—Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.

A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su calma deliciosa.

Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P. Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa, logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.

Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale. Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del Kempis; yo también dejo caer mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto fraternal.

Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas hermanas que se lo dicen todo sin recelo.

Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis padres,—que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.

Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:

—Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.—«O porque para decirlas, si hay á quién decirlas—comentó—, hagan falta además estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»—Y enjugándose los ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual, lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas. Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.—Por eso mira ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.

No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras viva, y después la clausura de un convento.

Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á Dios las purezas de su alma.