Yo te invoco, yo te suplico, ¡oh Eurotas de verdes cañas!, que me declares si es cierta la fama que hasta mí ha llegado de la muerte de mi esposo. ¿A qué tan necias dudas? Lazo mortífero oprimirá mi cerviz o letal cuchilla me dará muerte, y la sangre correrá de mi cuello, y empuñando yo misma el hierro lo hundiré en mis carnes, y me sacrificaré en honor de tres diosas y del hijo de Príamo, que en otro tiempo cantaba al son de la flauta, guardando los rebaños de bueyes.
EL CORO
Que no te aflijan esos males, y la dicha sea tu inseparable compañera.
HELENA
¡Ah mísera Troya, iniquidades te arruinan, y sufriste duras pruebas! Merced al don que me hizo Afrodita se ha derramado mucha sangre, y muchas lágrimas, y unos dolores siguieron a otros, y el llanto al llanto, y las madres perdieron sus hijos, y las vírgenes hermanas de los muertos cortaron su cabellera para depositarla en las orillas del frigio Escamandro. Voz resonante dio la Grecia, y oyéronse tristes clamores, y golpeó la cabeza con sus manos, y lastimosas heridas llenaron de sangre tiernas mejillas. ¡Oh virgen Calisto,[331] feliz en otro tiempo en la Arcadia, que en innoble forma subiste al lecho de Zeus! ¡Cuán preferible fue tu suerte a la de mi madre! Transformada en fiera de miembros robustos, trocaste tu hermoso rostro en cabeza feroz de leona, y se mitigaron tus penas, como la beldad expulsada en otro tiempo de sus coros por Artemisa, cierva de dorados cuernos, titánide, hija de Mérope.[332] Yo he derruido, sí, he derruido a la troyana Pérgamo, y ocasionado la muerte de muchos griegos. (Vase con el Coro).
MENELAO (miserablemente vestido).
¡Oh Pélope!, que en los pasados días venciste en tu cuadriga a Enómao, cerca de Pisa;[333] ojalá que cuando te sirvieron hecho pedazos en la cena de los dioses, hubieses perecido entre ellos antes de haber engendrado a mi padre Atreo, que de su unión con Aérope nos procreó a Agamenón y a mí, Menelao, ínclito par de reyes. Glorioso es, sin duda, y lo digo sin jactancia, que yo llevase a Troya un ejército a fuerza de remos, rey a quien obedecía voluntariamente, no por la violencia, la brillante juventud griega. Y unos ya no se cuentan entre los vivos, mientras otros, que con no poca alegría suya evitaron los peligros del mar, llevan a su patria los nombres de los que perecieron. Mas yo, desventurado, navego errante por las marinas ondas del salado piélago desde que arruiné las torres de Ilión, y, deseando volver a mi país, muéstranseme adversos los dioses. He recorrido todos los desiertos e inhospitalarias costas de la Libia, y cuando me acerco a mis hogares, el viento me rechaza y nunca llena mis velas aura favorable. Y ahora, mísero náufrago, después de perder a mis amigos me ha arrojado aquí el mar, y mi nave se ha estrellado en los peñascos pereciendo muchos de mis compañeros. Solo queda la quilla y parte de su armazón, en la que con dificultad y contra mis esperanzas me he salvado con Helena, que traigo de Troya. Pero ignoro el nombre de esta región y el de los pueblos que la habitan. Avergonzábame de presentarme así a la multitud, temiendo que viesen mis vestidos manchados, a pesar de mis esfuerzos en ocultar mi humillante miseria. Cuando un hombre cae desde la cúspide de la fortuna en el abismo de la desdicha, como no está acostumbrado a ella, su suerte es más amarga que la del que ya la conocía. La pobreza me atormenta; ni tengo qué comer, ni vestidos para cubrir mi cuerpo, como es fácil de ver contemplando los tristes restos del naufragio en que me envuelvo.[334] El mar me llevó mis peplos, mis vestiduras espléndidas y todas mis galas; y vengo aquí dejando oculta en una cueva a mi esposa, causa de todos mis males, confiada a la custodia de mis amigos que han sobrevivido. Solo, pues, doy vueltas y me afano en llevar lo más necesario, dudando si lo lograré, a mis compañeros que me esperan. Al ver este palacio cercado de almenas y sus puertas suntuosas, propiedad, sin duda, de algún hombre opulento, me he llegado a él con la esperanza de recibir algo de tan magnífica morada, para auxiliar a mis amigos. De seguro que quien apenas tenga para vivir no podrá socorrerme aunque quiera. (Llamando a la puerta). ¡Hola! ¿Qué portero acudirá aquí del palacio, que cuente a sus dueños mis males?
UNA VIEJA (entreabriéndola).
¿Quién hay a la puerta? ¿No te alejarás de este recinto sin molestar a sus dueños en el atrio? Morirás si eres griego, que a ellos no se da hospitalidad.
MENELAO