FEDRA
Mujeres trecenias que habitáis en este vestíbulo,[107] que da entrada a la tierra de Pélope: hace ya largo tiempo que reflexioné una noche en las causas de la corrupción humana, y me parece que no todos los hombres cometen las faltas más graves por sus escasas luces, porque en muchos se observa juicio recto; preciso es, por tanto, confesar que, aun conociendo lo bueno, no lo seguimos, unos por pereza y otros porque posponemos la virtud al deleite.[108] Muchos placeres ofrece la vida, gratos coloquios y ocio, mal que tiene su encanto, y vergüenza. Esta es de dos clases: una no vituperable, azote la otra de las familias. Y si las ocasiones en que se manifiestan no diesen lugar a dudas, no serían iguales las dos palabras que las expresan. Y como he pensado antes todo esto, no hay poder bastante fuerte que me obligue a adoptar la opinión contraria. Pero te diré cómo he llegado a discurrir así. Después que el amor me hirió, traté de conciliarlo con la virtud, y comencé entonces a ocultar mi dolencia. No debía fiarlo a la lengua, que, si a veces rectifica los pensamientos ajenos, se expone otras a muchos males. Determiné resistir con entereza a este amoroso delirio y dominarlo castamente. Por último, no pudiendo vencer a Afrodita, he decidido morir. Nadie se opondrá a esta resolución. ¡Ojalá que no se olviden mis acciones honestas, ni que las presencien muchos testigos si son vergonzosas! No ignoraba cuán infame era mi apasionada dolencia, y sabía además que era mujer detestada de todos.[109] Mala muerte tenga la que mancille el lecho conyugal con quien no fuese su esposo. De las mujeres nobles pasó este mal a las demás, porque cuando lo torpe agrada a los de elevada alcurnia, parece a los malos honesto. Odio a las que son castas en sus palabras y ocultamente lascivas. ¿Cómo, ¡oh Afrodita!, señora del mar,[110] se atreven a mirar el rostro de sus esposos y no tienen horror a las tinieblas, cómplices de sus culpas? ¿Cómo no dan voces los techos de sus casas? Mátame, ¡oh amigas!, el temor de que mi marido sepa mi deshonra, o los hijos que he parido, pues quisiera que, libres y hablando sin temor, brillasen en la noble ciudad de los atenienses honrados en memoria de las virtudes de su madre, porque detiene mucho al hombre más osado saber las maldades de sus padres. Dicen que vale tanto como vivir ser justo y honesto. El tiempo descubre a los malos cuando llega la ocasión, como el espejo que refleja a la virgen. ¡Ojalá que nunca me cuenten entre ellos!
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¡Qué bella es la modestia y qué gloria tan egregia ofrece a los mortales!
LA NODRIZA
Gran temor, ¡oh señora!, me ha infundido de repente tu mal; ahora conozco mi ineptitud, y que entre los hombres los últimos pensamientos son los más prudentes. No es extraño lo que te sucede, ni fuera de razón se ha ensañado en ti la ira de la diosa. Tú amas; ¿por que nos ha de sorprender? Haces lo que muchos. ¿Y perderás la vida por eso? ¿De qué sirven a los enamorados sus amigos, y la inquietud que muestran, si al fin han de morir? Porque Ciprina es intolerable si nos ataca con violencia; a quien cede, persigue blandamente, y arrebata y atormenta al orgulloso y arrogante; ¿no lo crees así? Vuela por los aires, y la hallarás en las olas del mar, y de todo es origen. Ella inspira y alimenta al Amor, que a todos nos ha engendrado en esta tierra. Cuantos conocen los escritos antiguos y se consagran asiduamente al culto de las musas, saben cómo Zeus amó en otro tiempo a Sémele,[111] y cómo la brillante Aurora robó enamorada a Céfalo,[112] llevándolo con los demás dioses, y habitan en el cielo, y no huyen de las demás divinidades, sino que, según creo, sufren vencidos su suerte. ¿Y tú no la sufrirás? Debió engendrarte tu padre de distinta manera que los demás, y obedecerías a otros dioses si no habías de observar estas leyes. ¿Cuántos hombres de sano juicio fingirán ignorar la deshonra de su cónyuge? ¿Cuántos padres no protegen los amores ilícitos de sus hijos? Entre las sagaces precauciones de los hombres cuéntase la de ocultar lo que no es honesto. Ni conviene que vivan vida austera, como no cuidan tampoco de alinear con esmero las paredes y el techo de sus viviendas. Del abismo tan profundo en que has caído, ¿cómo piensas salir? Grande es tu ventura si, siendo mortal, son más numerosos tus bienes que tus males. Abandona, pues, ¡oh amada hija!, tus malos pensamientos; déjate de tales sacrilegios, que lo es sobreponerte a los dioses; sufre el amor con fortaleza, que una diosa lo envía. Ya que esa dolencia te aqueja, cúrala dulcemente. Hay encantos y palabras que la aplacan, y podrá encontrarse eficaz remedio. Tarde hallará algún hombre la medicina si nosotras las mujeres no la descubrimos.
EL CORO
Lo que esta dice, ¡oh Fedra!, puede servirte ahora, y yo te alabo. Pero mi alabanza es para ti menos grata que sus palabras, y la oirás con más trabajo.
FEDRA
Con pláticas demasiado sabrosas se han arruinado familias y ciudades bien gobernadas. No conviene decir lo que agrada a los oídos, sino lo que puede traer gloria.