3º.—Cuadro religioso Santa Cecilia, original.—¡Lástima grande que mi amigo Oller sea discípulo tan consecuente de esa escuela realista contemporánea que ha deificado á Proudhon en su estética! Y digo esto porque se me figura que de no ser así habria mas vaporosidad en el cuadro que contemplamos; hubiera presentado con mas ligereza ese conjunto de formas, humanas es verdad, que constituyen el cuadro, pero que tienden á lo ideal por medio de esa vaguedad indefinible que la escuela realista no encontrará nunca en la materialidad de sus modelos.
La composicion, sin embargo, está llena de gracia; las figuras y en particular la de la Santa se destacan bien del fondo, que es un cielo azul muy transparente; y el conjunto revela el ingenio y el buen gusto del autor. Las nubes están ejecutadas de tal manera que parecen moverse; y esto hace que se vea á la Santa como subir lentamente, á lo que se armoniza del todo la espresion de dulzura de su rostro que hace un contraste agradable con el movimiento inquieto de las nubes. El colorido, estudiado con detenimiento, prueba la inteligencia artística de mi amigo Oller; pues los objetos que se oponen al aire libre y sobre todo contra una fuerte luz, como la que revela el fondo tan claro del cuadro, y particularmente las carnes, adquieren un tono mucho mas fuerte, que las hace en el cuadro aparecer de un rojo muy subido, por efecto de la oposicion del color azul del cielo. Estas observaciones que para el público en general suelen pasar desapercibidas por la falta de costumbre de estudiar los efectos de luz, son muy apreciadas por los artistas y aun por los profanos que tienen gusto para admirar la exactitud con que el arte imita los fenómenos de la naturaleza.
Deseo que mi amigo Oller tenga tipos como el de que me ocupo siempre que haya de hacer cuadros como este; seguro de que concluirá por darles la idealidad que su artista corazon sabe comprender perfectamente, por mas que su cabeza y su mano quieran sujetarse á preceptos escolares que siempre contendrán el vuelo de toda imaginacion entusiasta.
Recuerde mi amigo Oller que en la materialidad de la vida difícil será que encuentre nunca una sola de esas bellezas infinitas que únicamente la fé nos revela; y deje á su alma creyente que se lance en las regiones celestiales, cuyas armonías y delicias estoy seguro sabe apreciar, sobre todo cuando trate asuntos religiosos.
La primera vez que ví este cuadro (hace año y medio) nada revelaba que Santa Cecilia habia sido mártir, pues solo estaba representada su virginidad con flores: hoy he encontrado un bello ángel al lado izquierdo del cuadro, que lleva la palma del martirio: es una correccion tanto mas oportuna, en mi humilde juicio, cuanto que además de no echarse de menos un símbolo indispensable, se ha llenado un vacio del cuadro que producia mal efecto.
4°—Retrato de D. Manuel Sicardó y Osuna. No he podido pasar por delante de este cuadro, en las diferentes veces que lo he hecho, sin detenerme largo rato á contemplar aquella figura noble que tantos recuerdos despierta en mi imaginacion; y cuyos detalles me traen á la memoria los alegres dias de la infancia llenos de las travesuras propias de esa edad en la que solo se piensa en burlar la vigilancia del Maestro: puede decirse que este retrato es un cuadro de costumbres, por representar no solo al individuo sino tambien una escena de su vida, demasiado conocida para los que la veíamos discurrir siempre ocupada de las áridas operaciones de una proporcion algebráica ó de un problema geométrico mas ó menos complicado.
El Sr. Oller quiso representar al que á todos nos ha enseñado, al que tanta actividad y constancia tenia para la enseñanza, á aquel á quien tantas maldades hemos hecho y al que tan buenos y tan malos ratos pasó por nosotros; y no encontrando ni el original ni un retrato bueno, el artista, con mucho tacto, se ha valido de los recuerdos que tenia del que tambien fuera su Maestro y no siéndole posible hacer el parecido de la forma, que siempre es insípido cuando no lo acompaña ese yo no sé que que caracteriza el individuo, lo ha representado moralmente tal como lo hemos conocido; aquel es en efecto, nuestro querido D. Manuel, con su indagadora é inquieta mirada, buscando siempre la travesura de los discípulos y atento siempre á la pizarra de las operaciones; espresando la viveza de su carácter en la ligereza con que hacia girar sobre su índice el cordon de que pendian los quevedos. Poco importa que el contraste de los colores no sea de los mejores y que la entonacion del colorido adolezca de flojedad por una parte y de tirantez por otra: la verdad de la figura oculta estas ligeras faltas.
Felicito sinceramente á mi amigo Oller y tambien á la Sociedad Económica, porque el retrato de D. Manuel Sicardó será, en mi pobre opinion, uno de los mejores que posea entre su coleccion de hombres útiles al país.
5º—Retrato del Illmo. Sr. D. Lorenzo de Obregon y Villarroel.—No puedo juzgar del parecido; pero hay brillantez de color, y movimiento en armonía con el personaje que representa. Se conoce que el artista ha frecuentado y comprendido la alta sociedad.
6º—Retrato.—D. Augusto de Cottes es un respetable anciano que todos conocemos. La mejor crítica que puede hacerse de este cuadro es que nadie parará la atencion en la pintura por creerse que está delante del original. Mi amigo Oller me permitirá, no obstante, que le llame la atencion sobre la entonacion de las carnes; de su inteligencia artística se debe esperar que haya mas verdad y limpieza en el colorido.