E interroga á su vez el farsante en el sincero:

—Rocío, ¿conoce usted por algún momento de su vida la fuerza evocadora de la música? ¿Guarda su alma algún ritmo que la recuerde intensas cosas de su infancia, de su padre, del colegio?

—Tal vez.

—Tristes ó serenas cosas, ¿verdad?..., é implacablemente unidas á la memoria del oído con plena independencia del posible inverso valor del ritmo musical que las incrusta. Pues ese vals que tocan los zíngaros, ligero, baladí, encanallado además por su populachería, levanta en mí el recuerdo de la tragedia de ilusiones más grande que pudo sufrir un corazón.

—El de usted.

—El mío.

Brilla en sus ojos bajos la curiosidad, y con voz trémula y velada me incita á proseguir, diciendo:

—Tan grande, que sólo el recordarla aún parece impresionarle de tal modo!

—Tan grande—insisto—, que aquel desastre, que únicamente pudo ser contemplado por mi propia compasión, selló para siempre mi lúgubre destino.

Marco también un silencio, á fin de concentrar mis emociones, á fin de ponerlas con la posible verosimilitud los frisos de mentira, y continúo: