EL MENSAJERO
Preparadas estaban las víctimas ante el ara de Zeus para purificar el palacio, libre ya del odioso cadáver del rey de este país;[140] asistía a esta ceremonia el coro de sus bellos hijos, y Heracles y Mégara, y ya el cesto sagrado circulaba en torno del ara y guardábamos silencio. Cuando el hijo de Alcmena se disponía a tomar con su diestra el tizón y sumergirlo en el agua lustral, detúvose sin decir palabra, y al verlo vacilar, miráronle sus hijos. Pero ya no era él; había perdido el juicio, y tenía los ojos extraviados y llenos de sangre, y de su poblada barba caía copiosa espuma. Entonces dijo con risa insensata: «¡Oh padre!, ¿a qué preparo el agua lustral antes de matar a Euristeo, y anticipo inútilmente esta expiación, que podrá hacerse después? Cuando traiga aquí su cabeza purificaré mis manos de sangre. Derramad el agua y tirad los cestos. ¿Quién me da el arco? ¿Quién mi arma terrible? Iré a Micenas; llevemos palancas y azadones para derribar con su corvo hierro la ciudad en donde habitaron los cíclopes, después de edificarla con ayuda de su regla roja y de haber observado los astros». Se apartó un poco, y no habiendo allí carro alguno, él lo afirmaba, y fingió subir en él, y agitaba la mano como si manejase el aguijón. Y a un mismo tiempo infundía risa y miedo en sus servidores, y uno de ellos se expresó así, mirando a los demás: «¿Está loco nuestro señor, o se divierte con nosotros?». Mientras tanto él subía y bajaba las escaleras, y apareciéndose de repente en el aposento de los hombres, aseguraba que había llegado a la ciudad de Niso,[141] cuando realmente no había salido de su palacio. Recostándose luego en tierra como si estuviera en aquella ciudad, preparó su alimento, pero a los pocos instantes decía hallarse en las cumbres frondosas del Istmo, y despojándose de sus vestidos luchaba solo, y se proclamaba vencedor, hablando a espectadores imaginarios. Profiriendo contra Euristeo palabras horribles, creía hallarse en Micenas. Su padre, estrechando su robusta mano, le habló así: «¡Oh hijo!, ¿qué sufres? ¿Qué peregrinación es esta a que aludes? ¿Acaso te ha trastornado el juicio la muerte de los que ha poco perecieron a tus golpes?». Pero él, creyendo ver al padre de Euristeo en ademán suplicante, lo rechaza, y amenaza a sus hijos con su ligera aljaba y su arco, persuadido de que eran los de Euristeo. Ellos, consternados, huyeron en diversas direcciones, refugiándose uno bajo los vestidos de su mísera madre, otro detrás de una columna, y el último, en fin, como temblorosa ave, cerca del altar. Mégara exclamó: «¡Oh padre!, ¿qué haces? ¿Matas a tus hijos?». El anciano y todos los servidores dan voces; pero él, persiguiendo al pobre niño alrededor de la columna con pasos terribles, cuadrose enfrente y le hirió las entrañas, y cayó en tierra, tiñendo con su sangre, al morir, las columnas de piedra. Dio entonces un grito de júbilo, y vanagloriándose de su acción, dijo: «Ya murió un hijo de Euristeo, y yace en tierra en expiación de la enemistad paternal». Y tiende el arco contra el otro, que temblaba al pie del altar, pensando escaparse. Cayó el desdichado de rodillas ante su padre, y extendiendo sus manos hacia su cuello y barba, dijo: «¡Oh padre muy amado, no me mates!; hijo tuyo, hijo tuyo soy, no de Euristeo». Pero él, revolviendo con furor sus ojos gorgónicos, y viendo que estaba demasiado cerca para dispararle sus saetas, como el herrero que golpea en la encendida masa descargó su clava en la blonda cabeza del niño y desbarató sus huesos. Y después que dio muerte al segundo de sus hijos, fue en busca de la tercera víctima. Prevínole su madre mísera, y cerró las puertas; pero él entonces, como si se hallase junto a los muros de los cíclopes, remueve la tierra, da golpes en las puertas con las palancas y, arrancando los postes, postró en tierra de un flechazo al hijo y a la madre. De allí corre apresurado a matar al anciano; mas se apareció Palas, según creímos, blandiendo en su mano aguda lanza, y tiró una piedra enorme que, dándole en el pecho, impidió que perpetrase su rabioso crimen, y le infundió sueño; cayó al suelo, recostándose en un trozo de columna que quedó en pie en el umbral después de caer el techo. Y nosotros, cuando volvimos, lo atamos con cuerdas a ella ayudados del anciano, para que al despertar no derramase más sangre. El desdichado, ya sin esposa y sin hijos, duerme mísero sueño. No hay mortal más infortunado.
EL CORO
Celebérrimo e increíble fue en la Grecia el asesinato que en la región argólica osaron cometer las hijas de Dánao;[142] pero supéralo este, y aún es más deplorable que tan antiguo crimen. Yo puedo decir que la muerte que dio Procne[143] a su generoso y único hijo redundó en honor de las musas; pero tú, ¡oh desventurado!, asesinaste rabiosamente a los tres que engendraste. ¿A cuál gemiré o lloraré, por cuál entonaré fúnebre plegaria o pronunciaré los versos que cantan los coros infernales? ¡Ay, ay de mí! (Ábrense las dos puertas del palacio y se ve a Heracles dormido y atado a un trozo de columna, rodeado de los cadáveres de su mujer e hijos). Ved cómo se abren las dos puertas y se descubren los altares del palacio; contemplad los míseros hijos, que yacen cerca de su infortunado padre, mientras duerme profundamente lejos de este estrago, y los lazos y multiplicados nudos que envuelven su cuerpo, atado a la columna de piedra. Como el ave que llora a sus hijuelos implumes, así se acerca aquí el anciano con tardo paso, atravesando esta escena horrible. Helo ya aquí.
ANFITRIÓN
Ancianos de Tebas, ¿no guardaréis silencio para que olvide durmiendo sus males?[144]
EL CORO
Por ti lloro y gimo, y por estos hijos, y por el varón ilustre que ganó tan preclaras victorias.
ANFITRIÓN
Alejaos; no hagáis ruido, no gritéis, para que no despierte, pues duerme plácida y sosegadamente.