—No.

—¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber pensado en usted durante dos años?

—Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.

—¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino precisamente de Zurich a buscarla?

—No.

—¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?

—Yo sabía que era libre.

—¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido para él?

—Quiero decir que ya no la amaba.

—¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?