En el presente año apenas veinte caballos recorrian las calles en las citadas noches; y si no hubiera sido por algunos pocos que se veian en la plaza dispuestos para ser alquilados, aunque no encontraron alquiladores, nada hubiera hecho presumir que nos hallábamos en aquellos dias en que este pueblo corriendo frenéticamente por las calles parecia un pueblo de locos, como nos dice el historiador Fr. Iñigo.
¿En qué consiste esta variacion? ¿Por qué se ha perdido la aficion á las corridas de caballos que eran en otro tiempo la diversion favorita?
El lector recordará que algo he dicho antes de ahora acerca de las causas que han motivado la variacion; y bien obvias deben ser, en mi humilde juicio, para todo el que se detenga á estudiar el cambio que ha sufrido nuestro pueblo en la media centuria últimamente transcurrida. Hasta principios de este siglo casi estuvo la Isla completamente incomunicada con el resto del mundo, sin que la visitaran mas que los poquísimos buques que hacian el monopolio mercantil de América y los corsarios y piratas que desgraciadamente no eran tan escasos como aquellos. Mas de una vez fueron incendiadas por estos últimos las humildes poblaciones que se habian levantado en las costas; y el temor de que semejantes escenas se reprodujeran, obligó á los habitantes á desparramarse por el interior de los campos, sin pensar por el momento en formar grupo alguno de poblacion; y buscando por el contrario cada cual el sitio mas recóndito donde guarecerse. Pero como no era posible que de esta manera viviesen gentes que habian gustado de los placeres de la sociedad, ni era dable tampoco que se concretasen á residir en determinada porcion de terreno sin pasar nunca mas allá; necesitando hacer los cambios propios del hombre social y anhelando por las relaciones que constituyen su trato mas noble, hubieron de encontrarse en el caso de moverse en todos sentidos, segun la conveniencia de cada dia y de cada atencion; y para conseguir este objeto en medio de un terreno escabroso y sin recursos para proporcionarse vias de comunicacion no habia mas que un animal que pudiera servir al hombre; este animal era el caballo. El caballo debió llegar á ser por estas razones una necesidad mas perentoria á veces que el alimento; y no es extraño que gozara de tanta predileccion entre todos los habitantes de la Isla: la familia, para establecerse en esta, debia tener la casa en que albergarse y el caballo en que moverse; sin este último recurso no se concebia ni podia concebirse la vida en el campo, como no se concebia ni podia concebirse sin la casa ó choza en que ponerse á cubierto de la intemperie.
Por eso el caballo fué objeto de tantas distinciones, de tantos cuidados, de tanta estimacion; y por eso así como casi puede decirse que formaba parte de la familia, tambien tomaba parte en todas las fiestas y regocijos. No solo por el animal que en tanta estima se tenia sino tambien por las personas, que se veian obligadas á saber montarlo y manejarle con la ligereza y seguridad que exigian los diversos lances de la vida, el caballo figuraba en todas partes y para todo se hacia uso de él. No era pues posible que al tratarse de las fiestas del Patron se olvidase aquel noble animal y mucho menos cuando de él se necesitaba para concurrir á aquellas. Esta misma circunstancia era un nuevo motivo para que cada cual tratase de traer su mejor caballo, ó que cuidase el que poseia con mas esmero al aproximarse la fiesta, ya por lo que en ello influiría indispensablemente el amor propio, ya tambien porque en muchos obraria la esperanza de hacer un negocio mas ó menos lucrativo, segun lo que gustara el animal que presentaba.
Y como de todos los pueblos de la Isla concurria gente á la ciudad, no debe admirar que se reuniese un número considerable de caballos y que estos fuesen de los mejores, porque precisamente era aquella la ocasion de lucirse. Excitados con el espectáculo los habitantes de la Capital, que no tenian la necesidad de poseer caballos, y animados por la misma privacion en que estaban todo el año para montar, proporcionaban á los jíbaros, ó campesinos pobres, la ocasion de traer sus jamelgos que encontraban fácil alquiler; y así se reunia un número prodigioso de ginetes en las noches antes citadas, porque de tarde no se atrevian á correr sino los que podian lucir buenos caballos.
En esas carreras tumultuosas y sin órden, preciso será confesar, aun en contra de la respetable opinion de nuestro historiador, que acontecian frecuentes desgracias; y algunas personas se encuentran todavia lisiadas por consecuencia de ellas. Así tenia que suceder corriéndose á todo escape por las estrechas calles de nuestra ciudad, en grupos demasiado numerosos y á veces hasta en sentido opuesto, que nunca faltan en estos casos, imprudentes, que, al pagar su falta, hacen víctimas de ella á otros que ninguna culpa tuvieron.
Hacian todavia mas peligrosas las carreras las candeladas ú hogueras que se encendian en las esquinas ó sea en el centro de las confluencias de las calles, y en las que mas de un caballo, ciego por la velocidad de la carrera y por el mismo resplandor de las llamas, precipitó alguna vez ginete y cumarracha. Por mas que parezca hasta algo bárbaro el uso de estas hogueras, preciso será á convenir en que no fueron invencion de nuestro pueblo, puesto que las han encendido casi todos los de la tierra y desde la mas remota antigüedad las encendian tambien muchos pueblos del Oriente, justamente en los mismos dias de San Juan y de San Pedro, ó sea en el solsticio de verano, aunque lo hacian en honor del Sol. Aquí, sin duda, siguiendo tan añeja tradicion la encontraron muy propia para alumbrar las carreras, en aquellos tiempos en que nada alumbraba las calles de la ciudad.
Uno de los principales atractivos de estas carreras eran á no dudarlo las cumarrachas, que así se llamaban las compañeras que se llevaban á la grupa y que se sostenian en equilibrio sin mas que sujetarse del borde de las banastillas[12]. No conozco la etimología de la palabra cumarracha, pero si se ha de juzgar por las dos voces de que se forma, cuma y racha, su significacion ofende hasta el pudor del menos delicado y da una pobre idea de aquella costumbre que muchos califican de inocente, sin recordar tal vez que en la conciencia pública existia la conviccion de que nada ganaban con ella ni las familias ni la moral pública; y que aun cuando hubiera muchos que gozaran con toda pureza de la extraña impresion de llevar junto á sí á la amada de su corazon y encontraran un nuevo placer en el mismo peligro que podia proporcionarles la ocasion de salvarla valerosamente de él; otros y no pocos por desgracia solo veian un motivo para burlar la vigilancia materna y sembrar en medio de la fiesta los gérmenes de un profundo dolor que no tardaba mucho en pronunciarse.
El pueblo, que siempre tiene, por decirlo así, frases gráficas para expresarlo todo, cada vez que veia una cumarracha exclamaba en seguida: ¡á la cantera![13] ó ¡cuidado con la cantera!, segun el carácter del que gritaba; y estas simples palabras envolvian la idea de escenas que yo no permitiria jamas que mi pluma reprodujera, porque aun á traves de los años y existiendo solo como recuerdos ofenderian al público.
En vista de lo expuesto, que estoy cierto nadie podrá rechazar como falso, creo que las carreras de San Juan eran un espectáculo, no diré salvage como lo he oido calificar por algunos, pero sí impropio de un pueblo culto; y esta es la razon porque á medida que el nuestro ha ido adelantando en el camino de la civilizacion ha ido dejando aquellas costumbres que no pueden menos de rechazar sus nuevos gustos cada vez mas cultos; y justo será añadir que de veinte años á esta parte, en aquellos en que ha habido carreras, han presentado estas una fisonomía bastante distinta de la que en otras épocas ofrecian; lo cual prueba la trasformacion de las costumbres, que se efectúa, aquí lo mismo que todas partes, desapercibida y lentamente.