—¿Y sin embargo la llora usted?

Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la pregunta del juez, éste repuso:

—¿Quería usted abandonarla?

—La abandoné.

—¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La tenía usted lástima?

—¡Tanta!

—¿Ella le amó a usted mucho?

—Como yo la amé un tiempo.

—¿Fueron felices?

Los ojos del Príncipe se enrojecieron.