna.

[109] Recuérdese la escasa consideración social de que disfrutaba la mujer en la sociedad antigua.

[110] Porque nació de la espuma del mar.

[111] La madre de Dioniso. Tan lejos fue su amor, que llegó a abrasarla.

[112] Céfalo, esposo de Procris, hermosísimo mortal, de quien se enamoró la Aurora. Como esta deidad deseaba alejarlo de su esposa, a quien amaba tiernamente, le persuadió que probase su fidelidad disfrazándose. Procris no salió bien de la prueba, y se separó de ella, aunque se reconcilió después. Por último la mató involuntariamente con un dardo, y, desesperado, se atravesó con él. La Aurora entonces lo llevó al Olimpo.

[113] Los filtros (en griego φίλτρον, de φιλεῖν, amar) eran de dos especies: unos trastornaban el juicio, y otros infundían o borraban el amor. Para componerlos valíanse de los más variados y repugnantes ingredientes, como del pescado llamado rémora, de ciertos cartílagos de rana, de la piedra astroides, del hippomanes, de sangre menstrual, de cortaduras de uñas, etc., etc. Preparado el filtro, según leemos en el idilio 2.º de Teócrito, se hacía a la claridad de la luna un sacrificio. Echábase harina en el fuego, que simbolizaba los huesos del hombre, y después hojas, cera y salvado, fleco o resto de su traje y zumo de hierbas. Si a su conclusión se oía ladrar algún perro, era señal indudable de que Hécate en persona venía a dar su aprobación y consentimiento.

[114] Esto es, Hipólito.