Se hará lo que pides; ordeno, pues, a mis servidores que abran las puertas. Entrad y preparad esas fúnebres galas, que mi odio no va tan lejos; pero cuando los hayáis vestido, vendré a buscaros para enviaros a la mansión subterránea. (Vase).
MÉGARA
Seguid, hijos míos, los tristes pasos de vuestra madre al hogar paterno, en donde otros poseen lo que os pertenece, y solo queda vuestro nombre. (Entra en el palacio con sus hijos).
ANFITRIÓN
¡Oh Zeus!, en vano disfrutaste de mi lecho, y en vano te llamábamos padre de mi hijo; me amas menos de lo que aparentabas; y yo, simple mortal, te aventajo en virtud, siendo tú dios poderoso, porque no he hecho traición a los heráclidas. Tú sabías venir furtivamente a ajeno tálamo, o introducirte en él sin licencia de nadie, pero no salvar a tus amigos. Eres, por tanto, dios injusto o poco sabio.[103] (Entra también en el palacio).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Entona, ¡oh Febo!, alegre canto, pulsando la sonora cítara con dorado plectro,[104] que yo quiero celebrar con alabanzas, corona de sus trabajos, al que penetró en las tinieblas subterráneas de los infiernos, ya le llame hijo de Zeus, ya de Anfitrión; cantar sus nobles hazañas es honrar a los muertos. Y primeramente mató al león de la selva de Zeus, y con su cabeza y con la terrible piel de la retinta fiera abrigó sus espaldas.
Antístrofa 1.ª — E hirió en otro tiempo con su arco mortífero al linaje de los crueles centauros[105] que vagaban por los montes, y les dio muerte con sus veloces saetas. Testigo fue el Peneo,[106] de deleitosa corriente, y las espaciosas y estériles llanuras, y los valles del Pelión,[107] y las peñas vecinas a Hómola,[108] desde donde, armados con pinos, devastaban con sus correrías el país de los tesalios. Y después que mató a la cierva de manchado lomo, envanecida con sus cuernos de oro, azote de los rústicos labradores, la ofreció a la diosa de Énoe, cazadora de fieras.[109]
Estrofa 2.ª — Y subió en las cuadrigas, y domó los caballos de Diomedes,[110] que, furiosos y sin freno, devoraban en sus letales pesebres ensangrentado pasto, disfrutando el nefando banquete del placer de desgarrar carne humana. Y pasó el Hebro,[111] de argentadas ondas, para cumplir el trabajo que le ordenó Euristeo, el tirano de Micenas, y atravesó las cumbres del Pelión, junto a la corriente del Anauro.[112] Y con su arco mató a Cicno,[113] asesino de extranjeros, inhospitalario habitante de Anfanas.
Antístrofa 2.ª — Y llegó al palacio Hesperio, en donde moraban las vírgenes cantoras, para coger el fruto de los manzanos de hojas de oro resplandeciente, después de exterminar al dragón rojo, que, enrollado en el árbol, lo guardaba de todos. Y entró luego en el seno del espacioso mar, y lo limpió de monstruos para que los mortales navegaran. Y con sus brazos sostuvo el cielo en su centro, cuando fue al palacio de Atlas,[114] y merced a su fortaleza la estrellada mansión de los dioses no vaciló en sus cimientos.