Quemáronse como en la primera noche arcos, ruedas, cohetes, llamas, monteros y otras muchas piezas en que lució su habilidad el pirotécnico; sin embargo de que habria razon para decirle lo que la abeja dijo al cuclillo, segun nos cuenta Iriarte:

Pero en obra destinada

Solo al gusto y diversion,

Si no es varia la invencion,

Todo lo demás es nada.

La invencion con todo no dejó de variar algo, pues la pieza principal de los fuegos era un gran templete con la imágen del Santo Patron que lucia ornada de brillantes luces de distintos colores, en medio de caprichosas combinaciones de ruedas, cohetes, velas Romanas y otros adornos de muy buen gusto y que ofrecian un hermoso conjunto de fuego, de luz, de movimiento y de colores. El público sorprendido agradablemente aplaudió al constructor; y transcurrieron dos horas de sencilla y entretenida diversion, de que disfrutaron todas las clases de la sociedad, sin que el mas leve incidente desagradable turbase ni por un momento el órden y la compostura que forman el distintivo de este pueblo, siempre que se reune en grandes masas.

Despues cada cual se retiró á su hogar contento de haber disfrutado de una de las fiestas que mas favor gozan hoy entre este público, que sabe perfectamente amoldarse á todo lo que sea de buen gusto y represente un progreso; por mas que, como antes lo he dicho, no se le haya dado hasta ahora educacion, siquiera no sea mas que hasta donde lo exijen la importancia de su crecida poblacion y de los intereses que representa.

El domingo siguiente, ó sea el dia 14 del mes, hubo otro espectáculo, si no nuevo porque ya otra vez lo hemos visto efectuar con muy buen éxito, de mucho gusto tambien y de gran variedad relativamente á lo que podia esperarse por el programa publicado.

En la tarde del indicado dia, varios jóvenes del comercio de mercería sacaron una gran mascarada que recorrió todas las calles de la poblacion. Diez y seis ó diez y ocho coches, precedidos por un gran carro triunfal, bonitamente exhornado con todos los atributos del comercio y superado por el dios Mercurio, y seguidos de una brillante orquesta que ejecutaba preciosas danzas, llevaban cincuenta ó sesenta máscaras, en las que se hallaban representados desde el chistoso andaluz con su galana chaquetilla y su calañé hasta el taciturno turco envuelto en los interminables pliegues del tradicional turbante. Allí iban mezcladas en alegre confusion todas las naciones y todas las edades; y no era extraño ver junto á un finchado hidalgo, que de seguro habria sabido gozar á sus anchas de un feudo si le hubiera pillado á mano, un hijo del Celeste imperio con toda la estupidez propia de aquella tierra en que los conocimientos humanos son el privilegio esclusivo de un número muy reducido de hombres. En otro coche departian amistosamente Polichinela, ese hijo espureo de la moderna sociedad, que con solo levantar una pierna en Maville pone en movimiento toda la policía francesa, y un pensativo Nostradamus que de fijo, lo mismo que le ha sucedido á todos sus antecesores, se ha quedado sin encontrar la piedra filosofal.

Por fortuna, en los momentos de la mascarada, no se trataba de vencer tamañas dificultades, á las que tan inútilmente para sí y con tanto provecho á veces de la ciencia, ha consagrado su vida entera ese respetable número de individuos á quienes dice Racine: