Y vengamos a cuentas, para no andar en balde: ¿adonde iré? Hay que pensarlo sobre la marcha, entre pisotón y codazo.
Dinero no falta, en buena hora lo diga, si no para comprar un reino, con el que quizás no sabría qué hacer, para comprar media docena de mujeres, que bien sabré qué hacer con ellas.
Pero tal vez lo sé demasiado.
La tarde es larga, la vida imposible. Reflexionando, principalmente. Algo, pues; necesito algo que me distraiga; y estoy en la corte, donde dicen que sobran las diversiones.
En la plaza gran atracción. Un toro y un elefante. Iría, pero luego no resulta ninguna de las barbaridades prometidas. ¿Fieras contra fieras? ¿Tigres, toros, leones y elefantes? Bah, para atrocidades los hombres, y ya los veo por la calle... y ya me ven.
¡La Cibeles!
Decididamente, me son simpáticos estos caballos de bronce y estas virtudes de mármol.
Allá, por las baldosas de Recoletos, desfila un cordón de gente. Sombreros monumentales, flores, niñas en situación, tal cual levita...; los de a pie, dándoselas de aristócratas desmontados, los de a caballo mirando a los landós, y los landós al trote. El éxito de la tarde es un cab tirado por once perros de Terranova.
¿Hay concierto? Beethoven, Wagner, cien violines, dos arpas... Yo quisiera oirlo sin verlo. Desde una hamaca oscilante en la bóveda. En las butacas acabaría por preocuparme de la postura; en los paseos estaría de pie y molesto; en el paraíso... ¡nada de paraísos!
Y nada de conciertos ni de músicas. La música miente, me diría dulzuras, llevaría mi pensamiento a lo que no puede existir. ¿Un mundo desavenido con la última nota? ¿Un ángel vuelto a caer al pisar la calle? Jamás. Prefiero seguir en la realidad.