Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece—puesto que no va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios..., sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!
Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado á tocar El conde de Luxemburgo...
Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches. Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque, minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi sobresalto.
Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el rostro, que ella me pregunta:
—¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?
Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para contestarla debiese declarar sus cobardías.
—¿Qué tiene usted, Adamar?
Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para responderla debiese desvelarla sus engaños.
Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar confesándole á Rocío que... soy casado.
Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión; y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha establecido el derecho á ellas con las suyas.