—Hubo una mujer á quien yo adoraba lo mismo que adoré á la Virgen cuando niño. Era rubia, y se llamaba Laura. Era mi novia, y en el hogar de sencillez que soñé con ella puse mi afán de redención. Mas era al mismo tiempo, quizá, demasiado joven, demasiado inocente con su cándida alegría en medio del espectáculo del mundo, al lado del amargor de mi tormentosa experiencia casi infame, y muchas veces, Rocío, mirándola sonreír al embeleso de un lazo ó un adorno, ajena á las recónditas tristezas que no podía comunicarla, yo, que peregrino maldito llegaba á ella como á otra humana Virgen que me hubiera de salvar incluso del sacrílego olvido de la que veneró mi niñez en los altares, sufría el temor, en verdad, de verla demasiado niña, demasiado pura para mí.

Rocío me mira, y no puede menos de extrañar:

—¿Demasiado pura!...

—Sí—contesto decisivo—; y con tanto miedo temía eso el que conocía, toda la impureza..., que, ¡yo no sé, Rocío!, á ser posible hubiese mi deseo cambiado á aquella niña por otra con alma de arrepentimiento y de amargura que asimismo, al ser santa de nuevo, hubiera sido, sin quererlo, incluso infame.

—¡Oh!—exclama horrorizada Rocío, cubriéndose los ojos.

Pero se domina, y no la queda más que un poco de ansiedad para decirme:

—¡No comprendo!

Y como el susto de su bondad la ha puesto tan divinamente bella que por contemplarla pierdo la noción de lo que hablo, ella me dice de indefinible modo:

—¡No le creo á usted, Adamar! ¡No puedo creerle!

¡Ah!