La cupletista española y la francesa actriz, luciendo sendos anillos que antes fueron del attaché y del dramaturgo, comen y cenan con dos jovencitos bonaerenses que las han tomado á todo lujo de restorán y de cautelas nocturnas; y con los demás, con las damas y señores honorables, gracias á la necesidad que parece haber habido de su artístico concurso, se tratan muy compuestas de burguesa dignidad el resto de la tarde. Las señoras envidian sus joyas é inquieren qué sastres de París las hacen los vestidos...; las encuentran gentiles y simpáticas..., no menos que al húsar y al cónsul, que declamarán poesías y galantean á las hijas de un rico personaje (el que dió mil pesos para la rifa de la Virgen), y no menos tampoco que á Victoria, de quien es la honesta obra teatral que se va á poner en el festejo.
Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa poco la cruda realidad de dos descocadas artistas y de un célebre autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento Boule de Suif, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.
Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta divagadora, de improviso:
—¿Conoce usted Buenos Aires?
—No.
—Dicen que es una ciudad hermosa.
—Creo que sí.
—¿Lleva usted ganas de llegar?
—No. ¿Y usted?
Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice: