Adelante. Arriba, arriba calle de Alcalá. La realidad puede ser un teatro cualquiera, de telón afuera o de telón adentro. Sólo que en la sala seguramente no me importaría lo que pasara en la escena. El colmo. Buscar interés por un espejo a lo que en sí mismo no interesa nada. Desde una butaca no sabría esta tarde si el drama o la comedia estaba delante de mí o alrededor mío o... dentro de mi alma.
Alma. ¿Habré dicho una barbaridad?
—Una limosna al ciego.
—Toma.
—Dios se lo pague.
—Bueno. Pero te advierto que son dos pesetas... por si eres ciego.
No es limosna. Es que doy el dinero que me hubiese costado no divertirme en el teatro. Gano todavía y ese infeliz me da las gracias. ¡Estúpido!
El sol, rasando sus rayos desde el tejado de la Equitativa, envuelve en polvo de luz la calle. Maldito si veo a nadie de tanta gente como tropiezo... Siempre es un favor. Señoras en silueta, amigos al traslumbre... y yo, sombrero a los ojos y hala, hala... Vuelvo la cabeza y veo a la señora de un amigo. Pero por la espalda. ¡Qué historia me recuerda! Ella lo quiso. Punzante, casi dulce, breve. Un epigrama. Una instantánea.
Bien ¿y qué? Maisón Dorée. ¿Qué adelanto con entrar? Café. Mis terrones y mi sitio. Conocidos, todo mi círculo. Poetas y autores, políticos, novelistas, empleados y periodistas sin empleo, un pintor, celos, mentiras en circulación, la farsa, lo de siempre... Además, que sería una lástima callarlos si me están poniendo como un trapo. Volveré. Hay tiempo de cobrarse. Yo suelo quedarme de los últimos...
Pero ¿este dinero?...