Estrofa 3.ª — Y hendiendo las olas del Euxino, buscó al escuadrón de las amazonas[115] cerca de la laguna Meótide,[116] en donde desaguan muchos ríos. ¿Cuántos amigos suyos de la Grecia no lo acompañaron en demanda del vestido de oro de la virgen, hija de Ares,[117] y del tahalí mortífero? La ínclita Grecia recibió los despojos de la virgen bárbara, que se guardan en Micenas. Y cauterizó las heridas de la hidra de Lerna, perro homicida de mil cabezas, y la mató con sus saetas, y al pastor de tres cuerpos de la Eritea.[118]

Antístrofa 3.ª — Y en otros combates ganó afortunada palma; y navegó en busca de Hades, que hace derramar tantas lágrimas, su último trabajo, y allí murió el desdichado, y aún no ha vuelto. Sin amigos está su palacio, y la barca de Caronte espera a sus hijos, que, desde la orilla de la vida, emprenderán peregrinación nefanda e impía, de la cual jamás se regresa; solo en tu brazo confía tu familia, y no te presentas. Si mis fuerzas fuesen ahora las de mi juventud; si yo pudiera vibrar la lanza en la pelea, con mis compañeros de Tebas socorrería a tus hijos; pero ya pasó ese tiempo.

Veo venir a los hijos de Heracles, antes tan famoso, con sus vestidos mortuorios, y a su esposa amada, que los guía con tardo paso, y al anciano Anfitrión. ¡Ay de mí, desventurado, que no puedo contener las lágrimas que a torrentes brotan de mis viejos ojos!

MÉGARA

Veamos. ¿Quién es el sacerdote, quién el sacrificador de estos desdichados, quién el verdugo de mi mísera ánima? Prontas están las víctimas que se han de enviar al infierno. ¡Oh hijos, el carro que ha de conducirnos después de muertos no ofrecerá bello espectáculo, confundidos ancianos, jóvenes y madres! ¡Oh hado mío funesto, y de estos hijos a quienes veo por última vez! Yo, en verdad, os di a luz; pero os crié para que vuestros enemigos os deshonrasen, para que os sacrificasen, para servirles de ludibrio. ¡Ay de mí! ¡Cómo se han desvanecido las esperanzas que en otro tiempo me hizo concebir vuestro padre! (A sus hijos). Él, ahora difunto, te instituía heredero de Argos, en donde te esperaba el palacio de Euristeo, rey de la fértil Pelasgia, y cubría tu cabeza con los despojos del fiero león, que él mismo usaba. Tú habías de ser rey de Tebas, aficionada a carros, y poseer mis campos, según hubiesen convenido Heracles y mi padre; y a tu diestra entregaba esa incontrastable clava, vano don de Dédalo.[119] Y a ti te prometió, por último, que te daría la Tesalia, que despobló en otro tiempo con sus flechas de largo alcance. Como sois tres y era tanta la grandeza de su ánimo, os dejaba también tres reinos. Yo os buscaba bellas esposas y provechosas alianzas del campo ateniense, de Tebas y de Esparta, para que con tan dulces lazos vivieseis venturosos. Y todo se desvaneció, y cambió la fortuna, y la muerte es la esposa que os aguarda, y mis lágrimas infortunadas os servirán de ablución nupcial. Y vuestro abuelo os ofrece el banquete de bodas, y seréis yernos del Orco, cruel pariente. ¡Ay de mí! ¿Cuál de vosotros será el primero, cuál el último que estrecharé contra mi pecho? ¿A quién besaré? ¿A cuál abrazaré? Ojalá que, como la abeja de transparentes alas, recoja todas vuestras lágrimas y, reuniéndolas, derrame abundantes las mías. ¡Oh tú, el muy amado!; si en los infiernos hay algún muerto que pueda oírme, óyeme, ¡oh Heracles!; mueren tu padre y tus hijos, y yo también, la que los hombres apellidaban feliz en otro tiempo por ser tu esposa; socórrenos; ven, aunque no seas más que una sombra; solo así nos salvarás, y cobardes serán en tu presencia los asesinos de tus hijos.

ANFITRIÓN

Tú, ¡oh mujer!, te has acordado de cuanto a Hades se debe; yo, elevando mis manos al cielo, te invoco, ¡oh Zeus!, para que auxilies a estos niños si en algo quieres servirlos, que no podrás dentro de poco. Verdad es que te llamé otras muchas veces... Vano es mi deseo; según parece, moriremos sin remedio. Breve es la vida, ¡oh ancianos!; pasadla, pues, lo más alegremente que os sea posible,[120] y que no os visiten los dolores ni de noche ni de día. Porque el tiempo no sabe acariciar nuestras esperanzas, sino solo volar cuando acaba sus obras. Contempladme: yo, en concepto de los hombres, disfrutaba de los favores de la fortuna. Un día me los arrebata veloz, como el ave que hiende los aires. Ignoro si la felicidad y la gloria han sido siempre duraderas. Adiós, pues; por última vez veis a vuestro amigo y compañero.

MÉGARA

¿Qué es esto, ¡oh anciano!? ¿Veo acaso al hombre más querido? ¿Qué diré?

ANFITRIÓN