[128] Esto es, el de la Providencia, que todo lo ve.

[129] El texto vulgar griego dice καὶ δι᾽ ἀψύχου βορᾶς σίτοις καπήλευ᾽. Valckenaer, comentando esta frase, se expresa así: Vim non animadverto, quam istis δι᾽ ἀψύχου βορᾶς adjungere possit vox σίτοις. Mathias, por el contrario, observa que σίτα opponuntur τῇ ἀψύχοῳ βορᾳ, et fruges, ac fructus, herbas, radices, etc. significat, quibus terra natis homines vescuntur. Parece, pues, que por ἀψύχου βορᾶς debe entenderse los vegetales, cibus inanimis. Es extraño, sin embargo, que tan célebres críticos no hayan leído con atención las palabras del escoliasta, que literalmente son estas: ἢ ἐν λόγοις ἐμπορεύου, καθάπερ οἱ λεγόμενοι λογέμποροι, καὶ μὴ κατὰ φύσιν φιλοσοφοῦντες, ἀλλ᾽ οἱ τοὺς λόγους καπηλεύοντες. De ellas se deduce que Eurípides alude a los sofistas charlatanes, esto es, a ciertos pitagóricos que, alimentándose de vegetales, engañaban al vulgo hipócritamente. Adviértase también que, como dice Suidas, καπηλεὺειν se construye con acusativo, como vemos en Esq., Los Siete del T., v. 545, ἐλθὼν δ᾽ ἔοικεν οὐ καπηλεύσειν μάχην, traducido por Ennio (Cic., Off., I, 12) non cauponantes bellum, sed belligerantes. No vacilamos, pues, en traducir, como Hartung, λόγους, en vez de σίτοις.

[130] Ya en tiempo de Eurípides circulaban muchos versos órficos, compuestos por sectarios de Pitágoras, fórmulas ridículas de encantamiento para devolver la salud corporal y la espiritual. Platón, en su Rep., II, 7, califica a los sectarios de Orfeo de ἀγύρται καὶ μάντεις, charlatanes y adivinos.

[131] Por Atenea, aunque realmente fuese fundada por Cécrope, y por una colonia egipcia.

[132] Sinis, famoso bandido griego que en el istmo de Corinto robaba a los caminantes, arrojándolos al mar, o matándolos con su maza, o atándolos a dos pinos encorvados hasta la tierra, que después soltaba de repente. Murió a manos de Teseo.

[133] Escirón, bandido del Ática, hijo de Éaco, que robaba en el camino de Atenas a Mégara, precipitando a sus víctimas en el mar desde unos elevados peñascos. Teseo lo venció también, y le dio muerte.

[134] Es un verdadero anacronismo suponer la existencia de los juegos en una época en que no se conocían; pero a este propósito recordamos los que cometió el pintor Rafael en su cuadro titulado La Escuela de Atenas, que no por eso deja de ser excelente. No defendemos por eso tales yerros, sino solo observamos que, a pesar de ellos, sus autores fueron grandes poetas o grandes artistas, y que, evitándolos muchos de nuestros contemporáneos, no lo son; en una palabra, que, sin ser arqueólogo, es posible remontarse mucho en la Poesía o en el arte.

[135] Este discurso de Hipólito es muy bueno como discurso, y justifica los elogios que Quintiliano prodiga a Eurípides. Como Hipólito ha sido atacado en lo más sensible, tiene que hablar de sí, pero lo hace con cierta modestia, sin faltar a la verdad. Su carácter se retrata en él al vivo, y está trazado de mano maestra.

[136] Esto es, más allá de las columnas de Heracles, último término del mundo entonces conocido.

[137] Vemos, pues, que Hipólito, a pesar de las célebres palabras que profiere en su diálogo ron la nodriza, ἡ γλῶσσ᾽ ὀμώμοχ᾽, ἡ δὲ φρὴν ἀνώμοτος, no viola su juramento. Así se comprende fácilmente que, apoderándose de una sola frase de una composición poética, cuyo correctivo o complemento viene después, se haga decir al autor lo que no quiso. En este caso, sin embargo, es preciso confesar, no solo que Eurípides nunca debió escribirla en absoluto, sino que ni aun ponerla en boca de Hipólito, tan religioso y tan puro; adviértase, no obstante, que Hipólito no lo quebranta sino por lo convencido que se halla de que no le serviría, dando a entender que lo haría en otro caso.