—Es cierto...

¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:

—Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.

Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía apenas.

—¿Ha sido muerta por usted, por su mano?

—¿Qué importa? Yo soy responsable...

—¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó usted al suicidio?

—Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.

—¿No la amaba usted ya?

—No la amaba.