δρομάδες ὦ πτεροφόροι ποτνιάδες θεαί...
[221] Porque había otro Partenopeo argivo, hijo de Tálao y hermano de Adrasto.
[222] Llamada así del Ménalo, monte situado en el centro de la Arcadia, continuación del Hipionte y del Falanto. Estaba consagrado a Pan.
[223] Ixión, rey de los lápitas, asesinó traidoramente a su suegro Deyoneo, y fue desterrado por este crimen. No encontrando quien le diese hospitalidad, Zeus se compadeció de él y lo admitió en su corte; pero le pagó tan mal este beneficio, que quiso seducir a Hera. Zeus, para no errar, dio a una nube la forma de su esposa, y ya sin escrúpulo, lo condenó en el infierno a dar vueltas en una rueda. Fue padre de Pirítoo y de los Centauros.
[224] Cuando leemos la descripción de este asalto, no podemos menos de convenir con J. B. Vico en la perfecta identidad que se observa entre las edades heroicas de los distintos pueblos. Parécenos que vemos un combate de la Edad Media. Eurípides ha imitado mucho de Esquilo en sus Siete delante de Tebas.
[225] Se ve que Yocasta, acariciando una consoladora esperanza, se cree ya libre de una parte de sus males, puesto que se compadece de la suerte de Creonte. Al fin, sin embargo, y aleccionada por triste experiencia, vuelve a recelar de su suerte, y no sin razón.
[226] Estas armaduras protegían las espaldas, el pecho, el vientre y los costados hasta más abajo de la cintura, y eran de cuero o de metal. Las hubo de diferentes especies, ya compuestas de dos láminas juntas o separadas (θώραξ σιάδιος, γυαλοθώραξ), ya formando escamas (θώραξ λεπιδωτός φολιδωτός). (V. Antonio Richy, Antigüedades griegas y romanas).
[227] Las vírgenes heroínas de Eurípides manifiestan siempre en iguales casos la misma vergüenza, sin duda a causa de la vida retirada que hacían en sus gineceos.
[228] Llamábase Aqueronte un lago del Egipto al sur de Menfis, en el cual había una isla con su necrópoli. Antes de enterrar en ella a los muertos sufrían el famoso juicio de su vida, de que hablan todos los historiadores. De aquí el considerarlo después los griegos y romanos como un río que corría en el infierno. En el Epiro había también otro del mismo nombre.
[229] La verdad es que los personajes de Eurípides lloran y se quejan tanto, y repiten sus plegarias y lamentos en tonos tan distintos, que no faltaba razón a Aristófanes para criticarlo.