¿De qué es su gesto? ¿De reproche? ¿De asombro, simplemente?... Incapaz de discernirlo, me doy cuenta, nada más, de haber rebasado en mis franquezas el límite de las comprensiones de la mujer niña, de la mujer ángel...; sino que como esa franqueza es la menos innoble de las que le estoy mezclando con mentiras, no quiero cometer la nueva cobardía de retirarla.
—Se lo juro á usted por mi honor; se lo juro por mi madre: antes que de tanto infantil candor irreflexivo, habría querido á aquella alma, en santa regresión hasta de lo infame y lo perverso.
Severa mi actitud al formular el juramento, y enorme la emoción que á ella le causa; derríbase al respaldo del sillón, y vuelve á cubrirse los ojos con la mano. La enormidad, si lo ha sido, está hecha. La un poco inconsciente temeridad que acaso haya de apartarme de esta hermana como un indigno monstruo, y con harta más razón que la para ella, al fin indiferente noticia, de si soy ó no casado, queda entre los dos irrecogible.
No me resta otro recurso que explicarla, y lo intento:
—Laura, mi novia, habría formado una vez más el vulgar y constante absurdo de todos los matrimonios, y conmigo de un modo singular: ella, no siquiera pensativa y triste como usted, inocente, confiada, tan ganosa de mi amor como del fausto de Madrid, tan ansiosa de parecerme bella y buena como de parecerlo á los demás, ignorante siempre del alma de aquél con quien habría de formársela á sus hijos, y entregada siempre más de la mitad al exterior, á las perfidias de la vida...; yo, taciturno y arrastrando solo el peso de mi miseria inconfesada, ansioso de noblezas y ternuras infinitas que únicamente pueden saber bien los mártires del dolor y de lo horrendo, deseoso del retiro eterno de un campo bajo el cielo y entre flores y entre aromas del amor..., y así, ella, yo, los dos juntos, condenados al mortal tormento de la mutua incomprensión de sus almas y sus vidas. A tiempo, y por suerte, la catástrofe moral que el frívolo vals me evoca... vino á evitarlo.
Guardo un digno silencio esta vez, y espero. He dicho lo bastante para merecer la maldición ó el perdón de la que escucha torvamente.
Y la que escucha torvamente, sepárase, por último, de los ojos la mano, gira lenta la cabeza y me sonríe. ¡Sonrisa que me abre rosados fondos de la gloria! Es mi hermana, y puede y quiere no dejar de ser mi hermana.
—¡Sí!
—¿Y me comprende usted ahora?