su genio, repito, ha decaido mucho; sin que por todo eso, deje de reconocerse constantemente el mismo hombre.

Tal es la obra lenta pero segura del tiempo, que todo lo muda y lo trastorna todo sin permitir, por lo comun, que ni aun nos apercibamos de ello. Y esa obra se realiza sin intermision, no solo en el hombre, sino tambien en todo lo que le rodea; desde la tierra que cambia de naturaleza, sin cambiar de lugar ni de fisonomía, digámoslo así, y el mineral que acrece y muda de faz sin mudar de naturaleza; hasta el árbol que tiene en su vida las mismas épocas que el hombre en la suya y el animal que se aproxima mas á este; y el mar inmenso que rodea la tierra y que muda sin cesar de aspecto siendo no obstante el mismo en todos tiempos; y el cielo hermoso que nos cubre y que aparece frecuentemente á nuestra vista con distintas faces, por mas que sea siempre el espacio infinito en que se pierde la razon del sábio.

Los pueblos se hallan tambien sugetos á esta ley; y por eso los vemos cambiar de faz á medida que pasan años; y mudar de condiciones segun van recorriendo las diferentes épocas de su vida, mucho mas largas por cierto que las de la vida del hombre. Este pueblo, sencillo y frugal en otro tiempo, apenas conserva algunos restos de su pasada sobriedad; aquel otro de carácter alegre y bullicioso, rie todavia y se regocija, pero con cierta compostura que le era antes desconocida; este otro casi no conserva nada del carácter melancólico que distinguia á sus hijos, en medio del estruendo de los negocios que hoy le ocupan; pero en medio de todos estos cambios y mudanzas, que ya desde la época del célebre orador romano hacian exclamar á los viejos ¡O tempora! ¡O mores! y que continuan todavia, apesar de los diez y nueve siglos transcurridos, haciéndoles exclamar ¡Qué tiempos aquellos! refiriendose á los de su juventud; esos cambios y mudanzas, vuelvo á decir, se llevan á cabo sin que los pueblos dejen de ser los que son y sin que dejen de conservar siempre algo que distingue á cada cual de ellos de todos los demás que cubren la superficie de la tierra.

Ese algo, que forma la distincion, lo constituyen los usos y costumbres, así como tambien las tradiciones.

La tradicion es para un pueblo lo que la memoria para el hombre.

Si la memoria es infiel, el hombre no sabe dar cuenta de los hechos que ha visto sucederse.

Si la tradicion no es verídica se pierde la memoria de los acontecimientos que la historia no ha sabido, ó no ha querido, ó no ha podido conservar; y como que, en tratándose de la vida de un pueblo, los hechos cambian á medida que la edad de aquel varia, de aquí el que, á la vuelta de los años que componen la vida de dos ó tres generaciones, se pierda la memoria de sucesos muy vulgares; ó cambie de tal modo su recuerdo que ni remotamente pueda nadie darse cuenta de lo que fueron los hechos en su orígen.

Esto es lo que mas generalmente acontece con los usos y costumbres populares; porque llamados unos y otras á variar constantemente, en proporcion de las variaciones que sufre el estado de adelanto ó de atraso del pueblo á que pertenecen, llegan á alejarse á veces tanto de lo que fueron en su principio que difícilmente se reconoce su modo primitivo de existencia.

Por eso yo creo que mientras mas varien los usos y costumbres de un pueblo, mas empeño debe este poner en conservar incólumes las tradiciones que á ellos se refieren; y procurar que, á traves de las alteraciones que esperimentan con el tiempo, se trasluzca siempre con toda claridad el punto donde nacieron y la forma que tuvieron al comenzar.

Quizas parecerá á mis lectores que no merecen la pena de que se les consagre una atencion tan especial los usos y costumbres; pero, si así pensaran, bastaria para convencerles de lo contrario, recordarles que por solo las variaciones de los usos y costumbres se puede conocer la historia entera de un pueblo; y que el carácter y las condiciones de cualquier pueblo se hallan retratados en sus usos y costumbres.