IFIGENIA EN ÁULIDE
ARGUMENTO
Detenida en Áulide[234] la armada griega por vientos contrarios en su navegación a Troya, declara el adivino Calcas que no soplarán los favorables hasta que Ifigenia, hija de Agamenón y de Clitemnestra, sea sacrificada en el ara de Artemisa. Su padre, generalísimo del ejército, que está descontento e impaciente, instado por su hermano Menelao y por su propia ambición, accede a tan inhumana exigencia y escribe a su esposa mandándole que le envíe a Ifigenia para casarla con Aquiles. Pero se arrepiente después de su resolución, y le escribe otra carta diciéndole lo contrario. Carece de prólogo, y la acción comienza cuando el mensajero que ha de llevar la última carta se dispone a cumplir las órdenes novísimas de su señor. Pero esta última carta es interceptada por Menelao, y Clitemnestra e Ifigenia sobrevienen, deseosas de celebrar las bodas anunciadas. La mentira de Agamenón se descubre al fin; Ifigenia se conforma con su propio sacrificio, y al consumarse este, desaparece la víctima destinada a sufrirlo, siendo sustituida milagrosamente por una cierva.
No crea el lector, sin embargo, que el desarrollo y exposición detallada de esta tragedia nos afecte desagradablemente, como podrá pensarlo cualquiera si tiene solo en cuenta el argumento de ella, trazado en las líneas anteriores con la concisión que nos impone la naturaleza y objeto primordial de nuestra versión. Se desenvuelve con arte y maestría sin apelar a recursos dramáticos violentos ni inesperados más o menos verosímiles, y motivados en general los unos en absoluto, y desapercibidos los otros por el interés de la curiosidad y por las pasiones que nos mueven al leerla, y que debió ser mucho más poderoso para los espectadores que asistieron a su representación. A pesar de la extensión y de los defectos del primer coro, indicados en las notas; prescindiendo de los largos parlamentos de Agamenón y de Menelao, y aun haciendo el traductor caso omiso de las interpolaciones de este drama, que saltan a la vista, de la inexperiencia poética y escénica que se revelan en su autor o en sus autores, de sus innovaciones y faltas en la versificación, en los metros usados y hasta en la cantidad de las sílabas, y del escaso e imperfecto partido que saca, al parecer, el poeta de algunas partes de su composición; a pesar de todo esto, que no es poco, repetimos, está tan magistralmente trazada en su conjunto, ofrece situaciones y complicaciones de sus personajes tan dramáticas y trágicas como la de la llegada de Clitemnestra y de Ifigenia y su entrevista con Agamenón, de mérito extraordinario, y resplandece tal verdad y tanta ternura y naturalidad en su diálogo, y en las resoluciones varias y hasta contradictorias de Agamenón, de Menelao y de la misma Ifigenia, y se presentan tan bien la ambición característica de Aquiles, de Menelao y del mismo Agamenón, la nobleza, el amor filial y la resignación patriótica de Ifigenia, y un instinto poético tan recto, un gusto tan ático y seductor y un arte tan maravilloso e inesperado en la transición, que nos conduce sin sentirlo de los horrores y temores que nos asaltan en la entrevista de Agamenón con su esposa e hija, a la placidez y relativa dulzura del desenlace, que nos llena y encanta a su conclusión, y nos obliga a proclamar no solo que es su autor Eurípides, sino también que es esta tragedia, entre todas las suyas que conocemos, una de las más notables.
Racine la ha imitado con la alteración importante de transformar a Aquiles, el de los pies ligeros, discípulo del centauro Quirón, educado en las selvas y alcanzando a las ciervas en su carrera, y nada pulido, por tanto, en un galán almibarado, y a la estancia de la armada griega en Áulide en una sesión dramática del tiempo de Luis XIV.
La lectura y examen de esta tragedia y las manchas que la afean, juntamente con las noticias que dan acerca de ella el escoliasta de Aristófanes, Eliano y Hesiquio, su falta de prólogo y el uso de los anapestos en su principio, han inducido a los helenistas y eruditos a revisarla y disecarla de tal manera, con tanta desenvoltura y exceso de libertad y parsimonia de prudencia, que acaso si resucitara Eurípides le costaría harto trabajo y no poco dolor reconocerla como suya. La edición de Cambridge, una de las mejores, dice así hablando de la de Hermann, célebre helenista:
«Posible es que esa edición de la Ifigenia se haya escrito más ligeramente de lo que convenía; posible es que los años de su autor hayan trocado su perspicacia anterior en sutileza; posible que su indiscutible superioridad en este género de literatura, y el respeto que merecen a sus compatriotas sus juicios críticos, hayan exagerado su confianza en sí mismo, estimulándolo a emplear su talento sin la debida prudencia. No me atrevo a decidir acerca de las causas probables del hecho; pero, en mi opinión, paréceme evidente que ha empeorado el texto en vez de mejorarlo». Y no decimos más, porque basta lo citado para los lectores y para nuestro propósito.
Se representó después de la muerte de Eurípides por el hijo del poeta, del mismo nombre que su padre, y formaba parte de una trilogía con Las Bacantes y Alcmeón. Se ignora si le acompañaba o no drama satírico, y la fecha de su representación.